Pensamiento Iberoamericano
Número 3

Los jóvenes como actores sociales y políticos en la sociedad global

Mª Luz Morán y Jorge Benedicto

Universidad Complutense de Madrid y UNED

Número de páginas: 6

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Todos estos fenómenos se producirían paralelamente a una creciente vaguedad de la identificación con los modelos tradicionales de la ciudadanía nacional. Las formas concretas de este "desanclaje" entre las nuevas generaciones europeas, además de estar insertas en la crisis general del "modelo tradicional de la ciudadanía" (Turner, 2001), son deudoras de las culturas políticas nacionales y de la solidez de las bases de la "construcción imaginada" de cada Estado nación. En el caso español, por ejemplo, donde son bien conocidos los problemas de identidad nacional colectiva que se arrastran desde hace mucho tiempo, la mayor parte de los jóvenes no es capaz de expresar sentimientos de pertenencia nacional claros, apoyándose en elementos de identificación precisos. Necesitan la referencia al "otro", en este caso el inmigrante, para dar sentido a su identidad nacional. Muchos jóvenes se reconocen ciudadanos españoles solamente por oposición a aquellos que no lo son, los inmigrantes (Morán y Benedicto, 2003; Morán, 2003).

Esta ambigüedad de la ciudadanía nacional se completa con la inclusión de los ámbitos locales, regionales y supranacionales como marcos de identidades ciudadanas no mutuamente excluyentes. A este respecto, es necesario hacer dos precisiones. En primer lugar, los jóvenes en Europa otorgan un especial significado al ámbito local como lugar de construcción y puesta en práctica de su "nosotros común". De hecho, los espacios más cercanos -los que comparten con la familia, los compañeros de la escuela y, sobre todo, los amigos- ocupan un puesto destacado en tanto que escenarios donde formar sus identidades ciudadanas. Este peso de la proximidad es muy fuerte en las primeras etapas de la juventud pero, a medida que van convirtiéndose en jóvenes-adultos, se produce una ampliación de los marcos espaciales de referencia de la ciudadanía, y surgen entonces las formalizaciones más o menos difusas de la identidad nacional. La expansión de sus experiencias de vida a través de los viajes, las primeras experiencias laborales, el abandono temporal del domicilio familiar por los estudios, o incluso el derecho al voto están, sin duda, entre los principales factores que explican esta ampliación de los horizontes de la ciudadanía.

En segundo lugar, la extensión de los espacios en los que los jóvenes europeos viven cotidianamente, y su interés e implicación por temas que desbordan las fronteras de los Estados nacionales no se traduce necesariamente en un claro crecimiento de los sentimientos de ciudadanía global. Aunque desdibujada y muchas veces despolitizada, la pertenencia ciudadana se sigue formulando preferentemente en términos nacionales, lo que revela, entre otras cosas, las considerables dificultades para la constitución de una "sociedad civil global". No obstante, se aprecian síntomas de un proceso de cambio que está todavía en sus inicios. Así, por ejemplo, los jóvenes que forman parte de movimientos u organizaciones implicadas en actividades de carácter transnacional utilizan muy a menudo el discurso y las representaciones de la ciudadanía global o cosmopolita para hablar de sí mismos. En este mismo sentido, cabe interpretar el difundido interés entre la juventud europea por los temas ecológicos -formulados incluso en forma de derechos- , que podría considerarse como el germen de la constitución de una ciudadanía ecológica, que inevitablemente rebasa las fronteras de las identidades nacionales (Dobson, 2006).

Estas tendencias generales que se atisban en el horizonte europeo adoptan configuraciones específicas según los diferentes contextos sociopolíticos. Nuevamente utilizaremos el caso español como ejemplo de la importancia de los factores históricos, culturales e institucionales para comprender las representaciones sobre la política y la ciudadanía predominantes entre los jóvenes. Y es que el modo en que los jóvenes españoles conciben su pertenencia e implicación cívicas no puede entenderse sin referirse a la particular construcción histórica de la ciudadanía en España y a sus culturas políticas. Los historiadores nos han ilustrado sobre las dificultades para la construcción de una identidad nacional española capaz de generar sentimientos patrióticos y símbolos de pertenencia comunes (Álvarez Junco, 2001; Pérez Ledesma, 2007). A todo ello, hay que unir la influencia de la transición política española sobre el desarrollo de un sistema político bastante restrictivo, que no fomenta la participación política de los ciudadanos. Como ha sido puesto de manifiesto en varias ocasiones (Benedicto, 2006), el consenso entre las elites favoreció la construcción de un sistema político hegemonizado por los partidos políticos que deja muy pocos resquicios para la implicación ciudadana, más allá de la participación política más institucionalizada. El aumento del asociacionismo cívico a partir de los años noventa del pasado siglo sólo ha logrado cambiar parcialmente este rasgo de nuestra vida pública, lo que se deja traslucir en la debilidad de la dimensión participativa de las culturas políticas de los españoles, y en concreto de los más jóvenes.

