Miradas cruzadas sobre la juventud en Iberoámerica
Martín Hopenhayn y María Luz Morán
CEPAL y Universidad Complutense de Madrid
TAMAÑO LETRA
Como muestra el artículo, la dimensión de "promesa juvenil" se hace evidente porque los jóvenes son mucho más diestros y dinámicos en incorporar tecnologías de información y comunicación (TIC) que los mayores, y sus modos de apropiación diversifican los sentidos de estas mismas TIC en los más variados campos. La brecha generacional para ciertas tecnologías es una perspectiva que ha llevado a acuñar ciertos términos como "infantilización de las redes": piénsese que las tecnologías de la comunicación, sobre todo internet, resultan más apropiables y recreables en los más jóvenes entre los jóvenes. La juventud, además, privilegia la comunicación, la información y el entretenimiento entre sus preferencias de uso.
Pero la dinámica hacia la sociedad de la información, como señalan los mismos autores, también es una amenaza en la medida que las brechas de acceso a conectividad entre los jóvenes en América Latina todavía son marcadas en la mayoría de los países, en claro perjuicio de los jóvenes con menos educación, menos urbanizados y de menores ingresos. Si se piensa que los desconectados de hoy son los analfabetos de ayer, la diferencia entre estar y no estar inmerso en las dinámicas de la sociedad de la información puede ser abismal en las opciones de empleo, participación y poder.
Por lo mismo, las políticas de conectividad tienen que apuntar a revertir estas brechas, sobre todo a través de la dotación de infraestructura y conectividad en el sistema educacional y en los sistemas de capacitación de jóvenes. Cristancho, Guerra y Ortega señalan que si bien en América Latina hay programas de cobertura universal en educación, todavía los enfoques resultan anacrónicos en la medida que no se incorporan nuevos modos de aprender, procesar información y sintetizar conocimiento en las rutinas pedagógicas; y sigue siendo muy alto el número de alumnos por computador en las escuelas. Por otro lado, los programas de innovación y apoyo en investigación y desarrollo benefician sólo a un sector de la juventud, que es el que más ha incorporado los TIC en sus rutinas y que rara vez proviene de familias de bajos recursos -alumnos graduados de disciplinas científicas e ingenierías-.
La construcción de las bases de la pertenencia cívica y de la implicación política de los jóvenes es el tema común de los tres artículos que componen el tercer epígrafe de este volumen, titulado "Ciudadanía, participación y sentido de la pertenencia: jóvenes europeos y latinoamericanos". Tal y como se comprueba en otros trabajos incluidos en este número, tras buena parte de la investigación actual sobre los jóvenes subyace la preocupación por conocer si las formas en las que las nuevas generaciones se incorporan al orden social establecido -lo que muchos autores llaman las nuevas transiciones juveniles- están afectando a los ritmos y modos en los que éstos se convierten en sujetos sociales y políticos relevantes. De hecho, en apenas tres décadas, se ha pasado de una concepción bastante difundida de la juventud como un grupo esencialmente innovador y comprometido, a una visión de unos jóvenes crecientemente individualistas y alejados de la vida social y política de sus comunidades de pertenencia.
Es en este contexto en el cual, desde hace aproximadamente una década, ha ido difundiéndose la reflexión acerca del binomio juventud-ciudadanía. Y no se trata sólo de un empeño de la investigación académica, sino que también es una cuestión abordada por ciertas intervenciones públicas en muchos países, entre ellos buena parte de los miembros de la Unión Europea.
Ésta es la perspectiva adoptada en el artículo de María Luz Morán y Jorge Benedicto, "Los jóvenes como actores sociales y políticos en la sociedad global". Dos son las cuestiones principales que se abordan, defendiendo siempre la idea de los jóvenes como "ciudadanos en construcción". En primer lugar, los autores presentan los principales debates y argumentos que ha producido la notable investigación realizada sobre las diferentes formas de participación política de los jóvenes europeos. En este punto, insisten en presentar las razones por las que no existe un acuerdo claro en las interpretaciones acerca de los cambios de la implicación cívica juvenil y de las consecuencias de los mismos. Esta primera parte del trabajo incorpora también la referencia a los rasgos de la participación política de los jóvenes en España, caracterizada por esta aparente contradicción entre el alejamiento de la política convencional, la mayor implicación en ciertas actividades de protesta y algunas experiencias minoritarias, pero muy significativas, en el seno de organizaciones y repertorios de una "nueva política".
