TAMAÑO LETRA
Resumen: Sobre la base de la Encuesta Mexicana de Juventud de 2005 y referencias complementarias se examinan tendencias de la juventud mexicana y latinoamericana. La evidencia no permite seguir pensando a los jóvenes en función de su preparación para el futuro, dado el protagonismo y la especificidad de la vida juvenil hoy: las maneras en que se organizan los artistas jóvenes para producir y comunicar lo que hacen, las formas en que los jóvenes desplazados se reinstalan en sociedades extrañas a su formación familiar, las nuevas maneras de consumir y producir que tiene la juventud. La heterogeneidad de la generación hace difícil las generalizaciones. Los jóvenes no confían en los actores políticos, no se proyectan mucho hacia el futuro, navegan por la informalidad tanto en el trabajo como en la apropiación de bienes de consumo. En la dialéctica dependencia-emancipación, si antes los jóvenes se centraban en el trabajo, el estudio y el matrimonio, hoy intervienen nuevos procesos donde la conectividad y el consumo toman la posta. Diferenciación, fragmentación y transgresión coinciden en la condición de los jóvenes, cada vez más flexibles para organizarse y construir estrategias de vida.
Palabras clave: juventud latinoamericana, encuesta de juventud, flexibilidad juvenil, nuevas emancipaciones juveniles, desintegración juvenil, estrategias de vida juveniles
Abstract: Based on data processing from the last Mexican Youth Survey 2005 and complementary sources, the article examines emerging tendencies among Mexican and Latin American youth. Protagonism and specificity in youth present life does not allow to keep thinking about youngsters as a generation preparing for the future. Such new tendencies are everywhere: in the ways in which young artists organize to produce and communicate what they do, the forms in which displacedyoung population manage to re-install in environments that differ from their family origin, the new consumption and production patterns that young people have. Heterogeneity among youngsters makes it hard to generalize, but it may be said broadly that youngsters in Latin America and in Mexico do not trust political actors, do not concentrate on the future, sail in informality both at work and in new forms of consumption. Regarding dependency and emancipation, youngsters do not only see the latter in labour, study and marriage, but also and strongly in connectivity and ways of consuming. Differentiation, fragmentation and transgression converge in youth situation, while youngsters appear to be progressively flexible in organizing and building up life strategies.
Keywords: latin American youth, youth survey, youth flexibility, new youth emancipations, youth disintegration, youth life strategies
Resumo: Sobre a base da Pesquisa Mexicana de Juventude de 2005 e referências complementares examinam-se tendências da juventude mexicana e latino-americana. A evidência não permite continuar pensando os jovens em função da sua preparação para o futuro, dado o protagonismo e a especificidade da vida da juventude de hoje: as formas em que se organizam os artistas jovens para produzir e comunicar o que fazem, as formas em que os jovens deslocados reinstalam-se em sociedades estranhas a de sua formação familiar, as novas formas de consumir e produzir que tem a juventude. A heterogeneidade da geração faz difícil a generalização. Os jovens no confiam nos atores políticos, náo se projetam muito para o futuro, navegam na informalidade tanto no trabalho como na apropriação de bens de consumo. Na dialética dependência-emancipação, se antes os jovens centravam-se no trabalho, no estudo e no matrimonio, hoje operam novos processos onde a conectividade e o consumo adquirem a dianteira. Diferenciação, fragmentação e transgressão coincidem na condição dos jovens, cada vez mais flexíveis para se organizar e construir estratégias de vida.
Palavras clave: juventude latino-americana, pesquisa de juventude, flexibilidade juvenil, novas emancipações juvenis, desintegração juvenil, estratégias de vida juvenis.
Nunca fue convincente la frase que sostenía: los jóvenes son el futuro. Ahora muchos están en los carriles centrales de la vida contemporánea. Cada vez más jóvenes son gerentes de industrias, crean empresas innovadoras en áreas estratégicas (informática, servicios digitalizados y entretenimientos audiovisuales). En las nuevas generaciones se concentra el mayor n ú m e r o de consumidores de música, videos y tecnologías avanzadas, los que atienden al público en los negocios más dinámicos, los jefes de bandas de narcotráfico y redes de piratería, quienes nutren las imágenes de la moda, el arte y la publicidad: las iconografías mediáticas.
