Pensamiento Iberoamericano
Número 3

Los jóvenes como actores sociales y políticos en la sociedad global

Mª Luz Morán y Jorge Benedicto

Universidad Complutense de Madrid y UNED

Número de páginas: 1
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Resumen: Tras el esfuerzo por comprender los cambios que están sufriendo las transiciones de los jóvenes al mundo de los adultos, se esconde un tema relevante: el modo en que estos jóvenes llegan a convertirse en actores social y políticamente activos en sus comunidades de pertenencia. Es decir, surge el interés por analizar cómo se llega a ser, al tiempo, joven y ciudadano en las sociedades actuales. El artículo considera dos aspectos relevantes de esta construcción de la ciudadanía entre los jóvenes europeos, prestando una especial atención al caso español. En primer lugar, aborda el debate sobre los cambios en la implicación cívica de los jóvenes y su posible impacto en la vida política democrática. En segundo lugar, considera las representaciones sobre la ciudadanía, introduciendo así el papel de los marcos culturales en la concepción de la pertenencia a una comunidad política.

Palabras clave: juventud, ciudadanía, participación política, implicación cívica, identidades ciudadanas

Abstract: Behind the effort to understand the changes that the youth transitions to adulthood undergo, a relevant subject can be found out: the way in which those young people turn into social and political active actors in their own communities. That is to say, the interest arises to analyze how it is possible to became, at the same time, young and citizen in our contemporary societies. The article takes into account two relevant aspects of this citizenship building among European youth, giving a special attention to the Spanish case. First of all, it tackles the debate on the changes of the youth civic engagement and their likely impact on the democratic political life. Secondly, it considers citizenship representations, referring consequently to the role of cultural frames in the conception
of belonging to a political community.

Keywords: youth, citizenship, political participation, civic engagement, civic identities

Resumo: Por trás do esforço por compreender as mudanças que estão sofrendo as transições dos jovens ao mundo dos adultos, esconde-se um tema relevante: a forma em que estes jovens chegam a transformar-se em atores sociais e politicamente ativos nas comunidades a que pertencem. Ou seja, surge o interesse por analisar como se chega a ser, ao seu tempo, jovem e cidadão nas sociedades atuais. O artigo considera dois aspectos relevantes desta construção da cidadania entre os jovens europeus, prestando uma especial atenção ao caso espanhol. Em primeiro lugar, aborda o debate sobre as mudanças na implicação cívica dos jovens e seu possível impacto na vida política democrática. Em segundo lugar, considera as representações sobre a cidadania, introduzindo assim o papel dos marcos culturais na concepção da pertença a uma comunidade política.

Palavras clave: juventude, cidadania, participação política, implicação cívica, identidades cidadãs

I. El papel de los jóvenes en la sociedad: un debate europeo

La posición que los jóvenes ocupan en la sociedad y el papel que juegan en su devenir es uno de los temas que más controversias ha generado en los últimos años, y muy probablemente seguirá haciéndolo en un futuro. Desde que la juventud dejó de ser un periodo bastante indeterminado y pasajero del proceso de desarrollo de los individuos —cuando se identificaba prácticamente con la adolescencia— para convertirse, a lo largo del siglo XX, en una etapa definida y reconocible del recorrido vital, ha persistido el interés no sólo por definir sus características como una fase más de la vida, y por establecer los rasgos que la distinguen de las otras —infancia y edad adulta—, sino también por indagar cuáles son sus necesidades, deseos, pautas de actuación, niveles de compromiso, etc. Tras la mayor parte de los debates sobre estas cuestiones late la preocupación por la forma en que las nuevas generaciones se incorporan al orden social establecido, sus conflictos, y el grado de continuidad o cambio que introducen en los procesos sociales y políticos.

Los debates públicos sobre la situación de los jóvenes habitualmente están atravesados por imágenes sociales paradójicas: hablan de jóvenes desde una perspectiva que pretende ser objetiva, pero en buena medida reflejan las preocupaciones de los adultos sobre la marcha de los asuntos colectivos, sus propias vidas y las relaciones intergeneracionales. En los últimos años, estas imágenes sobre cómo se es joven están sometidas a una constante transformación debido a la velocidad de los cambios sociales, económicos y culturales en nuestras sociedades desarrolladas. El ritmo de estas transformaciones es tan elevado que se producen desajustes que convierten rápidamente en obsoletos los diagnósticos previos. La consecuencia es que, en ocasiones, hablamos de una juventud que ya no existe.

Sin duda, la visión de la juventud que mayor impacto ha tenido en el imaginario colectivo de las sociedades europeas se forjó a finales de los años sesenta y principios de los setenta. En ella, el joven aparecía a los ojos del resto de las generaciones como el icono de la transformación social y cultural, con todas sus connotaciones positivas y negativas. Una vez que las perspectivas de la revolución obrera se alejaban, de manera casi definitiva, del horizonte de las sociedades desarrolladas, los jóvenes pasaban a representar, en unos casos, el nuevo sujeto histórico del cambio sociopolítico y, en otros, la amenaza más explícita al orden social. Generalizando la actividad contestataria de los estudiantes europeos y americanos, la imagen de la juventud se construyó en torno a significados de compromiso, desafío a lo establecido, innovación cultural y politización. Una serie de atributos que sólo reproducían —y, además, de manera bastante idealizada— la experiencia de sectores juveniles muy concretos, pero que se impuso como visión hegemónica de la juventud con la que se contrastará su posterior evolución.

De la imagen de la juventud contestataria y comprometida, que ha seguido funcionando durante todos estos años como una especie de paraíso perdido, hemos pasado en este inicio del siglo XXI a la del joven exclusivamente preocupado por sus necesidades e intereses individuales, indiferente por lo que acontece en la esfera de los asuntos colectivos, y cuya integración social se produce básicamente a través del ocio y el consumo. Unos jóvenes ausentes la mayor parte del tiempo del espacio público, y que sólo de vez en cuando irrumpen en él de manera caótica, imprevisible y efímera. Aunque a veces también se añaden aspectos positivos —como la inclinación a participar en cuestiones solidarias—, es evidente que en los últimos tiempos predomina una visión ciertamente negativa de la juventud en las sociedades desarrolladas. En ocasiones, la responsabilidad de la situación se achaca a los propios jóvenes y a su cultura individualista, mientras que en otras se hace hincapié en una dinámica social e institucional que tiende a excluirlos, dificultando su integración en la vida adulta. Sea cual sea la argumentación predominante, en todos los casos se resalta su alejamiento de las posiciones centrales de la sociedad.

Así cada vez más, nos encontramos con que los jóvenes han dejado de ser protagonistas de la vida social. Recluidos en su individualidad y atrapados en una creciente red de dependencias que les impide desarrollarse como sujetos autónomos con capacidad de decisión sobre sus proyectos vitales, los jóvenes como grupo social se ven empujados hacia posiciones periféricas y sólo se hacen visibles socialmente bajo la etiqueta de pro blema social que exige intervención. En ese momento, se convierten en objetivo de la acción protectora del Estado que trata de reconducirlos hacia una trayectoria de integración, plagada de obstáculos y en la que ellos apenas tienen protagonismo. Como afirma Pérez Islas (2000): “Lo joven adquiere desde la institución, un estatus de indefinición y de subordinación; a los jóvenes se les prepara, se les forma, se les recluye, se les castiga y, pocas veces, se les reconoce como otro. En el mejor de los casos, se los concibe como sujetos sujetados, con posibilidades de tomar algunas decisiones, pero no todas; con capacidad de consumir pero no de producir, con potencialidades para el futuro pero no para el presente”.

