Pensamiento Iberoamericano
Número 3

Las múltiples fronteras de la violencia: jóvenes latinoamericanos entre la precarización y el desencanto.

Rossana Reguillo

ITESO, Guadalajara,, México

Número de páginas: 4

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Vamos, pues, a la historia de Fredi. Sale de El Salvador a los seis años, huyendo, con su familia, de una de las últimas embestidas del ejército salvadoreño contra la guerrilla y contra las comunidades sospechosas de apoyo al movimiento armado. En la huida perdió a sus padres, a sus hermanos y sólo le quedaron sus tíos y un primo con síndrome de Down, que cobijaron su vida hasta los catorce años, cuando él decide enrolarse con la Mara Salvatrucha, la tan conocida pandilla salvadoreña, en la ciudad de Los Ángeles. De la larga sucesión de disparos y violencia que hay en su vida, Fredi señala como acto fundacional la noche en el monte cuando el ejército asesina, a campo abierto, a su padre desarmado y a su madre amamantando un bebé. Años más tarde, el joven de veintiséis años preso en una cárcel mexicana, se deleita al recordar su "entrenamiento" en una ciudad fronteriza guatemalteca a cargo de un ex-petrolero mexicano que le enseña a "matar alacranes" a pedradas. No habrá pausa en la acelerada incursión de Fredi en la violencia. Ya se trate de aquella que él imagina como "justiciera o vengadora", o de la violencia que aprende a pasos rápidos como parte de la dinámica cotidiana: ésa que le permite negociar con los "polleros" mexicanos el cruce de la frontera a sus escasos ocho años, o que le alerta sobre la migra estadounidense que corre tras los pasos de los suyos. Fredi sabe todo de tiempo antiguo y su cuerpo de niño-adolescente incorpora los rituales del guerrero que está dispuesto a matar y a dejarse matar, con tal de sobrevivir:

"Él trataba, desde bien arriba, de ver, pero no era muy claro. Eso sí, escucho clarito que los demás le decían a sus padres que caminaran, que se fueran, que salieran del campamento, porque los milicos iban a oír. Ha pensado mucho sobre ese momento. Por qué su padre hizo lo que hizo y, aunque duda cree, siente, que es probable que su papá pensara que era mejor bajarse de la pendiente y ponerle el cuerpo a los soldados. ¿Por qué? Porque de esa manera los demás todavía se podrían salvar. Si los encontraban a todos, capaz que ni él mismo viviría para contarlo. ‘Y eso, fíjese, fue lo que hizo: se salió, se bajó de la pendiente y puso el cuerpo que yo desde arriba medio como que quise ver. Y claro, pos los militares se dieron vuelo, me lo mataron todito y ahí empezó la matazón', dice Fredi, encerrado y acosado por el vigilante, que negocia más tiempo a cambio de un cigarrillo y un corto sermón" [9].

Años después, Fredi ha firmado un pacto con la muerte "útil", aquella que se avecina cuando el firmante asume que su cuerpo no le pertenece y sus lealtades requieren sacrificios por más que él no los entienda del todo:

"El ‘jenja', jefe indiscutido de la mara, por sobre los jefes locales y regionales, existe en algún lado y su poder desciende, vertical, sobre esos cuerpos ocasionalmente sedentarios como el de Fredi. Junto a cada uno, en calidad de guerrera de mismos poderes en la lucha pero desterradas de las conducciones, están también las ‘hainas' como Nayeli. Y en el centro del perpetuo movimiento de la mara, los ‘homies' (compas, hermanos), camaradas que lo mismo cobran las deslealtades que cobijan el desarraigo a la intemperie, en San Salvador, en Tegucigalpa, en Tecún Umán, en Ciudad Hidalgo, en la megalópolis mexicana, en Los Ángeles, San Francisco, en Reynosa, en Houston: los ‘homies' son el barrio, la familia, el grupo primigenio y la señal mas inteligible de lealtad y pertenencia. Migrantes translocales, los integrantes de la mara no se circunscriben a ningún territorio, porque de tiempo antiguo fueron desechados y es ese desarraigo su principal fortaleza. Así como la ‘estabilidad' engendra certezas y saberes, la movilidad constante es portadora de aprendizajes".

