De las políticas culturales nacionales a las agendas de cooperación: Europa
Mercedes Giovinnazo
Interarts
TAMAÑO LETRA
Resumen: La afirmación según la cual en Europa ha habido un proceso histórico natural en el que los países que conforman esta entidad geográfica han evolucionado progresivamente todos ellos desde unas políticas culturales “nacionales” a una política cultural “compartida” es, sin duda alguna, cierta si se la examina exclusivamente desde el prisma “nacional”, es decir estatal, en el que la política cultural ha pasado de ser un elemento de relativa importancia a ser un elemento político programático central. Sin embargo, quizás adquiera mayor fuerza y pertinencia si se analiza desde el ángulo opuesto, es decir del de “Europa”. En el presente artículo se propone, primero, esclarecer el significado del concepto de Europa para poder así abordar, en un segundo momento, la cuestión de la construcción europea entendida como un “proyecto de cooperación”. Este proyecto compartido, iniciado tras la II Guerra Mundial, ha utilizado a la “cultura” como uno de sus ejes fundamentales y ha sido decisivo no sólo para que la sociedad europea pudiera tomar la distancia necesaria de la crisis profunda que había sacudido al continente en aquel que Eric Hobsbawm ha definido “el siglo más corto”, sino porque ha permitido la recuperación de una cierta “idea de Europa”, consustancial a la historia del continente. En la actualidad, este proceso que aborda una etapa ulterior en la que de la fase de proyecto debería pasar a enfrentarse a su siguiente etapa de consolidación imstitucional sigue manteniendo a la cultura en posición central.
Palabras clave: Europa, integración europea, cultura, política cultural, cooperación cultural
Abstract: The statement that in Europe there has been a natural historical process –in which member–countries have evolved from framing “national” cultural policies to framing “shared” cultural policies– is without doubt true if the question is examined through the prism of the “nation” –which is to say the state–, in which cultural policy has gone from being a relatively important factor to being a central element of policy programmes. It’s also possible, however, that the issue acquires greater force and relevance if it is considered from the other direction, that of “Europe”. In the present article the aim is, first, to elucidate the meaning of Europe, in order –in a second moment– to approach the question of the European construction understood as a “project of co-operation”. That shared project, begun after the Second World War, has used the concept of “culture” as one of its fundamental axes. It has in fact been a decisive project, not only in relation to European society’s necessary aim of distancing itself from the profound crisis that shook the continent during what Eric Hobsbawm has called “The Short Century”, but also because it has facilitated the recovery of a certain “European Idea”, consubstantial with the very history of the continent. Nowadays, as this history reaches its final phase –which one expects will culminate in a process of institutional consolidation– culture continues to enjoy a central position.
Keywords: Europe, European integration, culture, cultural policy, cultural co-operation
Resumo: A afirmação de que na Europa há um processo histórico natural no qual os países que conformam esta entidade geográfica hão revolucionado progressivamente todos eles desde umas políticas culturais “nacionais” a uma política cultural “compartilhada” é, sem dúvida alguma, certa se é examinada exclusivamente desde o prisma “nacional”, ou seja, estatal, no qual a política cultural passou de ser um elemento de relativa importância a ser um elemento político programático central. Por outro lado, talvez adquira maior força e pertinência se é analisado desde o ângulo oposto, ou seja o da “Europa”. No presente artigo se propõe, primeiro, esclarecer o significado do conceito de Europa para poder assim abordar, em um segundo momento, a questáo da construção européia entendida como um “projeto de cooperação”. Este projeto compartilhado, iniciado depois da II Guerra Mundial, utilizou a “cultura” como um dos seus eixos fundamentais e foi decisivo não somente para que a sociedade européia pudesse tomar a distância necessária da crise profunda que havia sacudido o continente naquele que Eric Hobsbawm definiu “o século mais curto”, senão porque permitiu a recuperação de uma certa “idéia de Europa”, consubstanciada à história do continente. Na atualidade, esse processo que aborda uma etapa posterior na que da fase do projeto deveria passar a enfrentar-se a sua seguinte etapa de consolidação institucional segue mantendo a cultura em posição central.