Esta situación, bosquejada en términos inevitablemente esquemáticos, contrasta con las enormes posibilidades que se abren ante las generaciones más jóvenes. Nuestras sociedades les ofrecen un sinfín de oportunidades, impensables hasta hace bien poco. Las condiciones materiales de vida ya no son, en la mayor parte de los casos, guías inexorables de los cursos vitales, las posibilidades formativas se han generalizado entre los jóvenes, y los estímulos y oportunidades para la acción crecen exponencialmente. En resumen, el mayor potencial de los jóvenes contrasta con los crecientes problemas a los que se enfrentan para desarrollar todas estas posibilidades. Y es que si algo caracteriza la situación actual de los jóvenes europeos es, precisamente, su carácter contradictorio: poseen muchas más oportunidades vitales que las generaciones anteriores pero, al mismo tiempo, afrontan muchos más riesgos en su camino hacia la vida adulta de los que podían imaginar sus antecesores, que seguían trayectorias más restringidas pero también más seguras. Los adultos les demandan continuamente pruebas de su preocupación y compromiso con las cuestiones de índole colectiva, al tiempo que dificultan su acceso a los recursos para su integración y protagonismo social.

Es en este entorno contradictorio en el que hay que plantearse las posibilidades reales de que los jóvenes dejen de ser un mero objeto de la acción protectora del Estado para pasar a ser actores en la escena sociopolítica, asumiendo su condición de ciudadanos; es decir, de poseedores activos de derechos y deberes, con capacidad de participar en los procesos sociopolíticos (Benedicto, 2005). La trascendencia de este tema ha sido reconocida tanto por los políticos como por los investigadores europeos en los últimos años, habiéndose convertido en una de las cuestiones alrededor de las cuales ha girado el debate sobre la juventud.

La Unión Europea siempre ha dedicado una especial atención a este tema, pero hay que reconocer que su esfuerzo tradicionalmente se ha diluido en una pluralidad de acciones y programas poco eficaces. La aparición en 2001 del Libro Blanco sobre los jóvenes supuso un hito fundamental en el intento de formulación de una política común centrada en cuatro grandes áreas: participación, información, acción voluntaria y fomento de la investigación, sobre sus características, necesidades y demandas. El Libro Blanco se complementó con el programa “Youth” (2000-2006), recientemente sustituido por el programa “Youth in Action” (2007-2013). Ambos tratan de ofrecer canales de participación efectiva para los jóvenes europeos en actividades que favorecen el desarrollo de un sentimiento de ciudadanía europea, promoviendo la responsabilidad personal, la implicación cívica y la ciudadanía activa en los distintos niveles de la vida social. A todas estas acciones hay que unir la puesta en marcha del “European Knowledge Centre for Youth Policy”, fruto de la colaboración entre la Comisión Europea y el Consejo de Europa, que tiene como objetivo producir e intercambiar información relevante sobre la realidad de los jóvenes en los distintos Estados europeos.

Paralelamente a esta actividad más institucional de la UE, y en buena medida gracias a su apoyo, en los últimos diez o quince años se ha intensificado la actividad investigadora dirigida a fundamentar una perspectiva comparada de los procesos institucionales, formas culturales y factores estructurales que dan forma a los itinerarios vitales que siguen los jóvenes en su camino hacia la autonomía personal y la integración social y política. Un ejemplo de esta estrategia de investigación europea integrada es la red EGRIS (“European Group for Integrated Social Research”) [1]. Está formada por instituciones de ocho países de la Unión (Dinamarca, Alemania, Gran Bretaña, Irlanda, Italia, Holanda, Portugal y España), y se centra en el estudio de las cambiantes estructuras y procesos de integración social de las nuevas trayectorias juveniles, así como en sus consecuencias para la educación y el bienestar. En esta misma línea se inscribe el proyecto UP2Youth (“Youth-Actor for social Change”), también financiado por la UE, que investiga las condiciones en que los jóvenes llegan a ser actores de cambio; esto es, las que les permiten ejercer la ciudadanía y las formas en que desempeñan un papel activo en los procesos de cambio social y político [2].

Muchos otros ejemplos podrían citarse, pero lo importante es que el lector sea consciente del interés que en Europa suscita el debate sobre la posición de los jóvenes en la sociedad, y la trascendencia que para la vida democrática tiene el que lleguen a ser protagonistas activos en los procesos colectivos en los que están inmersos, sin tener que renunciar a su propia condición de jóvenes. El objetivo de estas páginas es ofrecer una panorámica de las condiciones del acceso de los jóvenes europeos a su condición de ciudadanos, para lo cual prestaremos atención tanto a las pautas participativas juveniles como a los significados que se asocian a la implicación en la esfera pública.

II. Ser joven en un contexto de incertidumbre

Para entender las relaciones de los jóvenes europeos con la esfera pública y cómo llevan a la práctica su condición de actores, hay que fijarse en la transformación de sus condiciones de vida en las sociedades de la segunda modernidad. Uno de los errores más habituales cuando se trabaja en este terreno es olvidar que las condiciones sociales, económicas y culturales en las que los jóvenes desarrollan sus experiencias vitales han cambiado radicalmente respecto a épocas anteriores, lo que influirá de manera decisiva en su implicación en contextos colectivos. Y es que ser joven hoy es algo bastante diferente a lo que experimentaron las generaciones anteriores.

¿Pero, en qué consisten estas diferencias? Básicamente en que la juventud ha dejado de ser un periodo transitorio en la vida de las personas, definido por el paso de la dependencia —propia de niños y adolescentes— a la independencia —característica de los adultos—, para convertirse en una fase específica del recorrido vital, con una clara trascendencia en todos los órdenes de la existencia. En primer lugar, están las consecuencias del fenómeno del alargamiento de la juventud, por utilizar la afortunada expresión de Cavalli y Galland (1993). El incremento del tiempo que dedican los jóvenes a la formación, la prolongada permanencia en la casa familiar con el consiguiente retraso en la formación de nuevos hogares, la demora en la incorporación definitiva al mundo laboral y, en fin, las mayores posibilidades que esta combinación de circunstancias confiere a los jóvenes en el ocio y el consumo están marcando indefectiblemente la experiencia de las nuevas generaciones. El alargamiento de la juventud ha provocado en las últimas décadas en Europa la progresiva aparición de un nuevo estilo de vida juvenil en el que se mezclan diferentes contextos vitales. Entre otros factores, ello es fruto de la dilatación del periodo temporal que abarca y de la proliferación de muy diferentes situaciones intermedias, junto a lo que podría denominarse una comunidad de experiencias juveniles (Furlong, 2000). Ser joven, pues, deja de ser algo episódico para convertirse en una condición social específica (Wyn y White, 1998), aunque con límites imprecisos.

