Pensamiento Iberoamericano
Número 3

Las múltiples fronteras de la violencia: jóvenes latinoamericanos entre la precarización y el desencanto.

Rossana Reguillo

ITESO, Guadalajara,, México

Número de páginas: 1
1

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Resumen: A partir de la segunda mitad de los años ochenta los datos sobre violencia empezaron a cambiar, primero de manera imperceptible hasta que, a principios de los años noventa, las evidencias eran incontestables: la violencia mortal se expandía entre los jóvenes de entre quince y veinticuatro años. Se trataba principalmente de jóvenes varones en los países en desarrollo y en economías en transición. A fines del siglo XX y comienzos del XXI en América Latina los jóvenes se volvieron visibles en el espacio público como pibes chorros (jóvenes ladrones de las villas miseria de la Argentina), bandas (agrupaciones juveniles de los barrios marginales en México, Estados Unidos y Centro América), sicarios (jóvenes al servicio del narcotráfico en Colombia) y, de manera más reciente, como maras (pandillas centroamericanas conocidas por su extrema violencia). A partir de
un enfoque conceptual elaborado por la autora y de un análisis descriptivo de la violencia juvenil en América Latina, el artículo profundiza, a través de un caso etnográfico, la articulación de la violencia con los procesos de precarización tanto estructural como subjetiva, el desencanto y la emergencia de la paralegalidad y, su impacto en los universos juveniles.

Palabras clave: jóvenes, violencia, precarización, desencanto, violencias cruzadas, maras

Abstract: During the second half of the eighties data on violence began to change. First in an imperceptible way; but soon, during early nineties, the evidence was indisputable: deadly violence spread among youth aged fifteen to twenty-four. It mainly affected young men living in developing countries and economies in transition. At the end of the twentieth century and the beginning of the new century youth became visible in public space throughout Latin America as pibes chorros (young slum thieves in Argentina), as bandas (youth slum groups in Mexico, United States and Central America), as sicarios (youth in drug dealing in Colombia) and more recently as maras (gangs in Central America known for their extreme violence). Within this context, the article builds a conceptual approach and a descriptive analysis of youth violence in Latin America. The article provides an ethnographic case which makes clear how violence entangles with precarious structural conditions and biographical circumstances, with disenchantment and with the emergence of “paralegal economies”, all of these impacting youth worlds.

Keywords: youth, violence, disenchantment, paralegal economy, crossed violencies, maras

Resumo: A partir da segunda metade dos anos oitenta os dados sobre violência começaram a mudar, primeiro de forma imperceptível até que, a princípios dos anos noventa, as evidencias eram incontestáveis: a violência mortal se expandia entre os jovens de entre quinze e vinte e quatro anos. Tratava-se principalmente de jovens homens nos países em desenvolvimento e em economias em transição. No final do século XX e inicio do XXI na América Latina os jovens se tornaram visíveis no espaço público como “pibes chorros” (jovens ladrões das favelas da Argentina), “bandas” (agrupações juvenis dos bairros marginais no México, Estados Unidos y Centro América), “sicários” (jovens ao serviço do narcotráfico na Colômbia) e, de maneira mais recente, como “maras” (bandos centro-americanos conhecidos por sua extrema violência). A partir de um enfoque conceitual elaborado pela autora e de uma análise descritiva da violência juvenil na América Latina, o artigo aprofunda, através de um caso etnográfico, a articulação da violência com os processos de precarización tanto estrutural como subjetiva, o desencanto e a emergência da para-legalidade e, seu impacto nos universos juvenis.

Palavras clave: jovens, violência, precarização, desencanto, violências cruzadas, maras

...No existe potencia de grupo con independencia de la potencia con que los individuos se arrancan al infra-mundo de ruidos oscuros, afirmándose como co-partícipes de un mundo común.

Jacques Rancière [1]

El epígrafe que retoma las palabras de Rancière me permite introducir una tensión fundamental, a saber, la pretendida exterioridad de la violencia, como si ella fuese una anomalía externa a la sociedad, confinada en un especie de inframundo: el reino de la muerte gobernado por Hades que, con su cetro de dos puntas destrozaba todo aquello que le desagradaba y con el que al mismo tiempo conducía las almas hacia el reino inferior. Las palabras de Rancière "sugieren" que los sujetos son capaces de arrancarse de Hades [2] y hacerse co-partícipes de la sociedad mediante la potencia tanto individual como colectiva. En tal sentido, me parece que para pensar las violencias de una manera analíticamente eficaz, hay que sacarlas de los "mundos inferiores" y del mundo de los muertos y de los infiernos, para pensarlas más bien en su habitual presencia en el mundo. Arrancarse del infra-mundo no es sólo la tarea de los individuos sometidos por Hades, sino la tarea fundamental de un pensamiento que no acepta el artilugio de la lejanía, la excepcionalidad y la exterioridad de las violencias.

1. Violencias en plural, singularidad de la violencia

Quisiera proponer las violencias en plural [3], para enfatizar las múltiples dimensiones que le subyacen. En este marco, pueden entenderse las violencias como sistemas de acción que implican al menos tres dimensiones, no necesariamente secuenciales, en su devenir violencia en "singular" [4]:

a) la imposición o auto-imposición, que implica el daño y/o perjuicio que se infringe sobre otro(s) o sobre uno mismo; b) la intencionalidad o racionalidad, que se refiere a las intenciones, lógicas y objetivos que la comandan y orientan; y c) la causalidad, que alude al sentido, a los relatos explicativos y a las claves movilizadoras de la violencia en singular, más allá de sus implicaciones hipotético-deductivas.

Como sistemas de acción y como lenguajes, las violencias implican siempre creencias y ritualizaciones (Balibar, 2005), que se articulan a las tres dimensiones recién enunciadas. Por ejemplo, la imposición puede adquirir su sentido (causalidad) en la búsqueda de afirmación o ratificación de poder (racionalidad) que un(os) agente(s) ejercen para someter a otro. Desde el Estado, castigando brotes disidentes, hasta las bandas de narcotraficantes, disputando territorios, la violencia como acto implica o supone un complejo sistema de jerarquías ya establecidas o por establecer, en una disputa en constante definición.

Toda violencia está sustentada en la capacidad, o más precisamente, la habilidad de sujetos competentes, concientes y sensibles que buscan alterar la realidad o el curso de los sucesos a través del uso de métodos, mecanismos o dispositivos violentos, a fin de obtener ciertos resultados que se insertan en la racionalidad que comanda el sistema de acción de las violencias sociales.

