Pensamiento Iberoamericano
Número 6

Retos y oportunidades ante la crisis

José Antonio Alonso y Alicia Bárcena

Universidad Complutense de Madrid y CEPAL

Número de páginas: 2

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Aunque sus primeros síntomas se dejaron sentir en el año previo, es en 2008 cuando finalmente se produjo la eclosión de la crisis económica que hoy sacude al sistema internacional. De forma inmediata, en otoño de aquel mismo año, los gobiernos tomaron conciencia del alcance y gravedad de la situación, a la que muy pronto calificaron como la más grave crisis de las vividas por la economía internacional desde 1929. La respuesta fue relativamente inmediata y con dosis de coordinación a las que no estaba acostumbrada la comunidad internacional. En ese mismo diciembre tenía lugar la primera de las cumbres del G-20 (la celebrada en Washington) para tratar de dar una respuesta coordinada a la crisis. A esa cumbre sucedieron hasta el momento otras dos, celebradas en Londres y Pittsburgh, a lo largo de 2009, que profundizaron en la respuesta que en el ámbito de las políticas y de las reformas regulatorias debieran ofrecerse a la crisis. Iniciada esta senda, nuevas reuniones del G-20 se anuncian para los siguientes meses, con objeto de mantener el impulso reformador del sistema financiero internacional y alentar el crecimiento de la economía mundial.

Entre los rasgos que singularizan a la presente crisis con respecto a las que jalonaron la década precedente, dos parecen especialmente sobresalientes. El primero es el alcance planetario de la crisis, que ha afectado –aunque con intensidades dispares– al conjunto del sistema internacional, sin que apenas hayan quedado economías libres del contagio. Se ponía así en cuestión aquella hipótesis que, en su momento, aludía al desacoplamiento (decoupling) de ciertos mercados emergentes, para enfatizar la autonomía de su comportamiento cíclico. Lo cierto es que todas las economías, incluidas aquellas que más rápidamente lograron recuperar su crecimiento –como China–, se vieron afectadas por la crisis. Se trata, por tanto, por su dimensión y alcance, de una crisis enteramente global, acaso la primera de la historia. El segundo rasgo alude al origen de la crisis, localizado en un segmento del mercado financiero de Estados Unidos, el mercado más desarrollado y sofisticado del mundo. También esto comporta una novedad respecto a episodios de inestabilidad previos, cuyo origen se situaba en economías emergentes del mundo en desarrollo. Por primera vez la responsabilidad de este episodio de inestabilidad es ajena al comportamiento de estos países.

Aunque su alcance es global, las formas de transmisión de la crisis han sido muy diferentes según los casos. Tras su eclosión en Estados Unidos, la crisis afectó de modo inmediato a los sistemas financieros de buena parte de los países europeos y de Japón. El efecto de esta sacudida financiera se tradujo en un colapso del mercado interbancario y en una sequía del crédito que terminó por afectar muy severamente a la economía real, generando las bases de una profunda depresión, de la que sólo ahora –casi dos años después– parece adivinarse el final. El canal de transmisión de la crisis, en el caso de los países desarrollados, fue, por tanto, fundamentalmente financiero. No sucedió lo mismo, sin embargo, en el caso de los países en desarrollo, que sufrieron los efectos de la crisis en ocasiones por vías distintas a la estrictamente financiera. Los canales más centrales de transmisión de los efectos aparecen asociados a la aguda contracción del comercio, que sufrió una caída más intensa que la experimentada a comienzos de los años treinta del pasado siglo. Una contracción que afecta tanto al intercambio de bienes como de servicios, en particular al turismo, que es una fuente de financiación relevante de una parte importante del mundo en desarrollo. Otra vía a través de la que se han transmitido los efectos de la crisis es la que deriva del enrarecimiento de las condiciones de empleo en los mercados laborales de los países desarrollados. El incremento muy agudo del desempleo supuso no sólo un freno de las corrientes migratorias –activadas durante la década previa–, sino también una contracción de las remesas que los emigrantes envían a sus familias. Aunque los efectos en este ámbito han sido muy dispares según los casos, en todos se aprecia un retroceso en los flujos de remesas. A estos factores se une la caída de otras fuentes de financiación, más acusadas en el caso de los flujos privados que en los de naturaleza pública (incluida la ayuda internacional que hasta el momento no parece haber sido afectada por la crisis). En suma, no ha sido el canal financiero el preferente en la transmisión de los efectos de la crisis sobre los países en desarrollo, sino otras vías de conexión internacional, buena parte de ellas más cercanas a la economía real. Es este hecho el que explica que hayan sido aquellas economías más expuestas al entorno internacional y aquellas que arrastraban desequilibrios macroeconómicos previos las que en mayor medida han sentido los efectos de la crisis. Sin duda, ambas características se hacen especialmente presentes en el caso de los países de Europa del Este, principal región afectada por la crisis.