Precisamente, esta ausencia de contornos definidos es uno de los rasgos claves de la condición juvenil en esta segunda modernidad. En la visión tradicional de la sociedad moderna industrial, los roles asociados a la edad estaban claramente establecidos, de tal forma que el estatus de adulto poseía una serie de significados sociales, económicos y políticos bien delimitados. Se sabía socialmente cuándo alguien llegaba a ser adulto y cuáles eran los caminos que los jóvenes tenían que seguir para obtener ese estatus y abandonar la condición —siempre provisional— de joven. En último término, el objetivo central de todo el proceso era la emancipación. El joven que lograba emanciparse, ante todo gracias a su integración en el mundo del trabajo y a los recursos económicos que le proporcionaba, se convertía automáticamente en adulto y, por tanto, en ciudadano. De ser considerado una persona en formación, alguien en busca de su lugar social, pasaba de forma natural a miembro de la sociedad, con sus responsabilidades privadas y públicas. Pues bien, esta situación, que ha moldeado durante décadas la experiencia de los jóvenes y que al mismo tiempo ha orientado la labor de los poderes públicos, se ha transformado considerablemente en las últimas décadas en las sociedades postindustriales.

Las transiciones juveniles se hacen cada vez más y más complejas. El alargamiento de la juventud antes mencionado no sólo las dilata en el tiempo, sino que favorece la aparición de rupturas en el interior de los procesos preestablecidos y previsibles de las generaciones anteriores, y en la sincronía temporal entre unos procesos y otros. Acabar los estudios, entrar en el mercado de trabajo e iniciar una vida en pareja ya no son hitos concatenados en un proceso lineal de la emancipación que conduce a la vida adulta, sino que, en muchas ocasiones, se convierten en acontecimientos puntuales, transitorios. Aparecen como episodios reversibles de un trayecto biográfico complejo, en el que todas estas cuestiones se entremezclan en una especie de red donde los determinantes estructurales ejercen una influencia fundamental, aunque no tan decisiva como en etapas anteriores (Furlong y Cartmel, 1997). En consecuencia, ya no está tan claro qué es ser adulto, ni qué significa dicho estatus; de ahí que la emancipación, entendida como base necesaria para la existencia de individuos autónomos e independientes, deje de ser la clave alrededor de la que gira todo, y pierda parte de su razón de ser (López Blasco, 2005).

La lógica lineal y evolutiva de la emancipación, que llevaba por senderos conocidos desde la dependencia a la independencia (básicamente económica), y que constituía el prerrequisito de la autonomía, se ha visto sustituida por una serie de procesos de desarrollo más incierto, relacionados entre sí de manera reticular, que facilitan a los jóvenes la adquisición de los recursos y competencias necesarias para convertirse en sujetos autónomos, capaces de gestionar sus propios proyectos vitales y de asumir responsabilidades colectivas. Así, dependencia y autonomía dejan de ser dos conceptos y realidades excluyentes entre sí, para combinarse en una amplia gama de posibilidades (Cicchelli, 2001). El resultado es la proliferación y diversificación de experiencias juveniles, que permiten coexistir de manera no conflictiva las trayectorias más clásicas —donde emancipación familiar, independencia económica y autonomía personal forman un todo inseparable— con las más desestandarizadas en las que prima la elección individual y el desarrollo de la autonomía (Du Bois-Reymond, 1998). Junto a ambos extremos, nos encontramos con múltiples trayectos biográficos en los que los jóvenes utilizan las posibilidades que les ofrecen las situaciones de semi-dependencia en las que viven para gestionar sus proyectos vitales y ensayar diversas formas de integrarse en la sociedad, afrontando los obstáculos estructurales que dificultan su acceso a posiciones de protagonismo social y su construcción como sujetos autónomos.

La importancia concedida a la biografía como espacio de realización de la autonomía se ve favorecida por el actual contexto de individualización. Un contexto éste donde las decisiones individuales priman sobre la aceptación acrítica de las normas sociales; la erosión de los códigos tradicionales de conducta legitimados y transmitidos por las agencias de socialización juega en favor de un pluralismo valorativo en el que predomina la libertad de los individuos para elegir el curso de sus vidas. Pero, al tiempo, no debe olvidarse que individualización no implica necesariamente individualismo, en el sentido de aislamiento. Por una parte, uno de los rasgos de la juventud actual es la importancia que conceden a las relaciones con los iguales y, sobre todo, con los amigos, que constituyen el principal ámbito de sociabilidad. Por otra parte, la búsqueda de autorrealización personal predominante entre muchos jóvenes es compatible con diferentes formas de compromiso social, tal y como muestran una y otra vez los trabajos sobre la implicación de los jóvenes en cuestiones relacionadas con la solidaridad cívica, la ayuda a los desfavorecidos, las causas medioambientales…

Pero la individualización también hace más compleja e incierta la tarea de los jóvenes de construir su propia autonomía, especialmente entre los sectores más vulnerables social y culturalmente. En efecto, el progresivo debilitamiento de la transmisión intergeneracional de las identidades personales y sociales, la valoración de la autoproducción biográfica basada en la decisión y responsabilidad individual como rasgo fundamental de la autorrealización personal, o la dificultad de prever los resultados de los procesos de transición juvenil debido a la pérdida de influencia relativa de las posiciones estructurales de partida y a la mayor complejidad de las mismas introducen grandes dosis de incertidumbre e inseguridad en los individuos implicados. En la sociedad industrial, las restricciones que entrañaba nacer en una familia concreta y tener un determinado historial formativo o laboral —es decir, realizar una transición a la vida adulta con un recorrido previsible y pocas posibilidades de elección— se veían, en parte, recompensadas por la seguridad y certidumbre que proporcionaban las instituciones y agentes de socialización. La situación en las actuales sociedades postindustriales está, en cambio, dominada por las contradicciones. Se abren muchas más posibilidades para la conquista de la autonomía individual, pero, al mismo tiempo, también aparecen muchos más riesgos de tomar caminos equivocados, al carecer de guías de acción sancionadas socialmente. Es más probable perderse ante las dificultades de un entorno socioeconómico que empuja a los jóvenes a mantenerse en una eterna juventud sin asumir responsabilidades, a cambio de no presionar para integrarse en las posiciones centrales de la vida adulta. La promesa de autorrealización personal que acompaña la individualización se puede tornar en riesgo de aislamiento frente a los otros y a la sociedad en su conjunto. Ello refuerza las orientaciones negativas hacia la situación actual y futura del mundo en el que viven (Stellinger, 2008), su alejamiento de las cuestiones colectivas y su reclusión en el ámbito de sus vidas privadas.

En último término, la incertidumbre se ha convertido en un rasgo consustancial a las sociedades postmodernas, que tiene una especial repercusión en las nuevas generaciones, cuyos miembros quieren reconocerse como sujetos autónomos, capaces de manejar sus vidas, de tomar decisiones al respecto, pero también de sentirse parte de una comunidad más amplia. Para conseguir este objetivo, los jóvenes experimentan con diferentes conductas y tipos de relación en todos los órdenes de sus vidas (afectos, estilos de vida, implicación cívica, participación política...); a menudo, no siguen los patrones tradicionales y, en ocasiones, se enfrentan abiertamente a las pautas predominantes en la sociedad adulta. De esta manera, los jóvenes europeos van dando forma a sus identidades personales, sociales y políticas, en una dialéctica entre continuidad y experimentación (Muxel, 2001), entre integración y autonomía, en la que se mezclan y entrecruzan significados procedentes de distintos universos simbólicos. El éxito en esta tarea exige mayor esfuerzo y entraña más riesgo que en generaciones anteriores, pero también las posibilidades que se les abren son mucho mayores.