Desde esta perspectiva, las violencias son parte de la acción y lógica de actores específicos al interior de la sociedad, regidas por racionalidades, movidas por causalidades, orientadas a resultados, y a la cual sus protagonistas atribuyen sentidos. Esta consideración y este enfoque permiten cuestionar el sentido común que asume que la violencia se ubica extramuros, fuera de lo social, y que se trata de una fuerza heterónoma inexplicable o sobrenatural.

2. Las violencias juveniles en sus contextos de violencia estructural

El tema de la violencia se ha entronizado en el campo de estudios de la juventud. Si en periodos previos el lugar central en las agendas de investigación y en los debates políticos sobre juventud lo ocupaban el empleo, la escuela, las identidades, las culturas y las performatividades juveniles (fuese en singular o en plural), hoy se incorpora la violencia como objeto privilegiado en los ámbitos del pensamiento y del quehacer sociopolítico en torno a los jóvenes.

De un lado, podría decirse que a esta explosión temática han contribuido la creciente espectacularización de las violencias vinculadas a los jóvenes iberoamericanos: narcotráfico, maras, latin kings, barras bravas, pibes chorros, favelados, entre otros. Ello contribuye, sin duda, a expandir el sentimiento de que hemos tocado fondo y que no queda otra opción más que reconocer un estrecho vínculo entre estrategias identitarias juveniles y violencia. Pero de otro, la mayor "reflexividad" de la sociedad contemporánea (Beck, Giddens y Lash, 1997) implica que dicha sociedad se toma a sí misma como objeto de reflexión, y se vuelve mucho más auto-consciente de los espacios sociales y los territorios que se ven sacudidos por los hechos violentos. Mayor reflexividad colectiva y mayor percepción de la violencia van, pues, de la mano.

Dos elementos confluyen aquí. De un lado, el hecho de que efectivamente enfrentamos una creciente disolución del vínculo social, lo que afecta de maneras diversas y nunca suaves a la socialidad, vale decir, a las formas en que la sociedad se comunica y a los modos de estar juntos dentro de ella. Los enfrentamientos crecientes entre distintas culturas juveniles constituyen una evidencia elocuente de las dificultades para generar espacios de socialidad juveniles fuera de los marcos acotados de las identidades de pertenencia [5]. Por el otro lado, asistimos a la aceleración de los dispositivos tecno-cognitivos que posibilitan el acceso a los sucesos en tiempo real, lo que acrecienta la percepción de los avances de la violencia en un mundo al que parece faltarle un relato ordenador -para bien y para mal-.

Ahora bien: los cuatrocientos sesenta y ocho niños y adolescentes asesinados en Guatemala sólo en el año 2007, ¿se dejan explicar desde estas dos variables? La violencia doméstica que marca la vida de miles, de millones de niños en la región, ¿es susceptible de ser leída desde la óptica del quiebre del pacto social y de la creciente visibilización de las violencias? La respuesta no es unívoca y admite varias explicaciones. Parece que efectivamente es la dislocación de una sociedad que parece dejar de asumir su responsabilidad sobre sus miembros más jóvenes y, al mismo tiempo, el acceso a múltiples reportes, espacios comunicativos y estrategias de visibilización espectacular, lo que hace de estas violencias particulares un hecho incontestable: la violencia no se ubica en un más allá de lo social, no respeta rangos etarios, género, clases ni territorios, es ubicua y en su lenguaje expresa el malestar profundo en la sociedad.

Pero por otro lado, estas violencias requieren ser también explicadas desde su especificidad histórica, donde un precedente insoslayable es el conflicto armado en Guatemala y el genocidio de Estado [6]; y otro dato fundamental es la exclusión social y económica, en un país donde la mayoría de los ciudadanos son pobres. Estas consideraciones no pueden obviarse al tratar de entender por qué durante los primeros cuatro meses de 2008 en Guatemala, cuatrocientas veinte personas han muerto de muerte violenta, entre ellos once estudiantes de enseñanza media; entre enero y febrero de 2008, fueron deportados dos mil veinticuatro guatemaltecos cuando intentaban emigrar hacia mejores condiciones de vida. El Grupo de Apoyo Mutuo (GAM) informa del retorno de las milicias en ese país y documenta que solamente en el municipio de San Juan Sacatepequez se han detectado ciento cincuenta grupos paramilitares, mientras en Solalá, se produjeron en febrero seis linchamientos [7]. De modo que la pobreza y la exclusión configuran un poderoso binomio que alimenta las violencias, y permite contextualizar o justificar la salida o expresión violentas en vastos territorios de la vida social.

La precariedad socioeconómica es también precariedad vital, y no puede dejar de referirse para situar estrategias de vida o de expresión en que la violencia se hace presente. Así, según el informe de la OPS sobre "Salud en Las Américas 2007", la esperanza de vida en 2005 en Bolivia, Haití y Guatemala se encontraba a los niveles alcanzados por Estados Unidos hace más de sesenta años, mientras en Brasil, Nicaragua y Perú era similar a la que había alcanzado Estados Unidos en los años cincuenta del siglo pasado. En la actualidad la esperanza de vida para los guatemaltecos es de 65 años, contra los 76 años para el caso chileno y los 77,7 de Estados Unidos. Las diferencias son elocuentes y reflejan niveles muy dispares de desarrollo humano.

En sentido parecido, y según la misma fuente, el 28% de la población de América Latina y el Caribe son jóvenes entre diez y veinticuatro años, pero en los países más pobres de la Región, como Haití y Nicaragua, este porcentaje se eleva al 35%; mientras oscila entre el 30% y el 35% en Guatemala, Honduras, Paraguay y la República Dominicana, en contraste con el 23% en Cuba, Puerto Rico y Uruguay, donde la esperanza de vida es mucho mayor y el índice de pobreza claramente inferior. En varios países latinoamericanos (Bolivia, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Paraguay y Perú) más del 50% de los jóvenes viven en situación de pobreza, y mientras en 2002 uno de cada tres jóvenes urbanos era pobre, en zonas rurales este porcentaje se elevaba a la mitad (OPS, 2007).