Pero los jóvenes también son protagonistas del presente porque aportan los mayores porcentajes a las estadísticas del desempleo y el empleo informal, a las caravanas de migrantes, a las estadísticas de la muerte violenta como soldados, sicarios o simples víctimas de la violencia urbana. En estos casos, los jóvenes son el presente no sólo en el sentido de que no hay que esperar al porvenir para que se realicen, sino porque tienen poco futuro. "El futuro es tan incierto que es mejor vivir al día" fue la frase preferida por más de la mitad de los entrevistados, en la Encuesta Nacional de Juventud realizada en México en 2005.
Los cambios en la experiencia de la temporalidad, que se manifiestan en los sentimientos y las conductas de las nuevas generaciones, no sólo volvieron anacrónica la fórmula que remitía a los jóvenes al territorio del futuro. Hacen repensar qué queda de lo que llamábamos modernidad. A partir de la Ilustración y hasta hace pocas décadas, la modernidad se caracterizó como un proceso histórico más o menos evolutivo: de la economía campesina a la industrial, de lo rural a lo urbano. Se imaginaba una expansión incesante de la sociedad, así como la emancipación de las mayorías mediante el avance del conocimiento científico, la educación generalizada y la democratización de la política que ampliaría la participación social.
Esta concepción evolucionista fue criticada por el pensamiento y el arte postmodernos, y sobre todo fue desafiada por un proceso globalizador que acentuó la interdependencia entre sociedades de mayor y menor desarrollo sin modificar las diferencias y a veces agrandando las desigualdades. Después de las consecuencias poco celebrables que tuvo la (necesaria) caída del muro de Berlín, después de las guerras insensatas y perdidas en Afganistán e Irak, o de los efectos contradictorios que muestran los tratados de libre comercio ¿quién podría decir a los jóvenes que son el futuro, como quien afirma que lo mejor está por venir?
Nuevos modos de trabajar y consumir
La aspiración a una convergencia de la humanidad en una modernización compartida se construyó en la época en que prevalecían los Estados nacionales. Se atribuyó a los poderes públicos de cada país la responsabilidad de democratizar los bienes, equilibrar las desigualdades y buscar la cohesión social. Desde el siglo XIX, y sobre todo en el XX, se imaginó que los desarrollos nacionales podrían asociarse a un crecimiento armónico de la humanidad: algunos confiaron esta utopía a la internacionalización de la educación, otros al proletariado o a la expansión de la ciencia y la industria. Siempre el pasaje del pasado al futuro pasaba por decisiones políticas basadas en algún tipo de poder público. La globalización tecnológica y económica, menos orientada por la ciencia que por la voracidad lucrativa, trazó otro recorrido, en el que los Estados nacionales perdieron poder y el bienestar social mayoritario se diluyó en las agendas. La política cedió su lugar a la economía, y ésta se reorganizó en función de la especulación financiera. No es casual que uno de los pocos campos donde la gente de edad avanzada sigue prevaleciendo sea la política.
Los estudios sobre jóvenes muestran, en varios países de América Latina, que los políticos están entre los actores sociales con peor valoración. En la Encuesta Mexicana antes citada, la mitad de los jóvenes entre doce y veinticuatro años no simpatiza con ningún partido. Cuando se les preguntó para qué sirve la democracia, apenas un 15% dijo que para resolver injusticias, frente a casi 50% que sólo la ve útil para algo que muchos consideran sólo formal: elegir a los gobernantes.
Si la política es el campo donde se deciden colectivamente los asuntos públicos con vista a construir un futuro mejor, podemos suponer que existe una articulación lógica entre la instalación en un presente sin perspectiva histórica y el desinterés por lo político. Esta conexión es reforzada por los datos sobre las condiciones de vida de las nuevas generaciones: los trabajos que consiguen los jóvenes son cada vez más precarios, en muchas empresas aprenden rápido que la exigencia de "flexibilidad laboral" está ligada no tanto a las políticas de producción y las necesidades sociales, sino a los juegos inestables de la especulación financiera internacional. La situación extrema es la de los centenares de miles de jóvenes que no encuentran empleos durables o adecuados a su calificación y deben optar por la migración. Entre los universitarios muchos lo comprueban al tener que trabajar en actividades distintas de aquellas para las cuales se capacitaron o al decepcionarse al punto de dejar su país. En niveles más bajos, lo vemos en la deserción escolar debida a la urgencia por trabajar desde pequeños y a la extendida percepción de que la educación no garantiza empleo ni estabilidad. En México el 71,8% de los jóvenes no contaron con un contrato en su primer empleo; y en los hogares de bajo nivel económico, un 95%.