III. Los jóvenes como sujetos políticos: la implicación cívica de los jóvenes europeos

Como hemos visto en las páginas anteriores, el modo en que los jóvenes actuales se convierten en actores significativos de la vida política y social se ha convertido en un tema relevante para la investigación sociopolítica europea más reciente. Uno de los principales interrogantes es si se está retrasando la constitución de los jóvenes como sujetos políticos activos de sus comunidades de pertenencia. Es decir, se trata de dilucidar si nos encontramos ante sectores cada vez más numerosos de jóvenes que se posicionan ante la vida política como meros espectadores, durante un periodo cada más largo de sus trayectorias vitales. Si ello fuera así, conllevaría una inevitable dilación de la implicación cívica, tanto en términos de ejercicio efectivo de derechos y responsabilidades ciudadanas como de participación real en los asuntos públicos. Una situación como ésta obligaría a sopesar, ante todo, los “costes” de este retraimiento para la buena salud de los sistemas democráticos. Pero, además, llevaría también a pensar en la influencia de este alejamiento en los procesos más generales de su integración social.

El presunto abandono de la juventud de las actividades tradicionalmente asociadas a la vida democrática se ha convertido, al menos desde los años ochenta, en un eje de los debates públicos que han acompañado al diseño y aplicación de políticas públicas destinadas a la juventud. El reto al que se han enfrentado políticos y responsables públicos ha sido crear mecanismos institucionales adecuados para que sus apelaciones a un mayor compromiso con los asuntos colectivos dejen de ser meras declaraciones retóricas sin efectos prácticos en el comportamiento de las nuevas generaciones. Esta creciente preocupación explica, por ejemplo, que durante los años noventa, y también en la década actual, se hayan puesto en marcha en diferentes países europeos programas de formación cívica. Descansan en la idea de que sólo se lograrán estímulos necesarios para actuar en la esfera pública si aumenta el conocimiento político así como las competencias necesarias para ser un ciudadano activo; dicho de otra manera, el mejor antídoto contra la indiferencia y apatía política de los jóvenes es la educación cívica en las escuelas.

No obstante, uno de los problemas a los que se enfrentan los poderes públicos a la hora de diseñar soluciones institucionales para afrontar las cuestiones relacionadas con la implicación cívica juvenil es la ausencia de un consenso entre los especialistas en sus diagnósticos e interpretaciones, a pesar del gran número de investigaciones que se han dedicado a este tema en los últimos años.

Pero, antes de profundizar en las diferentes interpretaciones sobre esta participación, conviene detenerse brevemente para tratar de responder a una pregunta inicial: ¿por qué, sociólogos y politólogos, estamos tan interesados en este tema? ¿Qué explica que nos preocupe tanto que los jóvenes participen o no en la vida pública? (Funes, 2006). Para contestarla, debemos recordar que existen dos principales argumentos que inspiran los trabajos en este campo. El primero se vincula con el republicanismo cívico (Olfield, 1990). Éste considera la juventud como el periodo clave para la socialización política, aquel proceso que garantiza la adquisición de los valores y capacidades que definen al ciudadano pleno. Además, es también el momento en el que deben producirse las primeras experiencias participativas. Por ello, la participación política juvenil se convierte en una de las piezas clave de un postulado normativo de ciudadanía que le otorga un valor central no sólo como medio de contribuir al logro del bien común, sino esencialmente como instrumento de creación del “buen ciudadano”.

Paralelamente, existe otro argumento que insiste más en la vinculación entre los procesos de integración de los jóvenes y su implicación cívica. Aunque pocas veces expuesto de manera explícita, tras él subyace una concepción bastante conservadora de la juventud, puesto que la considera como un grupo proclive a poseer actitudes y llevar a cabo comportamientos socialmente desestabilizadores en potencia. La etapa juvenil, asociada a la ausencia de responsabilidades, se convierte en inevitablemente combativa; pero, a medida que se produce la integración del joven en el mundo de los adultos, disminuirá su carga de conflicto. Dentro de este marco de razonamiento, el fomento de la participación de los jóvenes se entiende como un modo más de incorporarlos a la vida en común. Así pues, la implicación cívica no se vincula con un ideal normativo de ciudadanía sino que se presenta como un mecanismo de mantenimiento del orden social.

En cualquier caso, tampoco debemos perder de vista que la controversia sobre cómo participan políticamente los jóvenes y cómo se diferencian de las generaciones predecesoras no ha perdido actualidad en Europa y Estados Unidos en los últimos cuarenta o cincuenta años. Ya a finales de los años sesenta o comienzos de los setenta, los investigadores destacaron el gran peso de dos variables en los distintos modos de implicación en la vida pública: la edad y el nivel de estudios (Barnes y Kaase, 1979). El análisis sociopolítico pluralista sentó entonces dos tesis que siguen comprobándose en la actualidad. Primero, concluyó que el comportamiento político convencional (el voto, la afiliación partidista, el apoyo financiero a los partidos…) mantiene una correlación positiva con la edad. Es decir, los jóvenes van aumentando paulatinamente su presencia en dichas actividades a medida que se convierten en “jóvenes- adultos” [3], de tal manera que la juventud podría ser conceptualizada como una etapa de preparación para la vida política adulta. En segundo lugar, se comprobó que el potencial de implicación en la política “no convencional” —en actividades de protesta, por emplear un término más actual— es siempre más alto entre los jóvenes. Ello explica su mayor peso en las distintas formas de acción política no convencional (manifestaciones, marchas, ocupaciones, boicots…). En todo caso, a medida que aumenta su edad —tal y como anhelaba la tesis de la integración social antes mencionada— disminuye este potencial de protesta.

A pesar del énfasis en las diferencias de los comportamientos políticos de los jóvenes, los pluralistas mantuvieron siempre la confianza en una inevitable “normalización” de sus pautas de implicación a medida que fuera aumentando su edad. Es decir, la singularidad de los comportamientos juveniles se explica simplemente por un efecto del ciclo vital, por el tipo de experiencias que se corresponden con este momento de la vida, marcado, sobre todo, por la ausencia de responsabilidades sociales claras (Schlozman et al., 1999). Así, los jóvenes pueden “permitirse el lujo” de implicarse en actividades alternativas de protesta, pero a medida que vayan incorporándose al mundo de los adultos y experimenten las situaciones que definen a estos últimos —trabajo, familia propia, hogar independiente...— se incorporarán a los estilos tradicionales de la vida política democrática. A su vez, serán sustituidos en la política de la protesta por las nuevas generaciones de menor edad.

