Miradas cruzadas sobre la juventud en Iberoámerica
Martín Hopenhayn y María Luz Morán
CEPAL y Universidad Complutense de Madrid
TAMAÑO LETRA
Las conclusiones que Reguillo extrae de la historia de vida permiten completar su mapa conceptual. El punto de llegada de la violencia es la articulación de la historia de vida con la red del narcotráfico. El planteo de la autora es que la violencia en jóvenes centroamericanos se entiende desde la transcodificación de signos. Por ejemplo, la violencia "marera" se superpone con la violencia del tráfico de drogas. El sentido de la transcodificación de las violencias juveniles, afirma, es importar y exportar códigos, reglas, pautas y mecanismos, que operan en marcos de significado diferentes y hasta en fronteras diferentes, pero que encuentran su nicho de significación en un lenguaje más amplio que ratifica que la violencia es lengua franca que todos son capaces de descifrar.
La transcodificación remite también al concepto de máscara que da el título al segundo artículo de esta sección. En "Jogos de máscaras e ‘Escolas do Diabo'", José Machado Pais plantea cómo algunos estilos juveniles operan con cierta frecuencia como máscaras; es decir, como una forma sutil de resistencia al orden dominante. Este argumento, objeto de debate académico entre los estudiosos de las culturas juveniles, le sirve al autor como punto de partida para aproximarse al objeto central de su texto, que no es sino una reflexión acerca de las respuestas de ciertos jóvenes a la violencia simbólica a la que se encuentran sometidos.
De este modo, el autor retoma un tema clásico de la perspectiva antropológica -el de las máscaras- para tratar de captar los significados que se esconden tras ciertos ritos o juegos juveniles, y tras ciertas formas de expresión de la violencia ejercida por algunos grupos de jóvenes. El papel de la máscara -que permite disfrazar y ocultar no sólo el rostro de quienes la portan sino que también facilita la expresión de comportamientos transgresores de las normas socialmente aceptadas- se vincula, en la primera parte del artículo, con los estudios sobre culturas juveniles y, más concretamente, con el empleo del concepto de "tribu". Al menos en el contexto de los estudios sobre jóvenes, dicho término ha sido empleado como ejemplo de "communitas" definida por vínculos sociales producidos en condiciones de liminalidad, indeterminación y carencia de repertorios. No obstante, la tribu es capaz de generar marcos de convivencia que garantizan la constitución de afirmaciones identitarias.
Sobre esta base, Machado Pais presenta dos estudios de caso, aparentemente muy distintos pero que constituyen ambos ejemplos del uso de las máscaras como estrategias empleadas por grupos de jóvenes para dar respuesta a unas condiciones de vida sentidas como excluyentes y creadoras de marginación. El primer caso es el de ciertos rituales llevados a cabo tradicionalmente en el medio rural por adolescentes en la Península Ibérica: las "festas dos rapazes" en Portugal y el "rito de los carochos" en España. El texto analiza los principales cambios de estos ritos en el caso portugués, como respuesta a la percepción de los grandes cambios que están afectando a la vida de los jóvenes de las aldeas. El segundo ejemplo es el de la violencia que surge en algunas escuelas de los barrios más degradados de las periferias urbanas, en donde se concentra un alto porcentaje de alumnos procedentes de familias inmigrantes o de etnia gitana; unas escuelas que han sido denominadas "escuelas del diablo". Pero, más que estudiar el tipo de comportamientos que se producen en estas escuelas, lo que le interesa realmente al autor es mostrar el círculo vicioso que se establece entre una violencia que se presume y da por descontada, el origen étnico de los alumnos y su fracaso escolar.
Así, el autor reivindica la significativa presencia de los juegos de máscaras en las culturas juveniles en distintos contextos, así como la relevancia de analizarlos en tanto que representaciones de estilos de vida que pueden transformarse en armas de resistencia a la dominación y violencia sufrida por estos jóvenes en su vida cotidiana.
El apartado que concluye este número está dedicado, como señalamos antes, a la reflexión sobre las políticas de juventud. Lo componen dos textos escritos, respectivamente, por un sociólogo español y otro uruguayo. La preocupación por estas políticas es el hilo conductor que guía toda la argumentación de Andreu López Blasco en su artículo "Jóvenes en España a las puertas de la participación social y económica". Sin embargo, el lector no debe esperar un análisis convencional del tipo de políticas puestas en práctica a lo largo de las últimas décadas en España y en distintos países europeos con el objetivo de afrontar los que, al fin y al cabo, se suelen considerar como los principales problemas para la integración de los jóvenes en la sociedad de los adultos: la incorporación al mercado de trabajo, el acceso a la vivienda, y la formación profesional. Por el contrario, lo que expone el autor es un complejo razonamiento que, partiendo de las principales transformaciones que está sufriendo la juventud en la sociedad española y de los consiguientes cambios en sus transiciones a la edad adulta, acaba por proponer las bases de lo que él denomina unas "políticas de transición integradas".
Así, López Blasco recupera buena parte de las tesis que ha ido estableciendo en su ya larga trayectoria de estudioso de las transiciones de los jóvenes en Europa para abrir nuevas líneas de investigación y debate. Para ello, parte de una constatación certera al tiempo que heterodoxa: ¿hasta qué punto tiene sentido que nos sigan interesando los jóvenes en España, cuando el verdadero reto con el que se van a enfrentar los poderes públicos en un futuro muy cercano es el de un país muy envejecido? Unas sociedades, española y europeas, con porcentajes muy significativos de personas de la tercera edad, que ya han salido del mercado de trabajo, que son pensionistas, y que tendrán inevitablemente altas tasas de dependencia. En el caso español, además, los jóvenes no sólo pierden peso demográficamente, sino que son también más diversos debido al importante aumento de las personas de origen inmigrante en estos grupos de edad.