Estas cifras nos muestran hasta qué punto un altísimo porcentaje de jóvenes latinoamericanos viven hoy sin lo requerido para proyectarse al futuro con oportunidades de desarrollo. Si a esto sumamos las disparidades educativas según ingresos familiares, más se segmentan aún las oportunidades futuras en la conciencia presente de la juventud. Estos datos que vinculan vidas pobres, esperanzas de vida comparativamente bajas, y segmentaciones espaciales y sociales, son parte del mapa estructural en que se despliegan las violencias asociadas a la juventud latinoamericana. Jóvenes y violencia: ¿victimarios o víctimas?

3. Precarización, desencanto, paralegalidad: una biografía, múltiples violencias

Al monopolio de la violencia legítima que ejercían los Estados nacionales se le opone hoy el estallido de diversos dialectos violentos que irrumpen en la escena social y cuestionan seriamente el pacto social. Se trata no sólo de violencias que se articulan a problemas estructurales tales como el binomio pobreza-exclusión, sino de violencias que se gestan y gestionan desde el desafío a la legalidad y la crisis de legitimidad del orden instituido. Propongo, en consecuencia, tres claves analíticas que posibilitan entender las violencias juveniles en su entramado sociocultural, y ayudan a calibrar su impacto para el futuro de las sociedades latinoamericanas: a) la erosión de los imaginarios de futuro, b) el aumento exponencial de la precariedad tanto estructural como subjetiva [8], y c) la crisis de legitimidad de la política.

Quisiera ahora proponer una aproximación etnográfica a partir de la historia de vida de un joven salvadoreño, pues me parece que nombra, ilustra y metaforiza la multidimensionalidad de la violencia aquí esbozada, y muestra esta multidimensionalidad en el tiempo y el espacio: la metamorfosis de la violencia en la trayectoria migratoria y el paso por distintas fronteras. Se trata de la biografía de "Fredi", un marero salvadoreño-norteamericano, encarcelado en una prisión mexicana por robo e intento de homicidio. Esta etnografía, hace posible analizar la articulación de los tres ejes que constituyen, a mi juicio, el punto de intersección en el que se tocan las dimensiones estructurales, políticas y simbólicas en la trayectoria de tantos jóvenes latinoamericanos.

Cabe mencionar que, según la OPS, "la violencia de las pandillas es actualmente una de las formas más visibles de la violencia juvenil en la Región. Entre el 20% y el 50% de todos los delitos violentos se atribuyen a pandillas, con tasas de homicidios relacionados con pandillas que en El Salvador se elevan hasta casi cincuenta por cien mil personas". Independientemente de la precaución que hay que tener frente a las estadísticas oficiales y los mecanismos a través de los cuáles los "contables" construyen los indicadores o, quizás precisamente por esto mismo, el tema de las violencias asociadas a la conformación de agrupaciones juveniles, signadas por la ruptura con la ley, es asunto que exige redoblada atención y esfuerzos analíticos capaces de lidiar, al mismo tiempo, con el estereotipo violento y con la negación de las violencias latentes en los mundos juveniles.

Vamos, pues, a la historia de Fredi. Sale de El Salvador a los seis años, huyendo, con su familia, de una de las últimas embestidas del ejército salvadoreño contra la guerrilla y contra las comunidades sospechosas de apoyo al movimiento armado. En la huida perdió a sus padres, a sus hermanos y sólo le quedaron sus tíos y un primo con síndrome de Down, que cobijaron su vida hasta los catorce años, cuando él decide enrolarse con la Mara Salvatrucha, la tan conocida pandilla salvadoreña, en la ciudad de Los Ángeles. De la larga sucesión de disparos y violencia que hay en su vida, Fredi señala como acto fundacional la noche en el monte cuando el ejército asesina, a campo abierto, a su padre desarmado y a su madre amamantando un bebé. Años más tarde, el joven de veintiséis años preso en una cárcel mexicana, se deleita al recordar su "entrenamiento" en una ciudad fronteriza guatemalteca a cargo de un ex-petrolero mexicano que le enseña a "matar alacranes" a pedradas. No habrá pausa en la acelerada incursión de Fredi en la violencia. Ya se trate de aquella que él imagina como "justiciera o vengadora", o de la violencia que aprende a pasos rápidos como parte de la dinámica cotidiana: ésa que le permite negociar con los "polleros" mexicanos el cruce de la frontera a sus escasos ocho años, o que le alerta sobre la migra estadounidense que corre tras los pasos de los suyos. Fredi sabe todo de tiempo antiguo y su cuerpo de niño-adolescente incorpora los rituales del guerrero que está dispuesto a matar y a dejarse matar, con tal de sobrevivir:

"Él trataba, desde bien arriba, de ver, pero no era muy claro. Eso sí, escucho clarito que los demás le decían a sus padres que caminaran, que se fueran, que salieran del campamento, porque los milicos iban a oír. Ha pensado mucho sobre ese momento. Por qué su padre hizo lo que hizo y, aunque duda cree, siente, que es probable que su papá pensara que era mejor bajarse de la pendiente y ponerle el cuerpo a los soldados. ¿Por qué? Porque de esa manera los demás todavía se podrían salvar. Si los encontraban a todos, capaz que ni él mismo viviría para contarlo. ‘Y eso, fíjese, fue lo que hizo: se salió, se bajó de la pendiente y puso el cuerpo que yo desde arriba medio como que quise ver. Y claro, pos los militares se dieron vuelo, me lo mataron todito y ahí empezó la matazón', dice Fredi, encerrado y acosado por el vigilante, que negocia más tiempo a cambio de un cigarrillo y un corto sermón" [9].

Años después, Fredi ha firmado un pacto con la muerte "útil", aquella que se avecina cuando el firmante asume que su cuerpo no le pertenece y sus lealtades requieren sacrificios por más que él no los entienda del todo:

"El ‘jenja', jefe indiscutido de la mara, por sobre los jefes locales y regionales, existe en algún lado y su poder desciende, vertical, sobre esos cuerpos ocasionalmente sedentarios como el de Fredi. Junto a cada uno, en calidad de guerrera de mismos poderes en la lucha pero desterradas de las conducciones, están también las ‘hainas' como Nayeli. Y en el centro del perpetuo movimiento de la mara, los ‘homies' (compas, hermanos), camaradas que lo mismo cobran las deslealtades que cobijan el desarraigo a la intemperie, en San Salvador, en Tegucigalpa, en Tecún Umán, en Ciudad Hidalgo, en la megalópolis mexicana, en Los Ángeles, San Francisco, en Reynosa, en Houston: los ‘homies' son el barrio, la familia, el grupo primigenio y la señal mas inteligible de lealtad y pertenencia. Migrantes translocales, los integrantes de la mara no se circunscriben a ningún territorio, porque de tiempo antiguo fueron desechados y es ese desarraigo su principal fortaleza. Así como la ‘estabilidad' engendra certezas y saberes, la movilidad constante es portadora de aprendizajes".