Palavras clave: Europa, integração européia, cultura, política cultural, cooperação cultural
Introducción
El título del presente artículo parece implicar que en Europa ha habido un proceso histórico natural según el cual los países que conforman esta entidad geográfica han evolucionado progresivamente todos ellos desde unas políticas culturales "nacionales" a una política cultural "compartida". Esta afirmación, sin duda alguna cierta si se la examina exclusivamente desde el prisma "nacional", es decir estatal, en el que la política cultural ha pasado de ser un elemento de relativa importancia a ser un elemento político programático central, quizás adquiera mayor fuerza y pertinencia si se analiza desde el ángulo opuesto, es decir del de "Europa".
Con este fin, el presente artículo se propone como primer paso esclarecer el significado del concepto de Europa para así poder abordar, en un segundo momento, la cuestión de la construcción europea entendida como un "proyecto de cooperación" iniciado tras la II Guerra Mundial y en el que la "cultura" ha tenido y sigue teniendo un rol fundamental. Dicho proyecto de cooperación fue decisivo para que la sociedad europea pudiera tomar la distancia necesaria de la crisis profunda que había sacudido al continente en aquel que Eric Hobsbawm ha definido "el siglo más corto" [1], período de la historia europea en el que, obliterando quizás la importancia de la existencia de una "idea de Europa", una parte de la sociedad había derivado hacia los extremismos, construidos todos ellos a partir de un concepto de cultura "nacional" de miras muy estrechas y, a menudo, resultado de una ficción histórica.
La idea de Europa y los Estados-nación
El concepto de Europa tiene dos principales acepciones: la primera es la que se refiere al concepto geográfico que, definido claramente desde la Antigüedad, define a Europa como a ese continente que engloba todo el territorio comúnmente identificado como "europeo" hasta su límite oriental en la cadena de los Urales.
La segunda acepción, más compleja y controvertida, es aquella que se refiere al término político y que ha sufrido variaciones y modificaciones a lo largo de la historia. En efecto, si para los griegos antiguos Europa se contrapone a Asia como concepto, en primer lugar, territorial y, en segundo, político, en una dicotomía entre los regímenes democráticos griegos y los regímenes tiránicos persas, en el período romano el concepto de aquello que es Europa se desplaza hacia Occidente. Desde un punto de vista estrictamente geográfico, Europa en este periodo histórico engloba los territorios conquistados por los romanos al oeste y al norte (Galia) de la península itálica así como la zona de influencia griega (península de Grecia y Balcanes). Tiene un claro límite hacia el noreste en el limes germánico y, hacia el este, en el limes danubiano más allá del cual viven aquellas poblaciones definidas como "bárbaros", es decir "extranjeros". A lo largo de todo el período de la historia de Roma, y más aún tras su fraccionamiento en dos imperios, sigue siendo válida la misma dicotomía según la cual en el Occidente prevalece el sistema político basado en el concepto de participación y libertades democráticas mientras que en Oriente persiste un sistema de dominio basado en la tiranía despótica.
Es tras la caída del Imperio romano cuando el concepto de Europa se transforma claramente y la "idea de Europa" ya no se identifica únicamente con un territorio geográfico y un sistema político puesto que a estos criterios se añade el del carácter "cristiano": en este sentido Europa pasa a ser esa "identidad" cristiana en contraposición a todas aquellas otras zonas "no cristianas", si bien, tras el cisma de Occidente, la cristiandad se dividirá en dos, la zona católica en Occidente y la zona ortodoxa, más impregnada por el concepto de sistema dinástico imperial totalitario, en Oriente. El primer intento de unificación de Europa en un único sistema geo-político cristiano-católico, es el que llevará a cabo el Emperador Carlomagno pero, casi de manera paradójica, en este momento no se utilizará más el término de Europa. Habrá que esperar la evolución del pensamiento político que, con Maquiavelo, intentará una primera aproximación a una "idea de Europa": tras la reforma protestante, la ruptura interna al mundo cristiano llevará progresivamente, a identificar a Europa ya no sólo únicamente con una entidad territorial y una concepción religiosa sino también como aquel "espacio" donde el humanismo y las libertades de pensamiento son fundamentales elementos de progreso y evolución. Entre los siglos XVI y XVIII Europa pasará así a ser identificada con el sistema geopolítico que, gracias a los grandes descubrimientos geográficos, se contrapone además claramente al resto del mundo [2].