En las últimas décadas, sin embargo, las explicaciones basadas en el ciclo vital están dejando paso a nuevas explicaciones de la singularidad de la participación juvenil centradas en los efectos generacionales. El reconocimiento de la incorporación a la vida política nacional e internacional de unos “nuevos” actores que introducen “otras maneras de hacer política”, junto con el debatido impacto de la globalización en la constitución de una esfera política global o transnacional, son algunos de los argumentos esgrimidos por un buen número de autores —con distintos énfasis y desde diferentes perspectivas teóricas— para afirmar que se están produciendo transformaciones muy profundas en la implicación cívica (Inglehart, 1991; Inglehart y Welzel, 2006; Norris e Inglehart, 2004). Una serie de cambios que no sólo estarían afectando a los jóvenes, pero que sí serían más visibles entre ellos. En este caso, la tesis planteada es que las generaciones más jóvenes se han visto particularmente golpeadas por este conjunto de cambios —económicos, sociales y culturales— que repercuten de forma profunda y, sobre todo, duradera en el modo en que establecen sus relaciones con la esfera de la política. Si en un futuro cercano se mantiene la fuerza de este fenómeno, significaría que sus efectos son perennes, y nos enfrentaríamos a una “nueva política”, definida por una pérdida relativa del peso de la vida política convencional, por una interconexión entre los ámbitos nacionales, regionales, locales y supra-nacionales de la política, por nuevas formas de activismo político, por unas demandas mucho más vinculadas a causas específicas, y por un tipo de organizaciones muchas más laxas basadas en identidades heterogéneas (Della Porta y Tarrow, 2005) [4].

El debate sobre el alcance real de las transformaciones de las formas de implicación cívica de los jóvenes sigue abierto y, a pesar de que contamos ya con un volumen notable de evidencia empírica sobre los distintos países europeos, sus resultados no permiten hasta el momento comprobar de forma definitiva ninguna de las dos tesis. En una reciente investigación comparativa europea en la que participaron o c ho mil jóvenes de ocho países europeos (Austria, Estonia, Finlandia, Francia, Alemania, Italia, Reino Unido y Eslovaquia) [5] se pone precisamente de manifiesto la imposibilidad de realizar diagnósticos generales, más aún si tenemos en cuenta la diversidad de los contextos políticos y culturales que hacen que unas formas de participación tengan mayor relevancia entre los jóvenes de unos países que entre los de otros.

Pero, más allá de la discusión sobre la evolución de las diversas formas de participación y su vinculación con los distintos grupos de edad, la cuestión más general que importa clarificar es la de las relaciones de los jóvenes con el mundo de la política y ahí nuevamente reaparecen las controversias. Por un lado, tenemos a todo un grupo de autores y trabajos que consideran que los jóvenes son el grupo más afectado por la desafección y el alejamiento de la política democrática tradicional. En todos los países europeos, con escasas diferencias, son ellos quienes se abstienen más en las elecciones, se afilian menos a los partidos políticos y poseen sentimientos de identificación partidista más débiles. Con estos datos, constantes en las últimas décadas, se elabora un diagnóstico contundente: la apatía y alienación política se extienden entre amplios sectores de la juventud. Un mal que se difunde entre las democracias europeas, que los más radicales interpretan como augurio de su grave crisis de legitimidad.

No obstante, existe otro notable conjunto de trabajos que, frente a la tesis de la despolitización de la juventud, aducen que las evidencias empíricas no son tajantes al respecto y que hay datos que apuntan en la dirección opuesta. Así, por ejemplo, según los resultados del citado estudio EUYOUPART, más de la mitad de los jóvenes alemanes entre quince y veinticinco años dice estar muy o bastante interesado en los temas políticos, el 71% de los jóvenes italianos reconoce su cercanía a algún partido político o, en épocas de confusión ideológica, el 42% de los italianos declara compartir la orientación ideológica de sus padres (Bontempi y Pocaterra, 2007). Como afirman los autores del informe cualitativo del estudio, “las tesis antes mencionadas que sugieren una despolitización de la juventud aparecen hoy menos convincentes” [6]. Pero no se trataría solamente de una discrepancia sobre las evidencias empíricas que unos y otros utilizan sino de un planteamiento más de fondo, según el cual entre un buen número de jóvenes europeos se detecta un nuevo tipo de politización, en el que las categorías políticas cambian de significado. La política, entendida como intervención en los asuntos colectivos, abandonaría cada vez más los campos regulados institucionalmente para trasladarse a ámbitos relacionados con la solidaridad social, la vida cotidiana, el ocio... (Vinken, 2003). De esta forma, la juventud europea sería el actor clave en la construcción de una “nueva” política democrática. Los datos en los que se basan para fundamentar esta idea son numerosos, al tiempo que dispares. Entre los más relevantes, están su presencia en los movimientos sociales, ONG y diferentes formas de asociacionismo, y su visibilidad en los nuevos repertorios de la protesta y de la implicación cívica. Junto a ello, se reconoce que algunos grupos de jóvenes, expertos en el manejo de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (NTIC), están contribuyendo no sólo a renovar los medios de acción política, sino también a incorporar demandas innovadoras y a establecer nuevas redes de implicación ciudadana, muchas de ellas de ámbito transnacional.

En definitiva, el indudable distanciamiento de los jóvenes europeos de las esferas e instrumentos de la política democrática tradicional no debería interpretarse tanto en términos de crisis de legitimidad, sino como un movimiento de renovación democrática que hunde sus raíces en un conjunto de profundas transformaciones sociales y culturales, cuyas consecuencias últimas todavía no estamos en condiciones de determinar. Lo que sí parecería claro es que avanzamos hacia una nueva política del “estilo de vida” o de “la elección”, frente a la antigua política de la “lealtad” (Norris, 2004).

Este análisis global de la politización de la juventud europea debería completarse incorporando los contextos político-culturales en los que se produce. Como mencionábamos anteriormente, las tradiciones culturales, los factores institucionales y las determinaciones estructurales establecen las condiciones en que los jóvenes llegan ser sujetos políticos en cada contexto nacional. Un buen ejemplo al respecto es el caso español al que vamos a referirnos —aunque de manera breve— a continuación.

Uno de los puntos de conformidad de los recientes trabajos sobre las diferentes formas de participación de los jóvenes es que las diferencias entre sus comportamientos y los de los adultos son mucho mayores de lo que cabría esperar dadas las similitudes de sus culturas políticas y visiones de la ciudadanía. No obstante, persiste el desacuerdo sobre las consecuencias de dichas divergencias en la vida democrática española.

Para empezar, cabe recordar que, en España, sus niveles de participación política convencional son sensiblemente menores que los de los adultos, al igual que en Europa. Algunos trabajos han señalado, no obstante, que existe una singularidad del caso español que contribuiría a explicar esta distancia. Se argumenta que las actuales generaciones adultas seguirían marcadas por el entusiasmo que provocó la transición española, que vivieron durante su juventud. Un “efecto de periodo” que continuaría influyendo en sus pautas de implicación política, frente a las generaciones inmediatamente posteriores, influidas por una generalizada desafección política —un desencanto— ante la normalización de la vida democrática “rutinaria”, pero también como consecuencia de algunos de sus déficits. De aquí que, en todas las actividades asociadas con la política electoral, la presencia de los jóvenes sea mucho menor que la de los adultos. Deberemos esperar todavía unos años para comprobar si este alejamiento de la política convencional de las primeras generaciones nacidas en democracia se atenúa a medida que se incorporan a la vida adulta —el habitual “efecto de ciclo vital”— o si nos enfrentamos realmente a un “efecto generacional” significativo.

Un segundo rasgo específico del comportamiento político de los jóvenes españoles es que éstos están más presentes en la “política de la protesta”. Algunos trabajos publicados en los últimos años (Caínzos, 2006; Morales, 2005; Jiménez, 2006), comprueban que los jóvenes participan más que los demás grupos de edad en manifestaciones y también son más activos en las organizaciones y actividades de la “política alternativa”. Este hecho explicaría una tercera característica de la implicación cívica juvenil: el abandono de las organizaciones convencionales de la vida democrática a favor de otro tipo de asociaciones menos burocratizadas e institucionalizadas, con mayor capacidad para responder a sus intereses y demandas.