Y, a partir de aquí, el autor trata de convencernos de que hablar de jóvenes sigue teniendo más sentido que nunca en la medida en que nos esforcemos por cambiar la perspectiva de nuestra mirada sociológica. Y ello supone, para él, analizar al menos dos cuestiones distintas. En primer lugar, trabajar siempre entendiendo a los jóvenes como sujetos activos en sus propias transiciones a la edad adulta, siendo por lo tanto capaces de establecer distintas estrategias para gestionar -con mayor o menor éxito- su incorporación al mundo social y económico. De aquí la importancia de considerar los costes de la dilatación de dicha entrada que, en muchos casos, es una decisión que realiza el joven de forma individual, con el apoyo de su familia. En palabras del propio autor, el problema reside en evaluar las consecuencias de la pérdida de capital social que conlleva no facilitar a los jóvenes posibilidades reales para su participación social y económica plena.
El impacto del proceso de globalización para la generación de jóvenes españoles constituye un paso más adelante en el análisis. Sus oportunidades y riesgos producen ganadores y perdedores de la globalización pero, en todo caso, para el autor existe una consecuencia indeseada que no debe ocultarse: la reducción del peso político de las generaciones jóvenes en los procesos democráticos de representación de sus intereses.
En este contexto, y siempre teniendo presentes los rasgos de las transiciones juveniles de los jóvenes españoles, es donde se hace pertinente presentar una propuesta política precisa: la superación de las tradicionales políticas de juventud a favor de políticas de transición integradas cuyo objetivo debe ser reforzar las habilidades de las personas para que éstas puedan tomar decisiones. A esta propuesta está dedicada la última parte del trabajo.
En el caso latinoamericano las políticas de juventud son más incipientes y requieren todavía consolidarse institucionalmente. En este marco, el artículo de Ernesto Rodríguez -"Políticas públicas de juventud en América Latina: experiencias adquiridas y desafíos a encarar"- presenta una visión crítica de los enfoques predominantes y las soluciones institucionales que han prevalecido hasta la fecha. En materia de enfoques, el autor establece una tipología de los imaginarios de las políticas nacionales orientadas a la población joven, distinguiendo políticas basadas en integración social, en prevención de riesgos y atención a población en riesgo, en derechos de la juventud, en la idea-fuerza del capital social como criterio de promoción de la juventud, y finalmente en la idea de jóvenes como protagonistas del desarrollo. Esta diversidad de enfoques, señala el autor, no es lineal en el tiempo ni sincrónica en las políticas públicas de los diferentes países; más bien constituye la topografía del imaginario político público cuando se trata de pensar cómo abordar las problemáticas y las potencialidades de la juventud. En su perspectiva crítica, Rodríguez afirma que prevalecen sesgos "adultistas" y "juvenilistas", ambos contraproducentes: el primero infantiliza a los jóvenes y los convierte en objeto de intervención desde los espacios de autoridad y apoyo adultos, mientras el segundo supone que los jóvenes deben hacerse cargo, sin considerar la importancia de la intervención dialogada entre ambas generaciones.
En cuanto al desarrollo institucional, las críticas de Rodríguez se basan en la evaluación comparada de las políticas, legislaciones, instituciones e instrumentos que los gobiernos de América Latina han construido y puesto en marcha en las últimas dos décadas. Entre las principales críticas destaca el lugar difuso de los institutos de juventud, consagrados a ejecutar planes sectoriales que no les corresponde o a celebrar eventos a escala local, en lugar de coordinar distintos estamentos de política sectorial y territorial que afectan a la juventud. También señala que las leyes de juventud prestan poca utilidad, y más bien desvían la atención de otras leyes donde es importante que se explicite el impacto sobre los jóvenes (como la precarización del empleo o la privatización de la seguridad social).
El autor propone dar mayor consistencia a los mecanismos de información. Observatorios y Encuestas de Juventud, señala, deben apuntar a dar continuidad y comparabilidad a los indicadores (en el tiempo y entre países), ser información útil para la ejecución de políticas, y contar con mayor rigor técnico.
Éstas son, pues, las piezas que integran este tablero de la juventud que hemos querido acuñar en la colección de artículos que presentamos. Advertimos, nuevamente, que no son todas las piezas que el tablero reclama. Pero sí concurren en perfilarlo y mostrar muchas de las posibles jugadas sobre ese tablero, en un juego donde a ratos son los jóvenes quienes mueven las piezas, y a ratos son ellos las piezas que la sociedad mueve o traba. En este doble juego, los artículos presentados dejan desafíos planteados respecto de cómo repensar políticas de juventud para abordar las transiciones emergentes desde la dependencia a la autonomía, de la educación al empleo, del hogar de origen al hogar por constituir; respecto, también, de cómo reducir las brechas en capacidades y oportunidades que hoy atraviesan a la generación de jóvenes; de cómo vincular la institucionalidad juvenil con las formas de participación, ciudadanía y pertenencia de los jóvenes; y cómo abordar el tema de la violencia en que la juventud es víctima y victimaria, y dónde las causas y las mediaciones son múltiples.
Esperamos, pues, que este número de Pensamiento Iberoamericano alimente el debate. Sobre todo en esta inflexión política en que la juventud, como dijimos al comienzo, está sobre el tapete y en el ojo del huracán.
Notas:


Imprimir
Descargar PDF