Sigamos con otros datos de la Encuesta Mexicana de Jóvenes. Las dificultades para incorporarse al mercado laboral, la fragilidad de los empleos y la deserción escolar conducen a la desesperanza respecto de lo que puede obtenerse de la esfera pública regida por leyes. Los jóvenes consiguen trabajar "por un amigo" (31,6%), porque un familiar los contrata o les consigue dónde hacerlo (37,1%). En el campo, el autoempleo familiar es la principal vía para alcanzar ingresos; en las ciudades, la intermediación de un pariente o un conocido.
En las prácticas de consumo, encontramos también un panorama en el que prevalecen los recursos informales de la vida social. Cuando los jóvenes compran música, ropa y películas acuden a vías ilegales, o al menos no incluidas en la organización "oficial" de la sociedad. Los mercados populares y los puestos de venta pirata proveen los bienes necesarios o deseados en porcentajes más altos que las tiendas formales y los centros comerciales. El avance de la piratería es mundial, pero los países latinoamericanos no ocupan una posición discreta: México es el tercer mercado de películas copiadas ilegalmente (después de China y Rusia), abarcando el 90% del material circulante en el país. En música, está entre los veinte países con mayor índice de consumo ilegal: se bajan 615 millones de canciones al año.
La publicidad sigue incitando a ser modernos tanto en el modo de vestirse y de expresar los afectos como en la apropiación de las novedades tecnológicas. Pero modernidad connota más un repertorio de manifestaciones simbólicas y comunicacionales que estructuras durables de organización social y proyectos colectivos de cambio. Es interesante que los registros de comportamientos o interacciones entre jóvenes, entre jóvenes y adultos, y entre hombres y mujeres muestren concepciones más igualitarias. Por ejemplo, la mayoría de los jóvenes mexicanos elige el método anticonceptivo en acuerdo con su pareja (57,6%) y dispone de información sobre enfermedades sexuales. Los varones muestran alto reconocimiento de los derechos de las mujeres y rechazan la violencia hacia ellas, sobre todo los más jóvenes (12-14 años): pero al mismo tiempo, cuando se les pregunta cómo encaran las violaciones, proponen hacer justicia por la propia mano, lo cual indica una deslegitimación de los organismos públicos. Modernización de las costumbres y los derechos, y al mismo tiempo desconfianza hacia las ineficientes instituciones representativas de la modernidad.
Uno de los signos que suele asociarse a la modernización es el uso de medios tecnológicos avanzados. La computadora, internet, el celular, el Mp3 y los videojuegos están incorporados a los hábitos del 50% de los jóvenes populares, llegando alrededor del 80% en los sectores medios y altos. Los jóvenes con menos recursos económicos también están familiarizados con las tecnologías digitales a través de los cibercafés, la escuela y la sociabilidad generacional. Quienes dicen que saben usar los medios informáticos son más del doble de los que los tienen: aunque sólo el 32,2% de los hombres posee computadora, dicen manejarla un 74%; esta relación en las mujeres es del 34,7% y del 65,1% respectivamente; cuentan con internet en casa el 23,6% de los varones, en tanto que el 65,6% lo utiliza, y en las mujeres la distancia es mayor: el 16,8% y el 55,9% en este caso.
Por tanto, el acceso es menos desigual que la posesión del equipamiento tecnológico. No obstante, las investigaciones sobre los comportamientos culturales del sector más capacitado -los estudiantes universitarios- revelan que tener en casa computadora e internet favorece una utilización más fluida e intensiva. La desigualdad no depende únicamente del acceso familiar y constante, sino del capital cultural proporcionado por la familia y la escuela según el nivel económico. El equipamiento propio está ligado a destrezas y conocimientos (manejo tecnológico y del inglés) necesarios para emplear de forma más productiva y diversificada tales recursos (De Garay, 2003).