No obstante, el significado de los dos últimos conjuntos de transformaciones sigue sin gozar del acuerdo entre los especialistas, por lo que parece necesario introducir algunas matizaciones. Para empezar, la tendencia de los jóvenes a protagonizar o, al menos, a estar más presentes en las actividades políticas de protesta no es un fenómeno sustancialmente nuevo. Además, según algunos análisis (Caínzos, 2006), no se debe hablar de jóvenes en general participando en actividades de protesta, sino más bien de un tipo en particular: los estudiantes. Por lo tanto, no sería la edad la que influye en una mayor implicación en formas no convencionales, sino más bien la pertenencia a una categoría social específica con una serie de connotaciones que favorecen este tipo de comportamientos. En concreto, se siguen mencionando la falta de responsabilidades sociales y económicas, pero, sobre todo, la mayor disponibilidad de tiempo libre de los estudiantes y la flexibilidad para organizar su tiempo de trabajo. En todo caso, el alargamiento de la etapa en la que los jóvenes se encuentran insertos en el sistema educativo formal afectaría también a este tipo de participación.

En cambio, la creciente utilización de medios de acción tradicionalmente asociados con la “política contenciosa” (boicots, ocupaciones de terrenos o edificios...) sí es un fenómeno nuevo en la vida política europea, así como en la española. Al menos desde inicios de los años noventa, nos encontramos con un creciente número de organizaciones que recurre a estos medios a la hora de expresar demandas de muy diverso tipo (Tartakowski, 2004; Fillieule, 1997; Della Porta y Tarrow, 2005). Esta tendencia es muy fuerte en el caso español en donde, por ejemplo, la manifestación se ha convertido en los últimos años en un medio de acción frecuentemente empleado por un abanico considerable de actores. La normalización de la “política de la calle”, conllevaría también la normalización del actor de la protesta. Es decir, al menos ciertas actividades de protesta implicarían a un número más amplio de personas, incorporando cada vez más a grupos de edad y a categorías sociales y profesionales que hasta hace poco estaban al margen de estas formas de participación política (Van Aelst y Walgrave, 2001; Della Porta y Tarrow, 2005; Norris, 2004). Los trabajos sobre la participación individual en los repertorios de la protesta son todavía escasos, tanto en el ámbito europeo como en el español, pero no obstante ya poseemos suficiente información como para comenzar a matizar nuestra visión de la política de la protesta como un fenómeno esencialmente juvenil (o estudiantil).

Por otro lado, tampoco está tan claro que el aumento del papel de las asociaciones voluntarias en España —un fenómeno notable, sobre todo a partir de los años noventa— pueda considerarse como un fenómeno específico de jóvenes (Ariño y Llopis, 2003; Angulo, 2002). Más bien parece que el creciente interés por cuestiones relacionadas con la política “global”, y la mayor tendencia de los españoles a colaborar con asociaciones de muy distinta naturaleza, están bastante difundidos entre los distintos grupos de edad y en sectores de la población muy diversos. Estos cambios se explicarían más bien debido a la extensión de una política del “estilo de vida”, en la cual las principales motivaciones para la implicación cívica están asociados con el consumo y con los estilos de vida, en mayor medida que con las viejas ideologías o representaciones del mundo, que estuvieron en la base de la constitución de los partidos políticos, o con los temas relacionados con el mundo del trabajo, que dieron sentido al surgimiento de las organizaciones sindicales (Norris, 2004).

No obstante, en el caso español sí se comprueba que los jóvenes tienen mayores probabilidades de implicarse en formas de activismo orientadas a causas concretas (ecológicas, pacifistas, humanitarias, de consumo...). Y, precisamente, este tipo de objetivos son los que animan a todo un conjunto muy heterogéneo de asociaciones (ONGs, movimientos sociales, asociaciones de voluntariado). En consecuencia, hallaremos menos jóvenes en los viejos canales de la vida democrática (partidos políticos, sindicatos), frente a un número mayor que sí se implican en este “nuevo” tipo de organizaciones o asociaciones.

IV. Los significados de la ciudadanía entre los jóvenes

La principal conclusión de esta revisión sobre los debates europeos en torno a la transformación de las pautas participativas de los jóvenes es la imposibilidad de establecer diagnósticos generales que den razón de la variedad y complejidad de sus comportamientos políticos. Porque no se trata sólo de que no se pueda concluir si, como grupo social, son apáticos y desinteresados o si, por el contrario, están atraídos por la política, pero de una forma distinta a los adultos. Según demuestra la investigación aplicada, un mismo joven puede mostrar gran interés político en un momento determinado y ante una cuestión concreta, y posteriormente manifestarse apático y alejado de cualquier tema político. Y es que si algo caracteriza a los jóvenes actuales es que viven en varios mundos políticos a la vez, cuyos significados y representaciones se entremezclan en combinaciones a veces aleatorias y otras sistemáticas. Si en otros terrenos de la vida se habla de la fragmentación de las identidades juveniles, también en el de la política tenemos que acostumbrarnos a hablar de identidades débiles.

Pero, para profundizar algo más en este tema hay que detenerse en las significaciones que adquieren entre los jóvenes las categorías políticas; o, planteado de una manera más general, ver cómo se representan su condición de actores en la escena social y política. Si abordamos esta cuestión, es porque estamos convencidos de que, para comprender las prácticas cívicas, es imprescindible tomar en consideración lo que, para simplificar, denominaremos la dimensión cultural de la ciudadanía: el modo en que los sujetos entienden la pertenencia y la implicación en la comunidad y se representan a ellos mismos como miembros competentes. Unos sujetos que, no debemos olvidar, se encuentran insertos dentro de marcos sociales, políticos, económicos y culturales específicos. Tal y como plantean Jones y Gaventa: “... el modo en que las personas se comprenden a sí mismas como ciudadanos posee muy probablemente un impacto significativo en sus derechos y obligaciones, así como en si participan, en qué forma y por qué” (Jones y Gaventa, 2002: 13).

En nuestros trabajos (Benedicto y Morán, 2004, 2007), hemos defendido que existen dos ejes principales para aprehender estas representaciones de la ciudadanía. En primer lugar, la pertenencia, que remite al modo en que las personas creen que se llega a formar parte de la comunidad y a los términos que sirven para conceptualizarla. El segundo eje es la implicación que reenvía, no tanto a las formas concretas de involucrarse en la comunidad, o a los obstáculos para llevar a cabo este tipo de actividades, sino más bien, al significado que los sujetos atribuyen a la propia implicación.

En comparación con la participación política, los trabajos sobre las representaciones de la ciudadanía entre los jóvenes europeos son escasos. No sólo el binomio ciudadanía-juventud es un tema relativamente nuevo en la investigación sociopolítica, sino que la mayor parte de los trabajos estudian comportamientos concretos de los jóvenes. Todo ello, unido al abandono de las perspectivas más clásicas de la cultura política, explica que contemos con bastante poca información sobre esta cuestión. No obstante, los trabajos realizados por R. Lister y su equipo en Gran Bretaña (Lister et al., 2003), algunas investigaciones sobre distintos aspectos de la vida cotidiana de los jóvenes europeos, junto con los resultados de nuestro propio trabajo, nos permiten plantear algunas consideraciones generales, centradas fundamentalmente en la dimensión de la pertenencia cívica (Benedicto y Morán, 2003).