En 2005, la ONU estimó que ciento noventa millones de personas vivían fuera de su lugar de nacimiento; esta cifra se calcula hoy en doscientos millones de migrantes en el mundo, y de estos el 12% son latinoamericanos y caribeños. El CELADE documenta el incremento del número de migrantes latinoamericanos y caribeños en los últimos cinco años: de un total estimado en veintiún millones en 2000, se llega a casi veinticinco millones en 2005. La mayor proporción procede de México, cuya magnitud excede los nueve millones. Mucho más atrás, se encuentra el conjunto de naciones de la comunidad de Caribe, con un millón ochocientos mil emigrados -destacando Jamaica con seiscientos ochenta mil-, y Colombia, con un millón cuatrocientos mil emigrantes, respectivamente. A continuación, figuran Cuba y El Salvador, con aproximadamente novecientos mil emigrantes. Pero quizás el dato más significativo se refiere al porcentaje de personas viviendo fuera de sus países y sus impactos en las comunidades nacionales. Por ejemplo, algunas de las naciones caribeñas tienen un 20% de su población fuera de su territorio y el CELADE enfatiza por su magnitud, con porcentajes que fluctúan entre el 8% y el 15%, los casos de Cuba, El Salvador, México, Nicaragua, República Dominicana y Uruguay (CEPAL, 2006).

Fredi y sus homies de la mara han hecho de la migración una condición "estable", un modo de vida, una manera de encarar la incertidumbre que el horizonte de múltiples y sucesivas violencias, pobreza estructural y falta de opciones de futuro les representa. La biografía de Fredi permite aprehender las estrategias de movilidad en las que el código violento es el signo más importante. Y si analizamos las "fronteras" que hay en su vida (como límite y demarcación, pero también como cruce), es posible constatar que todas ellas están signadas por la violencia.

La primera frontera que cruza lo lleva de El Salvador a Tecún Umán, en Guatemala, al lado de sus tíos y su primo. Viene de presenciar el asesinato de sus padres y la aniquilación de buena parte de su comunidad. Tiene apenas seis años y ya aprendió lo que es viajar a pie en medio del monte, por la noche, sintiendo en el cuello el aliento del peligro.

La segunda frontera es la que cruza otra vez con sus tíos de Guatemala hacia México. Vamos al relato:

"Ya en Tecún Umán y al poco tiempo, no recuerda bien cuando, pero sí la sensación de reacomodamiento rápido de ese caos de la movilidad permanente, su propia diáspora. Fredi tuvo una nueva noción de familia. Su tío, la esposa de él, su tía Amparito, y sólo uno de sus primos, ‘que estaba mal de su razón' y, por supuesto, su maestro, don Cato [10].

El tío se consiguió un trabajo en los ferrocarriles y se pasó esos meses ahorra que te ahórrale para pagar lo que faltaba de viaje hacia el norte. Eran otros tiempos. Sus homies no controlaban la frontera, como ahora. ‘Había que contratar polleros mexicanos que eran unos perros hijos de su chingada madre. Ya ni me acuerdo cuánto costó, pero entre la lana de mi tío y las propinas que yo junté en el Tijuanita, acabalamos los dólares para un cabrón que le decían El Tepache [11] y así nos fuimos'. Don Cato le regaló un anillo de oro con las letras de PEMEX y le dijo que era para que lo vendiera cuando llegara a California y así pagarme los primeros estudios. Pero el anillo no llegó nunca a Califas porque el tal Tepache lo reclamó como propio y dijo que el tonto de su primo era más caro porque por lento y por bobo los iban a apañar.

Entonces todo se terminaría ahí mismo.

En ese segundo viaje se murieron una mujer y su bebé. A otro señor lo mordió una coralillo y le tuvieron que amputar parte del brazo con mezcal puro como anestesia. Fredi no miraba, solo escuchaba los gritos e imaginaba los temblores; ‘las víboras son lo único que logran meterme miedo', asegura. A ellos no les pasó nada grave. Su primo, siempre con las defensas bajas, se contagió de una de esas gripas tropicales y volaba de fiebre. Se suponía que debían pasar por Veracruz para reponer comida y que seguirían rumbo a Mexicali, sin parar, para cruzar por Calexico hacia los ‘iunaites'. En Calexico tenían esperanzas: por allá se habían instalado unos parientes que prometían alivianarlos para seguir, siempre más al norte. Pero el cabrón del Tepache dijo que hasta ahí, cuando el trato era que los llevara. No hubo manera. Se escabulló de ellos como rata".

La tercera frontera es el cruce hacia Estados Unidos, pasando toda clase de peligros. Vamos al testimonio nuevamente:

"Las palabras se escapan. Sólo recuerda a los primos de su tío, todos esos insospechados parientes que su padre le había dejado regados en el norte. Era de madrugada. Todo estaba muy silencioso. Ellos estaban en la línea, temblando, con linternas, esperándolos. Él tenía frío: era enero y la chamarrita que llevaba apenas si le frenaba el viento de ese desierto canijo que parecía no tener fin.

Llegamos a la primera casa-casa que vi en mi vida. Lueguito Doña Jenny me tomó cariño y se entendió conmigo. Doña Amparito, mi tía, hasta se puso celosa, porque la Jenny ni lazo le tiró al ‘subwoofer' como le pusimos después, la mara y yo, a mi primo el lento, que yo lo quise mucho, se lo juro.

Nunca había dormido en una cama. En catres, en hamacas, en cartones, pero esa cama de la Jenny era una gozada. Y los pancakes que la doña preparaba eran un puro alucine. El esposo de la Jenny era puro gringo, muy buena onda, muy que ‘tu papá andaba con el Frente y que es an honor for me' y la chingada. Pero poquitos días duró el gozo porque mi tío andaba necio en llegar a Los Ángeles. Y en Pico Union encontré mi barrio".

Cabe apuntar que Fredi tiene entonces ocho años y es cuando comienza su vida en Estados Unidos. Olvida rápidamente el español y en la secundaria Belmont, se enrola en la Mara Salvatrucha, una espiral de violencia creciente que lo lleva de un lado a otro, de un "jale" [12] a "otro", y le suma muertos a su lista.