También se correlaciona con la sociabilidad: en su estudio sobre los comportamientos de los estudiantes en la red, Rosalía Winocur resume así la argumentación de los jóvenes ante sus padres: "Si no tengo la computadora no sólo no voy a gozar de sus ventajas sino que voy a quedar fuera de lo que socialmente se ha vuelto significativo en términos de acceso al conocimiento, prestigio, placer, visibilidad, competitividad, reducción de complejidad y oportunidades de desarrollo" (Winocur, 2005).
En las anteriores etapas de modernización, la escuela y la calificación profesional eran factores decisivos para insertarse en el mercado laboral, avanzar hacia mejores posiciones, salarios y prestigio. En lugar de esos recursos ahora cuentan más los contactos familiares y de personas conocidas, el manejo fluido de muchas tecnologías y la sociabilidad generacional. De todas maneras, todo esto está al servicio de desempeños laborales inseguros, sin contratos y con expectativas muy desiguales de desarrollo.
Emancipación y dependencias
También en el consumo y en los intercambios sociales las condiciones cambiaron. Si con la expansión de aparatos audiovisuales y electrónicos la vida cotidiana, la información y la formación de los jóvenes se hace más horas por día ante pantallas (TV, computadora, iPod, celular, videojuegos y reproductores de DVD portátiles) que ante libros y revistas, y con frecuencia durante más tiempo que el dedicado a la escuela y a las interacciones personales, la brecha entre quienes poseen o no esas máquinas, y quienes las tienen en sus casas o deben usarlas fuera ocasionalmente, se vuelve decisiva en la distancia entre clases y estratos sociales.
La distinción socioeconómica y cultural entre los jóvenes ya no se organiza sólo por referencia al capital familiar (calidad de la vivienda y barrio donde viven). En los sectores medios y altos, el universo cultural de los adolescentes y jóvenes ha pasado del comedor o la sala a la habitación personal. Como observa Roxana Morduchowicz, se transformaron los vínculos familiares y la propiedad de los medios: dejaron de ser "de la familia" y pasaron a ser el televisor o el teléfono móvil "del hijo mayor", "del hijo menor", "de la hija", "de la madre" o "del padre". Dado que esta posesión personalizada, cuando se trata de aparatos portátiles (móviles, discman, iPod), permite trasladar los signos de distinción a las interacciones públicas o entre amigos, el equipamiento individual se vuelve un recurso de acceso personalizado a la información y el entretenimiento, y un marcador de clase que cada uno lleva consigo a múltiples escenarios.
También se reestructuran los modos de diferenciarse entre generaciones de distintos niveles sociales, y entre hombres y mujeres. Tres datos: el 80% de la población mexicana vive sin internet y, del total de cibernautas, el 50% son hombres, y de ese universo, la mitad tiene entre diecinueve y treinta y cuatro años. Es este sector de jóvenes de clases media y alta el que goza de mayor autonomía personal, accesos intensos y flexibles a información y entretenimiento más diversificado, interactividad mediática y posibilidad de independizarse de los mayores. Leí en una investigación española: "Hace veinte años los padres controlaban el 90% del ocio de sus hijos, ahora no saben qué hacen la mayor parte del tiempo" (Gómez y Abril, 2006). Quizá las tecnologías de uso personalizado sean hoy el principal resorte emancipador de los jóvenes.
Antes los jóvenes se emancipaban a través del trabajo, el estudio y el matrimonio. Ahora, las vías preferentes son la conectividad y el consumo. Estos nuevos medios de independización de la familia no sustituyen generalizadamente a los anteriores; con frecuencia, se articulan con ellos, y anticipan, desde la primera adolescencia, un horizonte ajeno a los padres. También crean, en un mundo más vasto y desigual, donde se multiplican las sujeciones, nuevas dependencias: desde las adicciones (a las tecnologías comunicacionales, a las drogas), a la satisfacción informal o ilegal de las necesidades, que no pocas veces implican someterse a redes y autoridades mafiosas.