Esta idea de Europa es la que impregnará la de la Europa moderna y la que conformará su definición actual: los siglos XIX y XX serán una época de grandes tensiones en la que se definirán casi todas las entidades políticas que conformarán el mosaico de lo que hoy es Europa. Es durante este período que el Estado, la nación y la sociedad convergen y que los ciudadanos son llamados a participar activamente en la vida política del Estado. Más allá, el Estado y la nación son entidades políticoterritoriales de las que el ciudadano es una parte activa, hecho facilitado por la estandardización de la administración y del sistema jurídico pero también por una educación estatal que transforma al ciudadano en ciudadano de "un" Estado. Se pone en marcha un cambio profundo del sistema de control por parte de quien detiene el poder y se crea un nuevo corpus de elementos que garantizan la cohesión en el interior del Estado. Al sistema político piramidal de lealtades por categorías (príncipe, aristocracia, confraternidades, campesinos) le sustituye un sistema político en el que el poder tiene que tener cuenta la fluctuación de intereses y opiniones de los ciudadanos, o la sociedad civil, a los que se han reconocido derechos fundamentales de participación política [3]. Para garantizar la lealtad a un sistema político nuevo, todos los antiguos vínculos deben ser ahora sustituidos por una nueva simbología moderna: los religiosos, que permiten la creencia por parte de los súbditos de la existencia de una relación directa entre Dios y el monarca, deben ser modificados, así como el papel fundamental del sistema político de las Iglesias cristianas; los de clan o territorio en el que los sistemas de fidelidad tribales permitían el control de regiones enteras; de pertenencia a confraternidades profesionales, etc. Esta nueva simbología se manifestará en formas distintas:
• La creación de un sistema secular de educación que sustituye a la iglesia en sus funciones de educación (y adoctrinamiento) del ciudadano: el ejemplo más ilustrativo es el del Estado francés de finales del siglo XIX y principios del XX que consigue la alfabetización en un único idioma y la absorción, por parte de los ciudadanos, del concepto de pertenencia al concepto estatal de Francia. Este sistema permite además una nueva estratificación social puesto que, según el centro en el que se han cursado estudios, el ciudadano, y progresivamente cada vez más las mujeres, podrán acceder a la clase media superior -la nueva élite europea- que ocupa los puestos de responsabilidad y decisión tanto en el sector público como privado; el nacimiento -o sangre- o la profesión familiar ya no son los únicos factores que determinan el futuro individual y la educación permite mantener una cierta movilidad entre los diferentes estratos sociales aún consolidando la élite directiva;
• La invención de las ceremonias públicas: eventos en los que se celebran hitos históricos -verdaderos o de nueva creación y algunos de ellos basados en una manipulación del pasado histórico o mitológico- para cohesionar a la sociedad civil alrededor de ritos que, hasta cierto punto, sustituyen a los tradicionales religiosos: es en este momento en el que nacen los "días de la independencia" y el "uno de mayo", por ejemplo, así como otros momentos que celebran las creaciones de los nuevos Estados europeos modernos;
• La producción masiva de monumentos históricos, incluidos los edificios públicos y que tienen el claro objetivo de conmemorar hitos especiales [4];
• La invención de eventos deportivos públicos en los que los ciudadanos participan colectivamente: nace en este momento la identificación casi simbiótica con los equipos de fútbol, locales y nacionales pero también se vuelven a descubrir los Juegos Olímpicos.
