Pensamiento Iberoamericano
Número 3

Sentido de pertenencia en la juventud latinoamericana: identidades que se van y expectativas que se proyectan

Guillermo Sunkel

CEPAL, Chile

Número de páginas: 3

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La situación cambia al examinar la participación en partidos políticos de las personas que se ubicaron en la escala de posicionamiento político (gráfico 4). En primer lugar, se puede apreciar que la participación en partidos políticos entre quienes se identifican políticamente es notoriamente baja alcanzando sólo un 9% en promedio para América Latina. La participación en partidos políticos está bajo el 10% en trece países de la región, mientras que está sobre ese nivel solo en cinco países. La "distancia" entre los niveles de identificación y de participación política podría ser interpretada como falta de coherencia o de congruencia. En una línea diferente también podría ser interpretada como un rechazo a las jerarquías y las reglas impuestas por los partidos. O bien, podría ser leída en términos de escasez de legitimidad, que es la materia prima esencial para la construcción de la política.

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En seguida, se observa que los jóvenes tienden a participar en partidos políticos en menor medida que los adultos. La distancia en la participación política de jóvenes y adultos es significativa en República Dominicana, Honduras, Paraguay, Colombia, México, Uruguay, Costa Rica y Argentina. Por cierto, todavía hay países en que la edad no es un factor discriminante. Pero es claro que los partidos han dejado de ser una fuente principal de construcción de identidades políticas para las generaciones jóvenes.

Lo anterior implica que los jóvenes tienen un distanciamiento respecto a la institución clásica a través de la cual se establecía el vínculo con un proyecto colectivo y la idea de nación: el partido político. Este distanciamiento frente a la institución es una de las causas centrales del debilitamiento de las identidades políticas.

Una tercera fuente de identidad clásica es la religión. Si bien es anterior a la formación de los Estados nacionales y a los procesos modernizadores, la religión se ha mantenido en América Latina como una de las grandes instituciones que garantiza el lazo social y que provee un marco simbólico clave en la construcción de las identidades sociales. La religión institucional también genera sentido de pertenencia pues la identificación religiosa implica integración a una comunidad de valores y creencias, conocimiento de códigos y de culto, y participación en ritos de comunión.

¿Qué ocurre con los jóvenes actualmente en relación a la identidad religiosa? El Latinobarómetro incluye dos indicadores sobre este tema que son relevantes: uno sobre identificación religiosa y otro sobre práctica religiosa. En primer lugar, se observa (gráfico 5) que hay una alta proporción de jóvenes que se identifica con alguna religión [5]. El promedio para América Latina es del 86% que es levemente inferior a la población adulta (90%). Mayoritariamente, los jóvenes dicen identificarse con la religión católica (promedio del 68% para América Latina), seguida de lejos por la religión evangélica y protestante (18%) y "otras" religiones (2%). Lo relevante es que en todos los países latinoamericanos los jóvenes se identifican con alguna religión en menor proporción que los adultos. La distancia en los niveles de identificación religiosa de jóvenes y adultos es significativa en Uruguay -que es, sin duda el país más secularizado de la región-, Chile y Argentina. Esto significa que en estos países la generación joven ha dado un salto adelante en el proceso de secularización respecto a la generación adulta.

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El segundo indicador muestra otro hecho igualmente relevante, a saber, que sólo una proporción de los jóvenes que se identifican en términos religiosos se define como "practicante" o "muy practicante" (gráfico 6) [6]. Así, mientras el promedio de jóvenes latinoamericanos que se identifica en términos religiosos es del 86%, este se reduce a la mitad en términos de práctica religiosa. La proporción de jóvenes que cultiva prácticas religiosas es significativamente menor a la de los jóvenes que se identifican con alguna religión en todos los países de la región. Pero llega a niveles muy bajos en Argentina (19%), Uruguay (23%), Perú (33%) y Chile (34%). El indicador muestra también que los jóvenes son menos practicantes que los adultos.

Lo anterior implica que hay un distanciamiento frente a la institución a través de la cual se produce el nexo con la religión. El distanciamiento se manifiesta en que la proporción de jóvenes que asiste con frecuencia a prácticas religiosas baja significativamente respecto al nivel de identificación.

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En síntesis, puede inferirse que se ha producido un debilitamiento de los referentes identitarios a través de los cuales se ha elaborado históricamente el sentido de pertenencia -que las referencias comunes han dejado de ser estables- pero que estos no se han disuelto. Por cierto, estos procesos están afectando a otros grupos generacionales también, pero el hecho es que se manifiesta con más fuerza entre los jóvenes, es decir, los jóvenes van a la vanguardia del proceso. Estos procesos señalan un cambio en los modos de identificación hacia una pluralidad de identidades tanto en la dimensión local como en la dimensión global de la pertenencia. Desde el punto de vista de la cohesión social, el desafío es mantener ciertos referentes comunes -que no signifiquen identificaciones totalizantes (homogenizadoras, verticales)- y que a la vez incentiven la diversidad cultural y la pluralidad de identidades.

3. El vigor de las expectativas futuras

¿Tiene el debilitamiento de las identidades clásicas algún impacto sobre las expectativas de futuro? Una hipótesis es que para quienes crecimos cuando los marcos simbólicos de referencia que daban forma a la sociedad eran estables, el debilitamiento de las identidades clásicas introduce incertidumbre sobre el futuro precisamente porque estas eran certezas (o supuestos) sobre las que se construía el futuro. Sin embargo, para los jóvenes que crecieron cuando estos referentes comunes ya se habían vuelto inestables, el futuro no se ve desde el debilitamiento de estos referentes. Por lo tanto, este proceso no merma la confianza ni las expectativas de futuro.