La última parte del texto se dedica a otra cuestión relevante, aunque en este caso menos estudiada que la anterior: las representaciones de la ciudadanía entre los jóvenes. Es decir, el modo en que éstos conciben la pertenencia a su comunidad política, así como los significados que atribuyen a su propia implicación en ella. Se trata, en suma, de considerar la forma en que los jóvenes logran transformarse en sujetos políticos, se entienden a sí mismos como actores sociales y políticos relevantes y, por lo tanto, adquieren las capacidades que hacen posible el ejercicio de los derechos y deberes asociados a su condición de ciudadanos.
En su artículo "Dimensiones de la participación en las juventudes contemporáneas latinoamericanas", Dina Krauskopf aborda distintas dimensiones de la participación de la juventud en América Latina. Desde la perspectiva política, advierte que las organizaciones de gobierno reconocen cada vez más que las juventudes requieren de participar en los procesos sociales que afectan a sus vidas y sociedades, pero también constata que las perspectivas de dicha participación son diversas según la forma y el contenido de tales políticas. El tono adultocéntrico, afirma la autora, hace más difícil encontrar mediaciones políticas para los cambios culturales que protagonizan los jóvenes. Los sesgos partidarios en que prevalecen lógicas de cooptación hacen a los jóvenes especialmente refractarios. Todo esto urge a tender puentes intergeneracionales como condición del diálogo y la colaboración, donde el espacio para jóvenes como productores culturales, con sus propios códigos y visiones, sea efectivo y percibido como tal.
La democracia requiere de la participación juvenil para vincular a los jóvenes con dinámicas reconocidas de acción colectiva, y recrear esas mismas dinámicas. Krauskopf afirma que las instituciones del Estado, tan mal valoradas por los jóvenes, tienen que abrirse a las demandas y aspiraciones juveniles, y a los cambios en tales demandas y aspiraciones. Ante la creciente individualización y el descentramiento de la política como eje articulador de la participación social, las juventudes contemporáneas buscan la participación en órbitas que están a distancia de la política estatal y pública: grupos de encuentro, foros sociales, iniciativas comunitarias, movimientos locales juveniles, grupos de repulsa, voluntariado juvenil, alianzas entre jóvenes, ecologistas e indigenistas. Y en ello los jóvenes apuestan a lo político como espacio escindido y exterior respecto de las instituciones clásicas de la política.
Por último, la autora señala la importancia para la participación juvenil de contar con espacios de reflexividad, donde sean los propios jóvenes quienes generen conocimiento para incidir en la deliberación pública y propiciar cambios en sus vidas. En este marco se inscribe el proyecto Kellog-FLACSO que financia investigaciones colectivas de jóvenes en América Latina, y que apunta a fortalecer la autoproducción de saberes que refuercen la participación y el protagonismo juveniles.
La participación y la ciudadanía están también muy ligadas al sentido de pertenencia en que los jóvenes se sienten simbólicamente arraigados en la sociedad. En su artículo titulado "Sentido de pertenencia en la juventud latinoamericana: identidades que se van y expectativas que se proyectan", Guillermo Sunkel parte de la base que este sentido puede medirse o evaluarse desde perspectivas e indicadores variables, tales como la forma e intensidad con que ellos mismos se sienten vinculados a proyectos colectivos, valores tradicionales, estructuras e instituciones. Sobre la base de la información del Latinobarómetro, única encuesta de opinión de la población latinoamericana para todos los países que se aplica periódicamente, Sunkel pone de relieve algunas tendencias en estos ámbitos.