Hemos sugerido que en los cambios de comportamientos de los jóvenes se manifiesta una reorganización radical de lo que veníamos entendiendo por modernidad. Las nuevas generaciones muestran, exacerbadas, las tendencias de las sociedades actuales: aumento de la información y de las interacciones con baja integración social, aceleración de los cambios con empobrecimiento de las perspectivas históricas respecto del pasado y el futuro, combinación contradictoria de recursos formales e informales para satisfacer necesidades y deseos a escala individual o grupal. Es coherente con estas condiciones que disminuya el papel de la institucionalidad que organizó la primera modernidad -las escuelas, los partidos políticos, la organización legal y la continuidad del espacio público- en beneficio de los arreglos transitorios, la apropiación flexible de recursos heterogéneos en el mercado laboral y en los consumos. Las decisiones más importantes -elección de trabajo, de pareja, de lugar de residencia, de gobernantes- se toman valorando más la satisfacción momentánea o las expectativas a corto plazo que la estabilidad y el orden.
No se trata de un proceso lineal de sustitución de un paradigma de modernidad por otro. Como acabamos de ver, para la supervivencia y el bienestar cuentan las nuevas redes sociales y también las antiguas o tradicionales, como la familia.
No es fácil estimar en qué grado la institución familiar funciona para los jóvenes como sustituto o compensación de las estructuras macrosociales deterioradas. En muchos países abundan las evidencias de autoritarismo y desintegración creciente de la vida familiar. El empeoramiento de las condiciones de trabajo y subsistencia se correlaciona, a veces, con la perdida de cohesión (divorcios, separaciones, madres solas como jefas de familia). Sin embargo, la institución familiar sigue apareciendo como referente central, recurso de ayuda clave y con una alta valoración simbólica: la familia es la institución mejor evaluada por los jóvenes mexicanos (46,8%), notoriamente por encima de la escuela (25,7%) o la pareja (23,1%). Es posible inferir que estos méritos se deben a su mayor capacidad de dar pertenencia e integración que otros contenedores sociales, como la escuela y el lugar de trabajo.
También en la concepción y las transformaciones de la familia advertimos cambios de los patrones predominantes en siglos pasados. No encontramos ya generalizada la familia nuclear moderna fundada en el matrimonio como expresión del libre consentimiento y el amor romántico, que forma a los hijos hasta que lleguen a la mayoría de edad y se independicen. A veces nos encontramos familias con un solo jefe, generalmente la madre. En otros casos, aparece la familia extensa, con múltiples entradas y salidas de los hijos, según consigan o pierdan trabajos, se separen, tengan hijos y cuenten o no con recursos para atenderlos. También es frecuente el caso de la familia como unidad afectiva, habitacional o económica, con aportes del marido proveedor, o de ambos padres e hijos según vayan obteniendo recursos en ocupaciones inestables. O la familia disgregada en dos países, una parte en México, Colombia, El Salvador o Ecuador, y otra en España o Estados Unidos, desde donde los migrantes envían remesas a sus parientes en los países de origen. Ante tantos formatos y transformaciones, no podemos afirmar simplemente que la familia es una institución tradicional. Permanece como referente y recurso para las nuevas generaciones, remodelándose en relación con condiciones nuevas.
Asimismo, la modernidad ofrecida a los jóvenes por nuestras sociedades implica una aguda vulnerabilidad, como lo señala José Manuel Valenzuela. A las condiciones difíciles de acceso al mercado laboral y precarias en su desempeño, se agregan los deficientes servicios de salud o su inexistencia por tener que trabajar sin contratos formales; los riesgos de la migración; la inseguridad o la violencia y represión dirigidas a menudo a los jóvenes, por todo lo cual el 13,9% de los entrevistados en la Encuesta de México estarían dispuestos a irse del país. Esta indefensión es, probablemente, otra explicación de la importancia adquirida por la familia, las redes de amigos y la búsqueda informal de recursos de supervivencia y satisfacción. También podría ayudar a entender que los jóvenes coloquen la muerte y el "no tener salud" entre sus principales temores, así como los elevados porcentajes de creencias en milagros, amuletos, demonios y horóscopos.