El sentido de pertenencia está asociado a las expectativas de futuro. En efecto, este se verá afectado ya sea que la sociedad genere expectativas de movilidad social y las satisfaga, o bien las genere y luego las frustre, o simplemente no genere expectativas de un futuro mejor, lo cual puede fomentar, entre otros procesos, la emigración en busca de mejores oportunidades. Por otro lado, las expectativas de futuro están mediadas por la percepción de la estructura social. Al respecto, es clave la percepción de si acaso existe igualdad de oportunidades para que los ciudadanos/as puedan surgir. La percepción de que no existe igualdad de oportunidades y, por tanto, de que independientemente del esfuerzo realizado no se podrá surgir, va a generar una visión negativa del futuro.

Para introducir el tema es necesario hacer una breve referencia a los conceptos de estructura de oportunidades, meritocracia y movilidad social. Según Filgueira, todo sistema de estratificación social o estructura social puede ser concebido como una estructura de oportunidades o, lo que es lo mismo, como una distribución de oportunidades para el acceso a posiciones sociales diferencialmente evaluadas (Filgueira, 2007, p. 84). En las sociedades tradicionales que se caracterizan por un alto grado de desigualdad la posición social se asigna por criterios adscriptivos. El proceso de modernización implica la transición a sociedades caracterizadas por el predominio de los "méritos" y los logros respecto de las posiciones laborales disponibles. Estas serían sociedades más igualitarias que han conseguido ampliar el acceso a los beneficios y a las oportunidades del desarrollo.

En la investigación actual sobre los procesos de movilidad social -y bajo el supuesto de que las sociedades son inequitativas- la cuestión clave es determinar si existe o no meritocracia, es decir, si existen posibilidades de acceder a mejores posiciones sociales sobre la base del mérito, que tomen en consideración el esfuerzo y la educación a la hora de reclutar a los trabajadores (Méndez y Gayo, 2007, p. 152). Esta perspectiva es particularmente relevante en América Latina, donde el origen familiar y la pertenencia socioeconómica de las personas sigue siendo un factor determinante de las oportunidades sociales y económicas para progresar en el futuro. El hecho de que las oportunidades educacionales -y en consecuencia, las oportunidades para alcanzar empleos más estables y mejor remunerados- sean en gran parte heredadas es un elemento clave en la reproducción de las desigualdades.

Es posible que sociedades desiguales pero basadas en el principio de la meritocracia sean percibidas como justas, pues dan posibilidades de acceder a mejores posiciones sobre la base del mérito (Méndez y Gayo, 2007, p. 123). El problema para la cohesión social se presenta en sociedades desiguales que no son meritocráticas pues ellas son percibidas como injustas. En el caso de América Latina, la discusión acerca de la meritocracia se asocia al crecimiento y consolidación de las clases medias. Filgueira y Geneletti (1984) señalaban que "las sociedades latinoamericanas se encaminaban a convertirse en sociedades de clase media, sociedades más igualitarias desde el punto de vista de la distribución del ingreso". Estudios posteriores cuestionaron estos argumentos, al reconocer que el crecimiento del trabajo no manual y la expansión del sistema educativo no entregaban mejores oportunidades. Este problema fue descrito como la devaluación educacional, en otras palabras, la incapacidad de nuestras sociedades y economías para absorber trabajadores con mayor educación y ofrecerles mejores condiciones salariales y laborales (Méndez y Gayo, 2007, p. 123).

A la luz de estos elementos, e independientemente de las características estructurales o las pautas de movilidad social en la región interesa preguntarse por las dimensiones subjetivas que este proceso tiene entre los jóvenes. ¿Cuáles son las percepciones que los jóvenes tienen de la estructura social? ¿Existe la percepción de que existen oportunidades para acceder a mejores posiciones sobre la base del mérito? ¿Tienen expectativas optimistas o pesimistas de futuro?

El tema es complejo y no es posible abordarlo de manera exhaustiva aquí. Como aproximación a la percepción de la estructura social y las expectativas de futuro de los jóvenes se consideran dos indicadores incluidos en el Latinobarómetro, a saber: la proporción de jóvenes que esperan mejores condiciones de vida en el futuro y las expectativas de movilidad social intergeneracional.

Un primer indicador sobre las expectativas de futuro es la proporción de personas que esperan mejores condiciones de vida en los próximos cinco años, lo que implica una proyección del sujeto en el mediano plazo y más allá del futuro inmediato. Se trata, sin duda, de una temática central para los jóvenes quienes tienen "mucho futuro por delante". El indicador se construye a partir de las siguientes preguntas: "Imagínese una escala de diez peldaños, donde arriba están las mejores condiciones (10) y abajo las peores (1). ¿Dónde se ubica usted? Y, ¿donde se ubica usted en los próximos cinco años?". El valor final resulta de la resta entre la situación futura y la situación actual.

En primer lugar, se observa (gráfico 7) que una gran proporción de jóvenes latinoamericanos tiene expectativas optimistas de su propio futuro en el mediano plazo. El 75% de los jóvenes latinoamericanos espera tener mejores condiciones de vida en los próximos cinco años que las que tiene actualmente, es decir, tiene expectativas de movilidad social ascendente. La mayor proporción de jóvenes optimistas se encuentra en Brasil, Colombia, Bolivia, Perú, México, Argentina, Uruguay, Costa Rica y Chile. El país donde hay una menor proporción de jóvenes optimistas es El Salvador. La migración de jóvenes desde El Salvador puede ser vista como una forma de enfrentar el futuro ante la ausencia de oportunidades en el propio país.


Notas:

  • [5]. Esto implica que la proporción de jóvenes que se declara atea (o laica) sigue siendo relativamente baja.
  • [6]. "Practicantes" son los sujetos que se definen como creyentes y que asisten con frecuencia a las prácticas religiosas.
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