En primer lugar, no debe sorprender que el modo en que los jóvenes entienden sus identidades ciudadanas como sujetos de derechos y responsabilidades parezca estar íntimamente asociado con las culturas políticas nacionales, e incluso con el impacto de algunos acontecimientos políticos significativos. Por ejemplo, R. Lister y su equipo (2003) destacan que los jóvenes británicos identifican muy fácilmente las obligaciones que conlleva la pertenencia a la comunidad de ciudadanos, pero tienen, en cambio, muchas dificultades para hacer explícitos los derechos asociados con la misma. La sustitución del lenguaje de los derechos por el de las obligaciones y responsabilidades, fomentado inicialmente por el conservadurismo neoliberal thatcheriano y posteriormente por la tercera vía de Blair (recuérdese que una de sus máximas más repetidas en los últimos años ha sido “ningún derecho sin responsabilidad”), parecen haber hecho mella en las nuevas generaciones. Exactamente lo contrario sucede con los jóvenes españoles (y, muy posiblemente también, con sus padres y madres). En este caso, la ciudadanía se asocia casi exclusivamente con la posesión de derechos, entre los que ocupan un lugar muy destacado un amplio abanico de derechos sociales como la educación, la salud e incluso la vivienda. Por el contrario, tienen mucho menos claras las obligaciones de la pertenencia cívica, más allá del pago de impuestos, el voto (concebido, al tiempo, como derecho y como deber) y el mantenimiento de algunas normas básicas de civismo o urbanidad. El modo en que se produjo la transición política, así como ciertos rasgos del sistema político español, ayudan a comprender la singularidad del caso español, como antes las características del discurso político predominante lo hacían con el caso británico (Benedicto y Morán, 2007).

Por otro lado, existen al menos tres campos de estudio sobre los jóvenes europeos que proporcionan informaciones interesantes sobre las formas en que están construyendo sus identidades ciudadanas en los últimos tiempos y, sobre todo, los contenidos que atribuyen a las mismas. Para empezar, hay que referirse a una serie de trabajos que insisten en una traslación desde el ámbito estrictamente político a otras esferas de las vidas cotidianas de los jóvenes en donde se estaría configurando una parte significativa de las identidades juveniles. Nos referimos a aquellas tesis que afirman que las prácticas de ocio y de consumo juveniles son ya referencias importantes para la construcción de los sentimientos de pertenencia de los jóvenes europeos (France, 1998; Vinken, 2003). El peso de las culturas juveniles en España (Feixa y Porzio, 2004) apunta también en la misma dirección. Nos encontraríamos, así, con una tendencia a la despolitización de las identidades ciudadanas o, por plantearlo desde la perspectiva inversa, con una politización de ciertas esferas de la vida social. La debilidad de la ciudadanía nacional y de las formas tradicionales de la pertenencia cívica tendría un cierto contrapeso debido a la difusión de sentimientos de un nosotros común entre los jóvenes, construido a través de ciertas formas de consumo y de ocio compartidas.

Al mismo tiempo, se habla del aumento del peso de algunas formas tradicionales de identificación colectiva entre los jóvenes europeos. Nos estamos refiriendo a trabajos que destacan la creciente presencia de identidades étnicas o religiosas entre éstos (Tietze, 2002; Hussain y Begguley, 2005). Unas identidades que, aparentemente, habían sido puestas en un segundo plano por las generaciones adultas y que, en algunos casos, están en la base de nuevas formas de activismo político. Una de las cuestiones sometida en estos momentos a debate es en qué medida este tipo de identidades pueden llegar a formar parte de una concepción democrática de la ciudadanía.

Todos estos fenómenos se producirían paralelamente a una creciente vaguedad de la identificación con los modelos tradicionales de la ciudadanía nacional. Las formas concretas de este “desanclaje” entre las nuevas generaciones europeas, además de estar insertas en la crisis general del “modelo tradicional de la ciudadanía” (Turner, 2001), son deudoras de las culturas políticas nacionales y de la solidez de las bases de la “construcción imaginada” de cada Estado nación. En el caso español, por ejemplo, donde son bien conocidos los problemas de identidad nacional colectiva que se arrastran desde hace mucho tiempo, la mayor parte de los jóvenes no es capaz de expresar sentimientos de pertenencia nacional claros, apoyándose en elementos de identificación precisos. Necesitan la referencia al “otro”, en este caso el inmigrante, para dar sentido a su identidad nacional. Muchos jóvenes se reconocen ciudadanos españoles solamente por oposición a aquellos que no lo son, los inmigrantes (Morán y Benedicto, 2003; Morán, 2003).

Esta ambigüedad de la ciudadanía nacional se completa con la inclusión de los ámbitos locales, regionales y supranacionales como marcos de identidades ciudadanas no mutuamente excluyentes. A este respecto, es necesario hacer dos precisiones. En primer lugar, los jóvenes en Europa otorgan un especial significado al ámbito local como lugar de construcción y puesta en práctica de su “nosotros común”. De hecho, los espacios más cercanos —los que comparten con la familia, los compañeros de la escuela y, sobre todo, los amigos— ocupan un puesto destacado en tanto que escenarios donde formar sus identidades ciudadanas. Este peso de la proximidad es muy fuerte en las primeras etapas de la juventud pero, a medida que van convirtiéndose en jóvenes-adultos, se produce una ampliación de los marcos espaciales de referencia de la ciudadanía, y surgen entonces las formalizaciones más o menos difusas de la identidad nacional. La expansión de sus experiencias de vida a través de los viajes, las primeras experiencias laborales, el abandono temporal del domicilio familiar por los estudios, o incluso el derecho al voto están, sin duda, entre los principales factores que explican esta ampliación de los horizontes de la ciudadanía.

En segundo lugar, la extensión de los espacios en los que los jóvenes europeos viven cotidianamente, y su interés e implicación por temas que desbordan las fronteras de los Estados nacionales no se traduce necesariamente en un claro crecimiento de los sentimientos de ciudadanía global. Aunque desdibujada y muchas veces despolitizada, la pertenencia ciudadana se sigue formulando preferentemente en términos nacionales, lo que revela, entre otras cosas, las considerables dificultades para la constitución de una “sociedad civil global”. No obstante, se aprecian síntomas de un proceso de cambio que está todavía en sus inicios. Así, por ejemplo, los jóvenes que forman parte de movimientos u organizaciones implicadas en actividades de carácter transnacional utilizan muy a menudo el discurso y las representaciones de la ciudadanía global o cosmopolita para hablar de sí mismos. En este mismo sentido, cabe interpretar el difundido interés entre la juventud europea por los temas ecológicos —formulados incluso en forma de derechos— , que podría considerarse como el germen de la constitución de una ciudadanía ecológica, que inevitablemente rebasa las fronteras de las identidades nacionales (Dobson, 2006).