Por una parte, llama la atención el debilitamiento en los jóvenes de tres fuentes clásicas de identificación con la sociedad, a través de las cuales se ha elaborado históricamente el sentido de pertenencia: la identidad nacional, la identidad política y la identidad religiosa. La información muestra que el sentido de pertenencia está menos arraigado en jóvenes que en adultos en la mayoría de los países de América Latina, cuando se observa el grado de adhesión a estos referentes seculares de identificación. Con todo, una proporción importante de jóvenes aún se siente parte de esa comunidad imaginada que es la nación, pero tienen baja participación en partidos políticos, votan menos que los adultos, y se identifican con la religión en menor proporción que éstos (y practican cada vez menos la religión que profesan).
El sentido de pertenencia también se hace palpable en la confianza en el futuro, pues las expectativas respecto del porvenir indican, aunque indirectamente, hasta qué punto los jóvenes se sienten reconocidos en la estructura social. Curiosamente, advierte Sunkel, mientras se debilitan referentes clásicos de identificación que hacen a la cohesión social, esto no parece desanimar mucho a los jóvenes en su proyección futura, por más que ese futuro resulte difuso en sus contenidos. El Latinobarómetro muestra más confianza en el futuro en jóvenes que en adultos, y lo mismo ocurre con las perspectivas más optimistas de movilidad intergeneracional. Más allá del hecho de que objetivamente los jóvenes tienen más futuro que los adultos (por cierto, más expectativa de vida), esta mayor confianza puede explicarse por el hecho de que están mejor dotados para los requerimientos productivos, comunicacionales y de organizaciones flexibles que demanda la sociedad de la información. Importa destacar, como lo hace Sunkel, que la pertenencia de los jóvenes gira más en torno a su movilidad hacia delante que su arraigo hacia atrás.
No se puede ocultar que los jóvenes siempre han sido considerados como unos actores "incómodos", no sólo en las imágenes estereotipadas que tienden a reproducir los medios de comunicación, sino también en una buena parte de la investigación social. La asociación, muchas veces perversa, entre juventud y violencia se convierte así en un tema ineludible para el análisis sociológico. Pone en evidencia los déficits de ciudadanía y de inclusión social, que muchos jóvenes procesan o intentan resolver desde sus propias mediaciones. En nuestro caso, a este tema están dedicados dos artículos.
En el primero de ellos -"Las múltiples fronteras de la violencia: jóvenes latinoamericanos entre la precarización y el desencanto"-, Rossana Reguillo señala que sólo la comprensión de la multidimensionalidad que caracteriza a las violencias y a la diversidad de escenarios y mundos juveniles, permite salir de los reduccionismos, sean éstos normativos, epidemiológicos o abiertamente autoritarios, con que se tiende a identificar juventud y violencia. El texto plantea una perspectiva en la que dichas violencias pueden entenderse como parte de las dinámicas de paralegalidad en que muchos jóvenes habitan, generan estrategias de vida, consumen y tejen relaciones sociales. Pero, a su vez, esta paralegalidad se nutre de un contexto de violencia estructural en que la juventud, o parte de ella, vive desde que nace.
La violencia estructural nos habla de cómo los jóvenes son violentados por la falta de acceso al empleo y al bienestar, o directamente porque devienen víctimas de violencias exógenas, sea de las policías, los ejércitos, los enfrentamientos armados, el narcotráfico o el crimen transnacional. La precarización y el desencanto son anverso y reverso en tantos guiones biográficos que vinculan, y rompen a la vez, el paso de la infancia a la adolescencia y de ésta a la adultez. Para ilustrarlo, Reguillo incorpora al texto una historia de vida, como pueden ser muchas otras, de un "marero" (miembro de una "mara", pandilla violenta) que sale expulsado de El Salvador a los seis años, y a partir de allí vive un peregrinaje en que cada estación es, también, una lección de violencia y un aprendizaje en distintos códigos de violencia. El niño pierde a sus padres y hermanos en la huída de El Salvador, y ya a los catorce años es miembro de la Mara Salvatrucha en Los Ángeles. Más tarde deja su huella en una cárcel mexicana, se entrena a matar en la frontera guatemalteca, y así se va construyendo a sí mismo entre víctima y victimario. A cada frontera, un nuevo código y una nueva cicatriz.
Notas:


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