Viene entonces la cuarta y la más definitiva de las fronteras, la deportación a El Salvador, cuando las maras son declaradas "problema de seguridad nacional" y muchos jóvenes salvadoreños, guatemaltecos, hondureños, son "deportados", aun cuando muchos de ellos son legítimos ciudadanos norteamericanos:

"Fredi cayó preso varias veces. Pero la peor fue la de la deportación. Él se hacía de lo más tranquilo. Lo jura. Hace la señal de la cruz con su pulgar izquierdo y la besa. En esa época tenían un jenja conciliador: si hasta andaba haciendo acuerdos de paz con la 18 y con los Ñetas que recién llegados de Chicago ya tenían bien agandallado el barrio.

‘Me agarraron un día en el Este por los tatús. No hubo modo y que me dan pa'tras. Por mucho que yo les alegaba: american citizen, american citizen'. Y es que su tío le había arreglado sus papeles. Se había hecho norteamericano. Creció, como sus amigos de la clica, jurando lealtad a la bandera y cantando ‘América the Beautiful'. De nada le valió. Era la época del deportadero. A cuanto homie agarraban le daban cuello, dice. Comenzaron con los regresos obligados a la que se suponía era su verdadera patria, pero de la que no les había quedado, por lo menos a él, sino el sabor de la huída, los fantasmas de los muertos, los ecos de una guerra incomprensible y, claro, el vacío del hambre: así los fueron regresando, derechito, a El Salvador, a Honduras, a Guatemala. Otros se quedaron en México y la mara se hizo más fuerte, más grande, otra cosa. Nayeli, su haina [13], estaba embarazada, sin saberlo, de Angelito, mi niño, añade Fredi. Ella salió de los Iunaites con él, en calidad de deportada. Por eso su hijo es salvadoreño, que es bien jodido. Porque a él, le hubiera gustado que naciera en Pico Union, el barrio de inmigrantes centroamericanos en el que creció en Los Ángeles. Sueña con que lo liberan de la cárcel de Guadalajara y él, regresa, con Nayeli y el niño a MacArthur Park, el corazón de Pico Union. ‘Ya sabe, uno anda con el barrio puesto todo el tiempo'".

Fredi narra la extrañeza que le produce su país de origen; sin hablar español, sin parientes vivos en la ciudad de San Salvador, en medio de la geografía de una pobreza que es nueva para él, se hace aún más duro. Rápidamente se enrola en una clica de la Mara Salvatrucha en El Salvador, y entre los controles policíacos y psicológicos a que lo tienen sometido, y el empleo precario para sobrevivir con su compañera y el bebé, Fredi se mete rápidamente en problemas con la Mara 18, que le sentencia una muerte atroz.

Aquí aparece la quinta y última (hasta ahora) de sus fronteras, la frontera invisible [14]. Debe salir de San Salvador y sus homies le ayudan a preparar su retorno a Estados Unidos; él está feliz, sin ninguna nostalgia ni preocupación por dejar atrás ese territorio hostil en el que se convirtió su país, y al que nunca consideró su patria:

"Del grupo que se bajó del tren no conocían a nadie. Pero igual se echaron todos juntos a dormir en ese túnel, con ese saber que da la cultura oral de las migraciones. Todos sabían que era el lugar más seguro pero no sabían porque sabían. En Esquipulas, a las orillas del caudaloso río Suchiate, Fredi había comprado pasaportes mexicanos y había practicado sus ‘sí, jefe', ‘con el perdón de usted', ‘andamos viniendo de Veracruz', por si la migra los apañaba.

Esa noche bajo las vías del tren en Guadalajara, más que miedo lo que tuvo fue un mal presentimiento. Cuando por fin Angelito se durmió agotado por la diarrea, escucharon unas voces fuertes. ‘Ya nos llevó la chingada', pensó Fredi. La migra mexicana estaba haciendo un operativo con los Centauros, una policía especial que viste de negro y actúa en casos extremos. Y es que desde el once de septiembre la migra mexicana está muy dura, les toca ser la primera frontera.

Los formaron en fila. Eran como treinta personas, algunos grandes, la mayoría jóvenes como Fredi y Nayeli. La primera de la fila era una muchacha morena de buen ver. Un Centauro la empujó suavemente con el rifle hasta ponerla al alcance del oficial de migración.

-¿Cómo te llamas?

-Patricia, señor, Estrada. Patricia Estrada, señor.

-¿Eres de aquí?

-¿De Guadalajara, señor?

-No te hagas la lista muchacha, de aquí de México.

-Ah, pos la mera verdad no, señor.

-¿De dónde?

-De Honduras, señor, pero tengo mis papeles, mire.

El oficial le pasó los papeles a otro funcionario. Este los revisó con un visitador de derechos humanos.

-Falsos.

-Sí, falsos. Opinaron ambos y uno volvió a empujar a la muchacha para separarla de la fila.

-¿De dónde eres?

-Pos de aquí mismo, jefe, mexicano soy pues.

-¿Traes tus papeles?

-Ah chingados ¿y a poco necesito papeles para andar por mi país?

El oficial se encabronó y dijo:

-Ya nos salió un abogado...

Y añadió con ironía:

-¡Un defensor de los derechos humanos!

Lo apartaron de la fila y se lo llevaron con la muchacha y otros tres que no habían pasado la prueba.

Fredi apretaba a Angelito que ya ni lloraba por la deshidratación y Nayeli dio el primer paso. -Ayúdenos- le dijo al oficial y señaló el cuerpo desmadejado de su hijo.

-Venimos de Veracruz y vamos a Mochis a ver unos parientes y a buscar trabajo. Nos quedamos sin dinero y el niño se nos está muriendo.

Fredi sacó los pasaportes que bien valieron su precio, porque el Segundo oficial y el visitador, asintieron. El mero oficial les dijo:

-Pos órale, en lo que averiguamos bien, se van de volada con el comandante al Civil, ahí que los atiendan y nos esperan para verificar sus datos.

El Centauro les indicó el camino y ahí tirando sirena se los llevaron derechito al Hospital Civil. Un médico hasta salió a recibirlos. Era un doctorcito amable que revisó al niño con cuidado y verificó que la deshidratación era grave. Lo ingresaron sin mayores interrogatorios.