Estas tendencias generales que se atisban en el horizonte europeo adoptan configuraciones específicas según los diferentes contextos sociopolíticos. Nuevamente utilizaremos el caso español como ejemplo de la importancia de los factores históricos, culturales e institucionales para comprender las representaciones sobre la política y la ciudadanía predominantes entre los jóvenes. Y es que el modo en que los jóvenes españoles conciben su pertenencia e implicación cívicas no puede entenderse sin referirse a la particular construcción histórica de la ciudadanía en España y a sus culturas políticas. Los historiadores nos han ilustrado sobre las dificultades para la construcción de una identidad nacional española capaz de generar sentimientos patrióticos y símbolos de pertenencia comunes (Álvarez Junco, 2001; Pérez Ledesma, 2007). A todo ello, hay que unir la influencia de la transición política española sobre el desarrollo de un sistema político bastante restrictivo, que no fomenta la participación política de los ciudadanos. Como ha sido puesto de manifiesto en varias ocasiones (Benedicto, 2006), el consenso entre las elites favoreció la construcción de un sistema político hegemonizado por los partidos políticos que deja muy pocos resquicios para la implicación ciudadana, más allá de la participación política más institucionalizada. El aumento del asociacionismo cívico a partir de los años noventa del pasado siglo sólo ha logrado cambiar parcialmente este rasgo de nuestra vida pública, lo que se deja traslucir en la debilidad de la dimensión participativa de las culturas políticas de los españoles, y en concreto de los más jóvenes.

Todos los estudios e investigaciones disponibles (Morán y Benedicto, 1995) coinciden en que, desde finales de los años setenta, los principales rasgos de las culturas políticas de los españoles son sustancialmente comparables a los de los países de la “vieja Europa”. En concreto, destaca la alta y persistente legitimidad atribuida al sistema democrático, incluso en periodos de crisis económica o en momentos de aumento de las tensiones vinculadas con la construcción del Estado del bienestar o con ciertas reivindicaciones nacionalistas. Al mismo tiempo, los españoles comparten con buena parte de los europeos una creciente desafección política que se refleja en bajos niveles de interés por la política, en una escasa identificación con los partidos políticos y en un débil reconocimiento de la efectividad del sistema político para resolver los principales problemas nacionales. Aún así, es la debilidad de la implicación cívica el rasgo que diferencia más la cultura política de los españoles de la de sus vecinos europeos. En particular, los niveles de afiliación partidista y de asociacionismo son mucho más bajos en España. No obstante, la participación electoral ha sido siempre comparativamente moderada o incluso elevada, por lo que la debilidad del asociacionismo no se ha considerado nunca como un problema político relevante, ni tampoco como síntoma de una supuesta crisis de legitimidad del sistema democrático.

Si nos detenemos ahora un momento a considerar las culturas políticas de los jóvenes en España, el rasgo más sobresaliente es, precisamente, que a lo largo de todo el periodo democrático no han existido diferencias notables con las de los adultos. Como hemos visto ya, las grandes discrepancias entre ambos aparecen en las prácticas reales de participación. Aunque pueda parecer sorprendente dada la popularidad del discurso sobre el “pasotismo” de los jóvenes, cuando se considera su interés por la política, su confianza en las instituciones o la satisfacción con la democracia, las divergencias con los demás grupos de edad no son significativas (Ferrer, 2006).

Los resultados de nuestras investigaciones nos permiten profundizar algo más sobre los significados que los jóvenes españoles asocian a la ciudadanía (Morán y Benedicto, 2003). Para empezar, el hecho de expresar un escaso interés por los asuntos políticos no impide que los jóvenes posean unos niveles de competencia política elevados, entendiendo ésta última como aquel conjunto de capacidades que les permiten considerar la vida pública como algo comprensible. De hecho, sus cotas de información política son notables y manejan con facilidad un vocabulario político bastante especializado. No obstante —posiblemente también al igual que los adultos y en la línea de los jóvenes en Europa— su concepción de la ciudadanía es difusa y, sobre todo, despolitizada. No sólo dan por descontada la existencia de una identidad ciudadana común, sino que la combinan con una difuminación de sus fronteras espaciales y con un sentimiento de extrañamiento de la comunidad de pertenencia. Posiblemente este es el rasgo más característico de los jóvenes españoles.

El acceso a la ciudadanía, y por tanto la posibilidad de convertirse en actor de la esfera pública, se entiende como un proceso inevitable, asociado a la vida adulta y a las responsabilidades que ésta conlleva. Por lo tanto, “todos, antes o después, acabaremos convirtiéndonos en ciudadanos plenos”, en la medida en que la ciudadanía se confunde con un desarrollo natural de la integración social (Morán, 2008). Pero, puesto que muchos jóvenes asumen que su identidad común pasa por distanciarse del mundo adulto, retrasando en muchos casos de forma voluntaria su incorporación al mismo, la ciudadanía aparece como algo ajeno a su vida cotidiana. Por ello, a muchos jóvenes les es muy difícil representarse a sí mismos como sujetos activos en la construcción de su propia condición cívica. En buena medida, la integración en el mundo adulto se considera como un proceso sobre el que no tienen nada que decir, sobre el que apenas pueden ejercer ninguna influencia, aunque se conciba como una adaptación individual.

Al igual que los jóvenes europeos en su conjunto, los jóvenes españoles también tienen muchas dificultades para formular un discurso estrictamente político de la condición ciudadana. Incluso aquéllos que tienen experiencias de activismo significativas, no parecen ser capaces de representarse un espacio político en el que articular diferentes visiones de la ciudadanía. Los valores que se asocian a ésta son simplemente los de la civilidad y la urbanidad, que facilitan la vida en común. El ciudadano ideal es, por consiguiente, la persona que cumple con los estilos de vida predominantes en la comunidad, aquéllos que se consideran legítimos y que definen la vida en común. Una concepción extremadamente homogénea de los valores y normas de la ciudadanía que, sorprendentemente, deja poco espacio para la expresión de las diferencias y de los disensos. Al menos en el caso español, este hecho se concreta en una insistencia casi machacona en las virtudes de la igualdad entre los ciudadanos. En los discursos de los jóvenes —y probablemente también en los de los adultos— no aparecen modelos de ciudadanía alternativos que incluyan la diversidad, el desacuerdo o el derecho a la diferencia.

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Notas:

  • [1]. Las actividades de esta red pueden consultarse en:http://www.iris-egris.de/egris/.
  • [2]. Toda la información sobre el desarrollo de este proyecto puede consultarse en:http://www.up2youth.org/home/.
  • [3]. En sentido estricto, la relación entre edad y este tipo de participación política adopta una forma curvilínea. Aumenta progresivamente a medida que los jóvenes se van haciendo adultos, alcanza su máximo en la edad adulta (35-60 años) y, a partir de ese momento, disminuye en los grupos de la tercera edad. Con algunas pequeñas diferencias según los países, ésta es la pauta que define la participación política convencional de los sistemas democráticos en las “sociedades avanzadas”.
  • [4]. Existe otra tercera explicación de la relación entre edad y participación, denominada “efecto del periodo”. Puesto que es marginal para nuestro argumento, simplemente diremos que afirma que ciertos acontecimientos históricos muy
  • [5]. La investigación financiada por la Comisión Europea se denomina: “EUYOUPART Political Participation of Young People in Europe - Development of Indicators for Comparative Research in the European Union”. Una extensa
  • [6]. Véase en la website del proyecto “Comparative report on qualitative research findings”.

Pensamiento Iberoamericano

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