Desde su origen y hasta la actualidad, la crisis ha pasado por muy diversas etapas, demandando de los gobiernos respuestas cambiantes. La primera etapa estuvo asociada a los problemas en los mercados financieros que se derivan de la desvalorización de activos asociados al mercado inmobiliario y a los instrumentos financieros asociados. El limitado conocimiento acerca del grado de afectación de las instituciones financieras con activos tóxicos alimentó la desconfianza de los mercados y produjo una sequía del crédito muy aguda. Las autoridades respondieron con medidas excepcionales para evitar lo que se anunciaba como un posible derrumbe financiero, a través de la inyección de liquidez al sistema, del ofrecimiento de garantías a los depósitos, de respaldo de los activos e, incluso, de compra de esos activos bancarios.

El efecto de la crisis financiera se trasladó de forma inmediata a la economía real, en forma de una recesión aguda, que condujo las tasas de crecimiento de buena parte de las economías a signos negativos. Como consecuencia de la caída del producto, se dispararon las tasas de desempleo. De nuevo, las autoridades reaccionaron con medidas excepcionales de estímulo de la demanda, a través del apoyo al consumo, del respaldo a sectores estratégicos o de la reducción de los impuestos. Estas medidas condujeron a las economías occidentales a registrar agigantados déficit públicos, que superan registros históricos.

A mediados de 2009, ciertos síntomas parecían sugerir que el final de la crisis estaba cerca. No obstante, esos augurios no se cumplieron para buena parte de las economías, y muy especialmente para las europeas. Pese a que no parece que existiese decoupling en el origen de la crisis, sí parece que los ritmos son muy diferentes en la salida de la crisis. Buena parte de las economías emergentes, especialmente aquellas que arrastraban limitados desequilibrios, iniciaron el presente año con expectativas favorables de crecimiento.

Finalmente, la crisis entró en una nueva deriva a comienzos de mayo del presente año, como consecuencia de haber acentuado los riesgos soberanos asociados a los mayúsculos desequilibrios acumulados por algunas economías. En este caso, la región que en mayor medida ha sufrido la inquietud de los mercados ha sido Europa, muy particularmente la Unión Económica y Monetaria europea. Algunos de los países con mayores desequilibrios previos (como es el caso de Grecia, Portugal, Irlanda, España e Italia) están sufriendo las consecuencias de la desconfianza de los mercados, viéndose obligados a acometer severas operaciones de ajuste, con costes sociales, políticos e institucionales evidentes.

Pues bien, este número de Pensamiento Iberoamericano se orienta a explorar las causas, impactos y respuestas asociadas a la presente crisis, con especial atención a las regiones de América Latina y Europa. Dada la entidad de la crisis, no es extraño que el espectro de temas recorridos sea amplio, sea para analizar los factores determinantes de la crisis, sea para considerar las respuestas ofrecidas o aquellas que están por ofrecer para evitar que episodios tan destructivos de la vida económica de los países y del bienestar de las personas se puedan repetir en el futuro.