Fredi se prendió de su escapulario y decidió hablar lo menos posible; Nayeli estaba agotada por la hazaña de haber engañado, por lo pronto, a la migra mexicana. Pero ya no hubo problemas. Seguro esa noche fue de mucho trabajo, porque ni un oficial, ni un Centauro, ni el de derechos humanos se presentaron en el hospital. Ahí estuvo Angelito tres días seguidos recuperándose del rota virus que amenazaba con llevárselo.

En las primeras horas de espera frente a la puerta de la unidad de cuidados intensivos, mientras pensaba en Fredi conoció al Jabón, un bato muy cabal, muy sereno que tenía a su hermana muy grave. Era la niña de sus ojos y estaba a punto de morirse de un riñón que ya no le funcionaba. ‘Un man como debe ser, you know', dice Fredi. Y todo fue empezar a conversar para descubrirse amigos, compas, homies".

En esta última frontera, Fredi da un paso definitivo, el paso mayor y decisivo que habrá de llevarlo a la cárcel de manera irreversible: el "Jabón" era uno de los lugartenientes en la entidad de uno de los capos más temibles en el mundo del narco mexicano, Osiel Cárdenas [15], líder del cártel del Golfo. El "Jabón" logra reclutar a Fredi como sicario para arrebatar la plaza al Cártel de Sinaloa. Aunque sus lealtades siguen perteneciendo a la mara, Fredi se convierte en un eficiente e implacable soldado:

"El Jabón le tomó inmediata simpatía a ese muchacho flaco de ojos verdes que dormitaba en una silla rota del hospital. Además al Jabón, cuyo apodo venía de su habilidad para limpiar la mierda que sus jefes dejaban regada después de un operativo, le urgía hablar con alguien del dolor de su hermanita muriéndose sin que nada pudiera hacer. Nadie más receptivo, más sensible, que un padre preocupado y dolido por su hijo, un padre sin trabajo, ilegal y desesperado.

Y, desde siempre, Fredi, había sido bueno para oír, era una habilidad que una miss en Belmont le elogiaba mucho, en sus clases de literatura. Además el muchacho era duro como él. Tres horas le tomó al Jabón reconocer al Alacrán y rendirle tributo a don Catalino Hernández Preciado, petrolero y asesino de alacranes, maestro y primer homie de Fredi. Cinco horas le tomó reclutar a este mara tan suertudo, que con todo y vieja y chamaco engañó a los pendejos de la migra.

Para las veinticuatro horas de haberse conocido, el Jabón ya hasta le decía a Fredi:

-Pos qué carnal, ¿a qué horas te sales de los ‘Salvapussys' y le entras con hombres de verdad?

Doscientos dólares sacó de su cartera el Jabón y se los dio a Fredi.

-Te me vas a un hotel con tu vieja, te bañas, te duermes, que al cabo el chamaco está bien atendido y yo no me voy a mover de aquí hasta que me traigan nueva razón de mi hermanita. Estos pendejos bailan con dólares y si se ofrece algo p'al chamaco yo me hago cargo, para eso somos los carnales.

Era la primera vez que Fredi oía la palabra ‘carnal', pero su memoria antigua, supo, sintió, que un carnal es un homie y a un homie se le confía hasta el hijo agonizante .

Tan cansados estaban Fredi y Nayeli que aceptaron gustosos el ofrecimiento. Buscaron un hotel cerca y se durmieron, como Angelito en el hospital, más de doce horas seguidas. El pacto estaba sellado.

-Me hacía falta alguien como tú, pinche Alacrán. Un pinche asesino de ojos verdes y con cara de yo no fui.

Todo fue que el Jabón le agarrara confianza a Fredi, para que él empezara a ascender en su nueva ‘clica'. Entregas de mercancía, cobro de cuentas, hacerle de guardaespaldas, hacerle morder polvo a un enemigo incómodo, comprar los boletos para el fútbol, llevarle flores a la hermana que nunca se recuperó. De todo hacía Fredi, mientras Angelito aprendía sus primeras palabras en mexicano.

Todo estaba bien, pero el viaje pendiente. La lealtad de Fredi era con la mara, no con el cartel y aunque estos eran sus patrones, Elei estaba en su corazón como el tatuaje de la mara que después de su primera prueba se grabó en el pecho: ‘por mi madre nací, por la mara muero'".

4. Del caso singular a la interpretación de fondo: violencia y paralegalidad

Los costes relacionados con la violencia representan para América Latina anualmente más del 12% del PIB, cifra que supera el porcentaje de inversión en salud y educación (OPS, 2007). En 2007, el número de ejecutados por el narcotráfico ascendió en México a dos mil doscientos setenta muertos, lo que representaba casi siete personas asesinadas al día. En los primeros cinco meses de 2008, esta cifra se ha incrementado al doble, un promedio de catorce ejecutados por día. El número de muertos lleva a los especialistas a señalar que se trata de una guerra que va perdiendo el Estado mexicano.

Lo relevante en esta última parte en la biografía de Fredi es la articulación que se produce entre su propia historia y la violencia del narcotráfico. Estamos lejos de poder calibrar tal articulación en toda su magnitud que planteo aquí como una confluencia "perversa" entre modos distintos de la violencia, cuyo eje vertebrador es el de la transcodificación. Tal concepto hace referencia a la conservación de un significante ya establecido para introducir un nuevo significado (la violencia "marera" a la que se le superpone la violencia del narco). El sentido de la transcodificación de las violencias es importar y exportar códigos, reglas, pautas y mecanismos, que operan en marcos de significado diferentes y hasta en fronteras diferentes, pero que encuentran su nicho de significación en un lenguaje más amplio que ratifica que la violencia es lengua franca que todos son capaces de descifrar. El viaje de Fredi puede entenderse, metafóricamente (y pasando del caso singular a la interpretación de fondo), como el viaje de los códigos de la violencia, y la resignificación del código en el cruce de cada frontera (literal, y metafórica).