De la rebeldía a la desintegración
La modernidad, en su primera versión surgida a partir de la Ilustración y el desarrollo industrial, se postulaba como un orden. No sólo entendido como un ordenamiento de las sociedades, sino basado, como dijimos, en los avances científicos y una racionalidad liberada de mitos. La propia secularización de la organización social y de las prácticas personales favoreció disidencias. En las franjas más jóvenes contribuyó a legitimar la rebeldía y la innovación. Pero así como mencionamos que la primera modernidad aspiraba a democratizar los mismos bienes para todos y cohesionar a las sociedades pese a las desigualdades, los quiebres entre adultos y jóvenes eran pensados como la renovación de una sociedad que finalmente, a largo plazo, aparecía con continuidad.
Una diferencia de la modernidad reciente, que podríamos llamar informal y globalizada, es la multiplicación de fracturas inconciliables. O modos de vida paralelos. Señalé antes que se está pasando de la propiedad compartida de bienes en la familia a la posesión del televisor y el móvil del padre, del hijo, de la hija: es interesante que esta separación de usos y comportamientos se acentúe aun en familias en las que las condiciones económicas, por ejemplo la dificultad de conseguir trabajo, prolongan la convivencia de los hijos con los padres en la misma casa más allá de los veinticinco o los treinta años. Las limitaciones estructurales a la autonomización de los jóvenes no impiden que éstos tengan redes de amigos, lugares de consumo y hábitos nítidamente diferenciados de los padres, o que éstos desconocen.
En los consumos de música, ropa y entretenimientos, la baja integración, o la franca desintegración, se manifiestan a menudo como enfrentamiento o transgresión. Grafittis, tatuajes, volumen alto e invasivo de la música, incluso agresiones directas: estos comportamientos se interpretan, a veces, como ocupaciones de territorios diferenciados (barrios, antros) y también como puestas en escena desafiantes del rechazo a las pretensiones de un ordenamiento social que los deja fuera. Los actos tumultuosos o chabacanos, que ciertos adultos perciben como ostentaciones de "mal gusto", pueden ser interpretados, más que como rebeldía, como teatralización radical de la búsqueda de diferencia y de la desintegración. Lo vemos en la música y en los recitales violentos, que excluyen a generaciones mayores, así como en la escritura de los jóvenes, los chateos, los correos electrónicos sin puntuación, sin mayúsculas, con palabras abreviadas; una escritura que trasgrede violentamente todo orden gramatical y a veces también comunicacional, porque en ocasiones busca el hermetismo, como lo hace el grafitti desde mucho antes. Pero el grafitti era más marginal y minoritario. La transgresión lingüística en internet está extendida a todas las clases sociales y aparece como un rasgo de diferenciación generacional, probablemente en correspondencia con la menor eficacia de la educación.
Una distancia significativa entre las generaciones se produce entre los adultos que aún confían en las instancias públicas, aunque las critiquen, y la flexibilidad con que vastos sectores juveniles se apropian de bienes y recursos de procedencias diversas, incluso contradictorias para la ética y los hábitos de los mayores. En los países en los que existen instituciones estatales dedicadas a la juventud y programas de apoyo gubernamental a estudiantes o artistas, es notable el desencuentro entre las políticas oficiales y los comportamientos de los jóvenes. Por un lado, las acciones gubernamentales que quieren ocuparse de la juventud -casi siempre en general-, tratan de proveer lo que el mercado laboral no ofrece, lo que la familia desatiende o la escuela deja de dar; por otra parte, hallamos que los jóvenes no se sienten tan descontentos con los desórdenes sociales o las relaciones poco estructuradas como con los gobiernos y los institutos para la juventud.
Una característica de las nuevas generaciones que sorprende a las anteriores es la enorme flexibilidad que manifiestan para apropiarse de los bienes más heterogéneos. Estoy pensando no sólo en sectores populares sino también en artistas. Algunos estudios que estamos empezando a hacer sobre transformaciones del campo artístico en México ponen en evidencia que los grupos musicales, los artistas plásticos, los video-artistas se presentan en todas las ventanillas. Si hay becas del Estado, las piden; si Televisa o las fundaciones de empresas privadas ofrecen algún tipo de favores, también los toman; y algunos pueden llegar hasta los financiamientos culturales originados en el narcotráfico, con cierta despreocupación acerca del origen de los fondos, las consecuencias o la coherencia que hay entre los distintos recursos que utilizan. Experiencias semejantes ocurren en Brasil, Colombia y otros países. Algunas preguntas que las generaciones precedentes se hacían sobre estos temas han desaparecido del horizonte. Vemos una notable versatilidad para moverse ante un repertorio de recursos escasos pero muy diversos, con preocupaciones acerca de la supervivencia y el desarrollo social distintas de las que uno encontraba en los artistas de hace veinte años.