En 2005, la ONU estimó que ciento noventa millones de personas vivían fuera de su lugar de nacimiento; esta cifra se calcula hoy en doscientos millones de migrantes en el mundo, y de estos el 12% son latinoamericanos y caribeños. El CELADE documenta el incremento del número de migrantes latinoamericanos y caribeños en los últimos cinco años: de un total estimado en veintiún millones en 2000, se llega a casi veinticinco millones en 2005. La mayor proporción procede de México, cuya magnitud excede los nueve millones. Mucho más atrás, se encuentra el conjunto de naciones de la comunidad de Caribe, con un millón ochocientos mil emigrados -destacando Jamaica con seiscientos ochenta mil-, y Colombia, con un millón cuatrocientos mil emigrantes, respectivamente. A continuación, figuran Cuba y El Salvador, con aproximadamente novecientos mil emigrantes. Pero quizás el dato más significativo se refiere al porcentaje de personas viviendo fuera de sus países y sus impactos en las comunidades nacionales. Por ejemplo, algunas de las naciones caribeñas tienen un 20% de su población fuera de su territorio y el CELADE enfatiza por su magnitud, con porcentajes que fluctúan entre el 8% y el 15%, los casos de Cuba, El Salvador, México, Nicaragua, República Dominicana y Uruguay (CEPAL, 2006).

Fredi y sus homies de la mara han hecho de la migración una condición "estable", un modo de vida, una manera de encarar la incertidumbre que el horizonte de múltiples y sucesivas violencias, pobreza estructural y falta de opciones de futuro les representa. La biografía de Fredi permite aprehender las estrategias de movilidad en las que el código violento es el signo más importante. Y si analizamos las "fronteras" que hay en su vida (como límite y demarcación, pero también como cruce), es posible constatar que todas ellas están signadas por la violencia.

La primera frontera que cruza lo lleva de El Salvador a Tecún Umán, en Guatemala, al lado de sus tíos y su primo. Viene de presenciar el asesinato de sus padres y la aniquilación de buena parte de su comunidad. Tiene apenas seis años y ya aprendió lo que es viajar a pie en medio del monte, por la noche, sintiendo en el cuello el aliento del peligro.

La segunda frontera es la que cruza otra vez con sus tíos de Guatemala hacia México. Vamos al relato:

"Ya en Tecún Umán y al poco tiempo, no recuerda bien cuando, pero sí la sensación de reacomodamiento rápido de ese caos de la movilidad permanente, su propia diáspora. Fredi tuvo una nueva noción de familia. Su tío, la esposa de él, su tía Amparito, y sólo uno de sus primos, ‘que estaba mal de su razón' y, por supuesto, su maestro, don Cato [10].

El tío se consiguió un trabajo en los ferrocarriles y se pasó esos meses ahorra que te ahórrale para pagar lo que faltaba de viaje hacia el norte. Eran otros tiempos. Sus homies no controlaban la frontera, como ahora. ‘Había que contratar polleros mexicanos que eran unos perros hijos de su chingada madre. Ya ni me acuerdo cuánto costó, pero entre la lana de mi tío y las propinas que yo junté en el Tijuanita, acabalamos los dólares para un cabrón que le decían El Tepache [11] y así nos fuimos'. Don Cato le regaló un anillo de oro con las letras de PEMEX y le dijo que era para que lo vendiera cuando llegara a California y así pagarme los primeros estudios. Pero el anillo no llegó nunca a Califas porque el tal Tepache lo reclamó como propio y dijo que el tonto de su primo era más caro porque por lento y por bobo los iban a apañar.

Entonces todo se terminaría ahí mismo.

En ese segundo viaje se murieron una mujer y su bebé. A otro señor lo mordió una coralillo y le tuvieron que amputar parte del brazo con mezcal puro como anestesia. Fredi no miraba, solo escuchaba los gritos e imaginaba los temblores; ‘las víboras son lo único que logran meterme miedo', asegura. A ellos no les pasó nada grave. Su primo, siempre con las defensas bajas, se contagió de una de esas gripas tropicales y volaba de fiebre. Se suponía que debían pasar por Veracruz para reponer comida y que seguirían rumbo a Mexicali, sin parar, para cruzar por Calexico hacia los ‘iunaites'. En Calexico tenían esperanzas: por allá se habían instalado unos parientes que prometían alivianarlos para seguir, siempre más al norte. Pero el cabrón del Tepache dijo que hasta ahí, cuando el trato era que los llevara. No hubo manera. Se escabulló de ellos como rata".

La tercera frontera es el cruce hacia Estados Unidos, pasando toda clase de peligros. Vamos al testimonio nuevamente:

"Las palabras se escapan. Sólo recuerda a los primos de su tío, todos esos insospechados parientes que su padre le había dejado regados en el norte. Era de madrugada. Todo estaba muy silencioso. Ellos estaban en la línea, temblando, con linternas, esperándolos. Él tenía frío: era enero y la chamarrita que llevaba apenas si le frenaba el viento de ese desierto canijo que parecía no tener fin.

Llegamos a la primera casa-casa que vi en mi vida. Lueguito Doña Jenny me tomó cariño y se entendió conmigo. Doña Amparito, mi tía, hasta se puso celosa, porque la Jenny ni lazo le tiró al ‘subwoofer' como le pusimos después, la mara y yo, a mi primo el lento, que yo lo quise mucho, se lo juro.