La violencia juvenil en el caso centroamericano, y especialmente salvadoreño, no puede aislarse de los "efectos" de una cultura de la guerra, lenguaje aprendido que deriva en la resolución de conflictos a través del código violento (Estrada, 2006). Ante ello, cabe preguntarse por lo que sucede cuando estas formas aprendidas se encuentran frente a frente con los dialectos del narco. En un momento histórico en que los carteles de la droga en México y en otras partes de la región están disputando fuertemente el control de territorios y nuevas rutas para el trasiego de drogas, una importante estrategia de esta batalla es el reclutamiento de jóvenes. Según algunos especialistas en delincuencia organizada, esto está provocando un escenario de mayor violencia, dada la inexperiencia de los nuevos sicarios (jóvenes que reciben una paga por matar). Se afirma al respecto que "los nuevos sicarios son jóvenes [16] entre los quince y los veinte años", y "los cárteles de la droga han aprovechado la falta de valores e integración familiar para nutrir sus filas delictivas; en regiones como Nuevo Laredo y Matamoros (Tamaulipas), en Badiraguato y Culiacán (Sinaloa), los buenos son los delincuentes y los malos son la policía" (opinión de Paulino Jiménez Hidalgo, investigador de la Academia Superior de Policía en México).

Estos jóvenes ingresan como victimarios a la órbita del narcotráfico, pero también como víctimas. "La vida del narco es un ejemplo para ellos, aspiran al poder económico y al reconocimiento del grupo al que se han integrado (narcotráfico); sin embargo, su inexperiencia se demuestra en la excesiva violencia que ejercen con sus víctimas"; y "la vida útil de los nuevos reclutas es muy corta dentro de una organización de este tipo; son asesinados por los integrantes de una organización antagónica o los meten a la cárcel, por ello aceptan el encargo de cualquier ejecución y la violencia que ejercen es para demostrar su valía" [17].

No comparto la idea de que los jóvenes se "afilien" a las actividades del narcotráfico por la falta de valores y la desintegración familiar, como suelen machacar algunos expertos y muchos políticos. Esta lectura moralizante y psicologista resulta simplista y miope, porque niega, elude o invisibiliza las condiciones estructurales en las que muchos jóvenes intentan armar y construir sus biografías. Y porque desconoce el contexto real en que el narcotráfico opera como mecanismo de empoderamiento de los jóvenes reclutados.

De un lado, está la dificultad real de acceso al mercado formal del trabajo por parte de la juventud que busca oportunidades de empleo para contar con un ingreso propio. En el caso de América Latina y el Caribe, la tasa de desempleo juvenil duplica y hasta triplica el desempleo adulto, según el país, y la tasa de desempleo entre jóvenes de familias de bajos ingresos es mucho mayor que entre jóvenes de sectores más favorecidos. Todo esto plantea una situación de alta vulnerabilidad y obstáculos muy fuertes a la inclusión e inserción juveniles. El problema más fuerte en este sentido lo enfrentan los jóvenes que no estudian ni trabajan, porque la escuela ya no los atiende y el mercado laboral tampoco los integra. Doblemente desafiliados: ¿dónde están, quién se hace cargo de estos jóvenes?

Pero por otro lado, esta condición de exclusión no agota la explicación, y es peligroso asumir que hay una relación directa entre pobreza y delincuencia, o entre exclusión y violencia juvenil [18]. En cuanto al narcotráfico en particular y el crimen organizado en general, su poder no estriba sólo en poder de muerte, sino principalmente en su poder de alterar y quebrar distintos órdenes sociales.

Las "escenificaciones" de este poder (más que escenas aisladas) ratifican el creciente empoderamiento del narco en diferentes ámbitos de la vida social. Además de la debilidad y la corrupción de las instituciones del Estado, sugieren algo mucho más profundo: la compensación de un vacío, de una ausencia y de una crisis de sentido. Dicho de otro modo, a través de estas continuas escenificaciones se hace visible el desgaste de los símbolos del orden instituido, mientras los actores del narco se van mostrando capaces de generar sus propios símbolos. Tales símbolos no se explican desde la mera oposición legalidad-ilegalidad.

Por ello propongo abrir un tercer espacio analítico: la paralegalidad, que emerge justo en la zona fronteriza abierta por las violencias. No es un orden ilegal lo que aquí se genera, sino un orden paralelo que construye sus propios códigos, normas y rituales. Al ignorar olímpicamente a las instituciones y al contrato social, la paralegalidad se constituye en un desafío mayor que la ilegalidad.

5. A modo de conclusión: desbordes y límites

Sólo la comprensión de la multidimensionalidad que caracteriza a las violencias y la diversidad de escenarios y mundos juveniles, es lo que puede permitir salir de las explicaciones reduccionistas, sean ellas normativas, epidemiológicas o autoritarias, y que no hacen sino atender el agravamiento de los síntomas. La biografía de Fredi, constituye, en este sentido, la interfaz en la que se cruzan y yuxtaponen, en una dinámica incesante, los signos radicalizados del malestar contemporáneo; y que frente al desgaste del lenguaje político encuentra en la violencia su más elocuente lenguaje.

Del exilio violento a las múltiples estrategias de paralegalidad en las que se ha visto inmersa, la biografía de Fredi es una historia de des-apropiaciones [19] del yo y su lucha constante por re-inscribirlo -por la reapropiación-. Este marero nombra sin nombrar la confluencia de la tríada que comanda la "racionalidad" de las violencias en muchos de los escenarios juveniles latinoamericanos: la precarización de la vida, el desencanto como ausencia de confianza o sentido que deriva en un presente perpetuo que sólo se deja evaluar desde el inmediatismo, y una paralegalidad que adviene no sólo como estrategia de supervivencia sino también como un orden capaz de contrarrestar la precariedad y el desencanto.

Como afirmé desde el comienzo, las violencias no se ubican en un más allá, restringido a un espacio-otro, a una heterotopía [20] salvaje y lejana, vinculada a la barbarie por contraposición a la civilización; ellas están aquí, ahora, presentes en un espacio complejo cuya recurrencia pone en evidencia, cuando menos, la falacia de pensarlas como brotes excepcionales [21] que sacudirían de vez en vez el paisaje armónico y pacífico de una pretendida normalidad "normal".

Las violencias juveniles se instalan justo en el vacío de legitimidad y la ausencia percibida de un proyecto colectivo portador de sentido. Desde ahí, desafían la legalidad. Pero al hacerlo confrontan una ausencia, no una presencia. Y, sin embargo, a esta ausencia de legitimidad se responde con dosis redobladas de legalidad [22], en una espiral punitiva que termina por alimentar las violencias.

Las violencias que protagonizan los jóvenes, ya como víctimas o como victimarios, deben ser calibradas en el contexto de los proyectos sociopolíticos y los modelos económicos contemporáneos. Ellas, me parece, se proyectan sobre un imaginario social al que parece faltarle proyecto colectivo, sobre una sociedad atemorizada por las señales constantes de la ruptura del orden conocido y el declive acelerado de las instituciones, perseguida por la pobreza y la ausencia de un orden inteligible.