Si bien el panorama dibujado en las páginas precedentes señala algunas diferencias entre jóvenes de clases y niveles educativos u ocupacionales diversos, describe tendencias generales que necesitan especificarse un poco más. Existen coincidencias mayores que en el pasado entre jóvenes de naciones y de clases diferentes: comparten el uso de teléfonos móviles, de recursos para conseguir trabajos no convencionales y consumir desprejuiciadamente ofertas legales y piratas, gustos musicales y de vestimenta. Pero aun los medios y los mensajes publicitarios que los interpelan en conjunto diferencian a unos sectores de otros.
Hace tres años, al finalizar una entrevista sobre estos temas, Sergio Chejfec me planteó una pregunta "aventurera": "Si estuvieras por iniciar un vasto programa de investigación sobre la juventud en el continente, ¿por dónde empezarías y en qué aspectos del fenómeno te detendrías en un primer momento?". Le respondí que, en primer lugar, dudaría mucho de una empresa de investigación de semejante escala debido a la vasta heterogeneidad. En cualquier país los jóvenes son una categoría difícil de aprehender. Si pasamos a una escala latinoamericana es complicado hallar reglas de comparabilidad. Pero optaría por suponer que hay ciertas zonas estratégicas de la llamada "condición juvenil" en las que estas tensiones radicales de las sociedades contemporáneas se manifiestan con más nitidez. Son las que venimos mencionando: la manera en que se organizan los artistas jóvenes para lograr producir y comunicar lo que hacen; las formas en que los jóvenes desplazados por migraciones y exilios, por persecuciones políticas o drogadicción, se reinstalan en sociedades extrañas a su formación familiar. Un caso extremo, pero no tan pequeño, es la situación de los jóvenes en las organizaciones de narcotraficantes.
Quizá al poner en relación esas situaciones diversas hallaríamos contrastes, no necesariamente comparaciones, y sobre todo un altísimo grado de divergencia en las trayectorias sociales de los jóvenes y en las expectativas de las sociedades respecto de la juventud. Si bien muchos autores, al analizar a América Latina en conjunto, han advertido sobre la diversidad de naciones, clases y etnias, en este momento necesitaríamos considerar mucho más la heterogeneidad y la discrepancia de itinerarios para entender por qué están ocurriendo los cambios y la exigencia de atenderlos con políticas distintas. A esta perspectiva conceptual corresponde una propuesta metodológica: si no es pertinente hablar de "identidades juveniles" en las culturas latinoamericanas o en una nación, ni hacer generalizaciones fáciles sobre comportamientos generacionales o estilos de vida, la primera tarea es prestar atención particular a las condiciones múltiples y conflictivas de diversos grupos de jóvenes en los procesos de cambio sociocultural. En una época de desintegración, serán más útiles que las concepciones macrosociales, como las que en el pasado postulaban modelos sobre el modo de producción o sobre grandes unidades de análisis -entre ellas la juventud-, concepciones abiertas sobre las redes y los actores-red, dicho a la manera de Bruno Latour. La pregunta clave, según este autor, no es cómo son los grupos sino cómo se agrupan, en qué procesos los actores forman redes, luego las deshacen y las recomponen de otro modo, cómo articulan conexiones diversas para lograr sus fines.
Es posible que esta estrategia de conocimiento sea más fecunda no sólo para comprender lo que sucede en los mundos juveniles, sino detectar las preguntas que generan acerca de cada sociedad. Finalmente, diría que los jóvenes son el núcleo de nuestro presente, y, especialmente en las naciones más cuestionadas por su incierto desarrollo, la escena clave para interrogarnos si tenemos futuro.
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http://www.pensamientoiberoamericano.org/articulos/3/75/0/los-jovenes-no-se-ven-como-el-futuro-seran-el-presente.html


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