Nunca había dormido en una cama. En catres, en hamacas, en cartones, pero esa cama de la Jenny era una gozada. Y los pancakes que la doña preparaba eran un puro alucine. El esposo de la Jenny era puro gringo, muy buena onda, muy que ‘tu papá andaba con el Frente y que es an honor for me' y la chingada. Pero poquitos días duró el gozo porque mi tío andaba necio en llegar a Los Ángeles. Y en Pico Union encontré mi barrio".

Cabe apuntar que Fredi tiene entonces ocho años y es cuando comienza su vida en Estados Unidos. Olvida rápidamente el español y en la secundaria Belmont, se enrola en la Mara Salvatrucha, una espiral de violencia creciente que lo lleva de un lado a otro, de un "jale" [12] a "otro", y le suma muertos a su lista.

Viene entonces la cuarta y la más definitiva de las fronteras, la deportación a El Salvador, cuando las maras son declaradas "problema de seguridad nacional" y muchos jóvenes salvadoreños, guatemaltecos, hondureños, son "deportados", aun cuando muchos de ellos son legítimos ciudadanos norteamericanos:

"Fredi cayó preso varias veces. Pero la peor fue la de la deportación. Él se hacía de lo más tranquilo. Lo jura. Hace la señal de la cruz con su pulgar izquierdo y la besa. En esa época tenían un jenja conciliador: si hasta andaba haciendo acuerdos de paz con la 18 y con los Ñetas que recién llegados de Chicago ya tenían bien agandallado el barrio.

‘Me agarraron un día en el Este por los tatús. No hubo modo y que me dan pa'tras. Por mucho que yo les alegaba: american citizen, american citizen'. Y es que su tío le había arreglado sus papeles. Se había hecho norteamericano. Creció, como sus amigos de la clica, jurando lealtad a la bandera y cantando ‘América the Beautiful'. De nada le valió. Era la época del deportadero. A cuanto homie agarraban le daban cuello, dice. Comenzaron con los regresos obligados a la que se suponía era su verdadera patria, pero de la que no les había quedado, por lo menos a él, sino el sabor de la huída, los fantasmas de los muertos, los ecos de una guerra incomprensible y, claro, el vacío del hambre: así los fueron regresando, derechito, a El Salvador, a Honduras, a Guatemala. Otros se quedaron en México y la mara se hizo más fuerte, más grande, otra cosa. Nayeli, su haina [13], estaba embarazada, sin saberlo, de Angelito, mi niño, añade Fredi. Ella salió de los Iunaites con él, en calidad de deportada. Por eso su hijo es salvadoreño, que es bien jodido. Porque a él, le hubiera gustado que naciera en Pico Union, el barrio de inmigrantes centroamericanos en el que creció en Los Ángeles. Sueña con que lo liberan de la cárcel de Guadalajara y él, regresa, con Nayeli y el niño a MacArthur Park, el corazón de Pico Union. ‘Ya sabe, uno anda con el barrio puesto todo el tiempo'".

Fredi narra la extrañeza que le produce su país de origen; sin hablar español, sin parientes vivos en la ciudad de San Salvador, en medio de la geografía de una pobreza que es nueva para él, se hace aún más duro. Rápidamente se enrola en una clica de la Mara Salvatrucha en El Salvador, y entre los controles policíacos y psicológicos a que lo tienen sometido, y el empleo precario para sobrevivir con su compañera y el bebé, Fredi se mete rápidamente en problemas con la Mara 18, que le sentencia una muerte atroz.


Notas:

  • [9]. A partir de una serie de entrevistas (historia de vida) realizadas por quien esto escribe, en coautoría con Cristián Alarcón, elaboramos una crónica para concursar por recursos para investigación en el Primer Premio de Crónicas Seix-
  • [10]. El dueño de un bar que contrata a Fredi como ayudante y le toma cariño. Mexicano y ex-petrolero, pero viviendo en Guatemala, "Don Cato era de Tapachula, mexicano, pero tenía buen rato viviendo en Guate. Había sido petrolero y le había sobrado el dinero, contaba. Por eso, para recuperarse prefería apostar por un sitio como Tecún Umán que resultaba más negocio. En ese punto inicial del recorrido de los migrantes todavía les quedaba dinerito en el bolsillo. En cambio ya en México estaban bien pránganas, bien gastados, you know", describe como un experto migratorio Fredi.
  • [11]. Bebida alcohólica fermentada hecha a base de piña y mezcal.
  • [12]. En argot juvenil "jale" equivale a trabajo, en el argot marero, "jale" equivale a operativo generalmente violento.
  • [13]. El nombre que reciben las mujeres en la mara.
Número de páginas: 4