Referencias bibliográficas

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Notas:

  • [1]. En los bordes de lo político (2007). Buenos Aires. Ediciones La Cebra, p. 75.
  • [2]. Este Dios de la mitología griega, se conocía por su poder de volver invisibles a los demás. Quién lo miraba a la cara se volvía automáticamente invisible, pero además, Hades poseía un casco mágico que proporcionaba invisibilidad a quienlo portara.
  • [3]. En el transcurso de mis diversas investigaciones sobre el tema, he propuesto que el plural de las violencias para aludir a la "clasificación" o tipologización socio-histórica que permite elucidar los contextos y características que definen y distinguen la multidimensionalidad del acto violento. Hasta el momento, propongo que existen cuatro subsistemas o dimensiones de la violencia: la estructural, la histórica, la disciplinante y la difusa, que a su vez se divide en dos formas: la utilitaria y la expresiva. Ver R. Reguillo, 2002, 2005.
  • [4]. Utilizo el singular para referir no solamente a uno de los subsistemas, sino para nombrar el acto o una secuencia de acción que puede aislarse, analíticamente hablando, de su contexto.
  • [5]. Ejemplos recientes de ello son la pelea contra los Emos en distintos países de la región, o las agresiones contra los pokemones en Chile, grupos juveniles que hacen parte de las distintas culturas juveniles.
  • [6]. De las matanzas ocurridas entre 1960 y 1996, el 90% de los crímenes fueron cometidos por el ejército guatemalteco.
  • [7]. Consultar:http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?lang=ES&cod=32059.
  • [8]. Por precariedad subjetiva me refiero a las enormes dificultades que experimentan muchos jóvenes para construir su biografía, lo que se vincula a la acelerada des-institucionalización y desafiliación, vale decir, a la corrosión en las dinámicas e instituciones que durante la modernidad han operado como espacios de acceso e inclusión sociales.
  • [9]. A partir de una serie de entrevistas (historia de vida) realizadas por quien esto escribe, en coautoría con Cristián Alarcón, elaboramos una crónica para concursar por recursos para investigación en el Primer Premio de Crónicas Seix-
  • [10]. El dueño de un bar que contrata a Fredi como ayudante y le toma cariño. Mexicano y ex-petrolero, pero viviendo en Guatemala, "Don Cato era de Tapachula, mexicano, pero tenía buen rato viviendo en Guate. Había sido petrolero y le había sobrado el dinero, contaba. Por eso, para recuperarse prefería apostar por un sitio como Tecún Umán que resultaba más negocio. En ese punto inicial del recorrido de los migrantes todavía les quedaba dinerito en el bolsillo. En cambio ya en México estaban bien pránganas, bien gastados, you know", describe como un experto migratorio Fredi.
  • [11]. Bebida alcohólica fermentada hecha a base de piña y mezcal.
  • [12]. En argot juvenil "jale" equivale a trabajo, en el argot marero, "jale" equivale a operativo generalmente violento.
  • [13]. El nombre que reciben las mujeres en la mara.
  • [14]. Guadalajara, ciudad del centro occidente del país, se ha convertido en un punto de llegada y detención de migrantes centroamericanos.
  • [15]. Hoy extraditado en Estados Unidos.
  • [16]. En Brasil se ha observado en los últimos veinte años un aumento de la violencia juvenil, principalmente por el tráfico de drogas. En ese lapso de tiempo el número de jóvenes encarcelados por crímenes ligados al tráfico de drogas creció de cien en 1980 a mil quinientos ochenta y cuatro en 2000 (Ferraz, 2006).
  • [17]. Ver "Sicarios jóvenes causan violencia". Excelsior, 9/12/2007.
  • [18]. En otros trabajos he señalado que estas "asociaciones" tienden a fortalecer los argumentos para criminalizar tanto la pobreza como a los jóvenes, y a ablandar a la opinión pública para la implementación de soluciones autoritarias y violatorias de los derechos humanos. Ver Reguillo, 2000 y 2008.
  • [19]. Por des-apropiaciones me refiero a que en su trayecto de vida, Fredi pierde primero su casa, la certeza de su lugar; en la huída pierde a sus padres; cuando ha logrado tener una mínima idea de familia, al lado de Don Catalino, sus tíos deciden partir. En síntesis esta noción me permite aludir a una subjetividad en continua tensión por constituirse. La inestabilidad en el contexto, en las condiciones, le arrancan la certeza de que ese "yo" hubiera sido el mismo de no haberse presentado la situación que lo lleva brincando hacia delante. Por reapropiación o reinscripción, entiendo el proceso a través del que los actores juveniles precarizados intentan construir una cierta estabilidad, una mínima certeza de lugar, de solidaridad, de lealtades.
  • [20]. Desarrollo este concepto en Reguillo, 2006, que antropológicamente posibilita el análisis de la espacialización de los miedos sociales. Propongo un triple análisis del espacio tópico, que alude al espacio que el actor reconoce como propio y seguro; el espacio heterotópico que es el lugar que representa "el mal", "el peligro", la "degradación" y que generalmente, suele asociarse a barrios pobres, a los centros históricos, a las zonas de prostitución, entre otros espacios, y suele estar vinculado en el plano temporal, con la noche, con lo oscuro; el tercer componente del esquema es el espacio utópico que alude a la ciudad ideal, al espacio anhelado.
  • [21]. Una visita cotidiana por la prensa latinoamericana bastaría para desestabilizar la idea de "excepcionalidad".
  • [22]. Entre otros ejemplos posibles, la "Ley para el combate de las actividades delincuenciales de grupos o asociaciones ilícitas especiales", de la Corte Suprema de Justicia de El Salvador, promulgada en el Diario Oficial 65, Tomo 383, o la "Operación Mano Dura y la ley antimaras, propuesto por el Presidente de El Salvador, Francisco Flores, difundido en cadena nacional (radio y televisión) el 23 de julio de 2003. También la convocatoria a la "Cumbre antimaras", entre los gobiernos de la Región, realizada en junio de 2005. También las obsesivas campañas -a veces exitosas- para la reducción de la edad penal, que se percibe como panacea como tratamiento de shock contra las violencias juveniles y que no hace otra cosa que expresar la lógica punitiva con la que se piensa desde el mundo de las políticas públicas.

Pensamiento Iberoamericano

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