La relación de trabajos comienza con dos artículos de carácter general que intentan explorar las causas de la crisis, sus rasgos diferenciadores y las consecuencias que su tratamiento puede tener para la economía internacional. El primero de ellos está elaborado por José Luis Machinea, anterior Secretario Ejecutivo de la CEPAL y actual profesor de la Universidad Torcuato di Tella. En su exploración de las causas de la crisis Machinea se centra en la combinación de fallos de mercado y fallos de regulación que están detrás de este episodio de inestabilidad, aludiendo también a la inadecuada orientación de la política económica de Estados Unidos que propició la vigencia de un período tan prolongado de bajos tipos de interés. Aunque la presentación de factores explicativos de la crisis es plural, Machinea dedica una parte importante de su trabajo a enfatizar los efectos que se derivan de la excesiva confianza en las capacidades autorregulatorias de los mercados financieros, poniendo de relieve los fallos que caracterizan el comportamiento de estos mercados y la necesidad de ofrecer respuestas regulatorias adecuadas. A este aspecto más propositivo está dedicada la última parte de su trabajo.

El otro artículo de carácter introductorio es el que escribe Emilio Ontiveros, presidente de Analistas Financieros Internacionales y catedrático de Economía de la Empresa de la Universidad Autónoma de Madrid. Hasta cierto punto se trata de un trabajo complementario al de Machinea, en la medida en que centra su atención en los elementos distintivos de este grave episodio de inestabilidad y profundiza en los rasgos que tendrán los mercados financieros y las políticas económicas de los países tras la salida de la crisis. De algún modo, en la base de su planteamiento está la idea de que el mundo que salga de la crisis será, en buena medida, distinto al mundo que hemos conocido con anterioridad. Esto afecta no sólo a los mercados financieros y a sus respuestas regulatorias, sino también a las formas de organización de la empresa y al tipo de respuestas públicas que se demandan.

El segundo bloque de la revista está dedicado a analizar las consecuencias de la crisis. De entre todas las posibles perspectivas, aquí se adoptó una de carácter preferentemente regional, tomando en consideración tres polos de especial interés: Europa, América Latina y las economías emergentes de Asia. El primer artículo de este bloque es el que elaboran Rafael Doménech y Miguel Jiménez, ambos economistas del Servicio de Estudios del BBVA, referido a la evolución de la Unión Económica Monetaria (UEM) europea a lo largo de la crisis. A estas alturas es claro que se trata de una de las regiones que con mayor severidad ha vivido los efectos de la crisis. En parte porque a las consecuencias de la crisis se han sumado los efectos de los desequilibrios propios, que han puesto en riesgo la evolución de la Unión Monetaria. Como reconocen los autores, la UEM se ha construido a partir de situaciones muy diversas de los países y ha permitido que ciertos desequilibrios se prolongasen sin corrección durante un período más largo de lo deseable. Esos desequilibrios estallaron en el marco de la crisis, poniendo en riesgo la sostenibilidad del euro y obligando a los países más frágiles a acometer terapias enormemente severas de ajuste, cuyas consecuencias son todavía inciertas.

Los efectos de la crisis sobre América Latina son estudiados por Osvaldo Kacef, de la División de Desarrollo Económico de la CEPAL. En este caso, el diagnóstico es casi opuesto al referido a la UEM: la crisis afectó menos de lo que inicialmente se pensaba a la región; y la salida parece que está siendo más rápida de lo inicialmente previsto. Sin duda a este resultado contribuyó el sostenimiento en la región de políticas sanas durante el período precedente, que permitieron la disminución del endeudamiento externo, el fortalecimiento fiscal, la acumulación de reservas como mecanismo de seguro y una mejor inserción de los países en los mercados financieros. Todo ello contribuyó a ampliar los espacios para una política anticíclica. En todo caso, aunque los efectos de la crisis hayan sido menores de lo esperado, permanece una larga agenda de reformas pendientes para la región, que debieran conducir a una ampliación del espacio para las políticas nacionales, a un reforzamiento de los sistemas financieros nacionales y a una consolidación de las instituciones.


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