Es justamente en este período en el que se "inventan" las banderas nacionales a las que todos los ciudadanos deben lealtad, sobre todo los hombres a través del servicio militar obligatorio, y no ya libre como había sido hasta entonces. Y es también en este periodo histórico en el que se creará una nueva burocracia estatal que controla y ordena la vida de los ciudadanos.
El siglo XX y la nueva idea de Europa
La necesidad de pertenecer es connatural al ser humano. Esta pertenencia se explicita de diferentes maneras a lo largo de la historia: pertenencia a un clan, tribu, orden social o clases, organizaciones profesionales o religiosas. Y las sociedades se constituyen alrededor de elementos tales como una ascendencia, lengua o tradiciones comunes o la ocupación continuada de un mismo territorio.
En la Europa moderna, Estados como el español, británico, francés, o portugués -pero también los escandinavos- se crean en el transcurso de los siglos XVI, XVII y XVIII. Más tarde, en el siglo XIX, será el caso de los alemanes, italianos, polacos, bálticos y balcánicos. El rasgo común que tienen todos estos Estados es el de la coincidencia del territorio del Estado con el de la nación. Únicas excepciones son los imperios austriaco, ruso y turco que mantienen rasgos de carácter imperialista frente a otros Estados que se modernizan.
Lo que interesa subrayar aquí, puesto que es el aspecto que define a la Europa de las relaciones internacionales modernas, es el rol fundamental del "nacionalismo", es decir, esa característica según la cual "los intereses de la unidad y autodeterminación de la nación se elevan a valor supremo frente al que todas las otras consideraciones deben, si es necesario, ceder" [5].
Es este el elemento fundamental que impregnará la constitución de la nueva Europa del siglo XX en la que, tras el Tratado de Versalles del 1919, quedará conformado el actual mosaico de Estados, todos ellos entidades políticas en los que se reconocen a todos sus ciudadanos los derechos fundamentales, con la excepción de algunas situaciones críticas como las de ciertas minorías, nacionales o étnicas. Aunque la idea contemporánea de Europa aún no ha tomado forma, sí lo ha hecho el concepto de nacionalismo moderno que, sin embargo, hasta entonces no había existido. Según Berlin, el nacionalismo se basa en dos conceptos [6]:
• El sentido de pertenencia a un grupo humano definido por su territorio, leyes, creencias, lengua, tradiciones, expresiones artísticas y religiosas e instituciones sociales, a los que se añaden, dependiendo de la situación la ascendencia o las características raciales;
• La evolución "biológica" del Estado a cuyos objetivos supremos e incontrovertibles se han de doblegar todas aquellas iniciativas o tendencias que no tengan como fin el bien colectivo, aunque éstos conlleven elementos de conflicto, como las veleidades de expansión y dominio hacia el exterior de las fronteras del Estado; este segundo aspecto será el que motivará algunos de los conflictos más importantes de la historia de la humanidad.
A este nuevo Estado-nación, de carácter supremo, se subordinan todos aquellos aspectos que anteriormente habían permitido una identificación colectiva, tanto social como territorial. Y este carácter supremo, que caracteriza cada Estado-nación, conlleva el reconocimiento explícito de que toda otra entidad política similar tiene el mismo status, incontestable, que se escenifica en el concepto de soberanía.
Notas:
- [1]. E. Hobsbawm, The Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914-1991, Michael Joseph, 1994.
- [2]. F. Chabod, Storia dell'idea d'Europa, Laterza, 1989.
- [3]. Evidentemente en un principio sólo a los hombres libres hecho, ya contrastado durante el Imperio Romano en el que el Edicto de Caracalla del 212 d. C. reconoce el derecho a la ciudadanía únicamente a los hombres libres mayores de edad. La lucha para el reconocimiento del estatus de ciudadano libre con derecho a voto y representación política a las mujeres durará varias décadas.
- [4]. E. Hobsbawm y T. Ranger (ed.), The Invention of Tradition, Cambridge University Press, 1997, pp.
- [5]. I. Berlin, The Proper Study of Mankind: An Anthology of Essays, Pimlico, 1998, p. 587.
- [6]. Ibid., p. 590.


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