Todos los estudios e investigaciones disponibles (Morán y Benedicto, 1995) coinciden en que, desde finales de los años setenta, los principales rasgos de las culturas políticas de los españoles son sustancialmente comparables a los de los países de la "vieja Europa". En concreto, destaca la alta y persistente legitimidad atribuida al sistema democrático, incluso en periodos de crisis económica o en momentos de aumento de las tensiones vinculadas con la construcción del Estado del bienestar o con ciertas reivindicaciones nacionalistas. Al mismo tiempo, los españoles comparten con buena parte de los europeos una creciente desafección política que se refleja en bajos niveles de interés por la política, en una escasa identificación con los partidos políticos y en un débil reconocimiento de la efectividad del sistema político para resolver los principales problemas nacionales. Aún así, es la debilidad de la implicación cívica el rasgo que diferencia más la cultura política de los españoles de la de sus vecinos europeos. En particular, los niveles de afiliación partidista y de asociacionismo son mucho más bajos en España. No obstante, la participación electoral ha sido siempre comparativamente moderada o incluso elevada, por lo que la debilidad del asociacionismo no se ha considerado nunca como un problema político relevante, ni tampoco como síntoma de una supuesta crisis de legitimidad del sistema democrático.

Si nos detenemos ahora un momento a considerar las culturas políticas de los jóvenes en España, el rasgo más sobresaliente es, precisamente, que a lo largo de todo el periodo democrático no han existido diferencias notables con las de los adultos. Como hemos visto ya, las grandes discrepancias entre ambos aparecen en las prácticas reales de participación. Aunque pueda parecer sorprendente dada la popularidad del discurso sobre el "pasotismo" de los jóvenes, cuando se considera su interés por la política, su confianza en las instituciones o la satisfacción con la democracia, las divergencias con los demás grupos de edad no son significativas (Ferrer, 2006).

Los resultados de nuestras investigaciones nos permiten profundizar algo más sobre los significados que los jóvenes españoles asocian a la ciudadanía (Morán y Benedicto, 2003). Para empezar, el hecho de expresar un escaso interés por los asuntos políticos no impide que los jóvenes posean unos niveles de competencia política elevados, entendiendo ésta última como aquel conjunto de capacidades que les permiten considerar la vida pública como algo comprensible. De hecho, sus cotas de información política son notables y manejan con facilidad un vocabulario político bastante especializado. No obstante -posiblemente también al igual que los adultos y en la línea de los jóvenes en Europa- su concepción de la ciudadanía es difusa y, sobre todo, despolitizada. No sólo dan por descontada la existencia de una identidad ciudadana común, sino que la combinan con una difuminación de sus fronteras espaciales y con un sentimiento de extrañamiento de la comunidad de pertenencia. Posiblemente este es el rasgo más característico de los jóvenes españoles.

El acceso a la ciudadanía, y por tanto la posibilidad de convertirse en actor de la esfera pública, se entiende como un proceso inevitable, asociado a la vida adulta y a las responsabilidades que ésta conlleva. Por lo tanto, "todos, antes o después, acabaremos convirtiéndonos en ciudadanos plenos", en la medida en que la ciudadanía se confunde con un desarrollo natural de la integración social (Morán, 2008). Pero, puesto que muchos jóvenes asumen que su identidad común pasa por distanciarse del mundo adulto, retrasando en muchos casos de forma voluntaria su incorporación al mismo, la ciudadanía aparece como algo ajeno a su vida cotidiana. Por ello, a muchos jóvenes les es muy difícil representarse a sí mismos como sujetos activos en la construcción de su propia condición cívica. En buena medida, la integración en el mundo adulto se considera como un proceso sobre el que no tienen nada que decir, sobre el que apenas pueden ejercer ninguna influencia, aunque se conciba como una adaptación individual.

Al igual que los jóvenes europeos en su conjunto, los jóvenes españoles también tienen muchas dificultades para formular un discurso estrictamente político de la condición ciudadana. Incluso aquéllos que tienen experiencias de activismo significativas, no parecen ser capaces de representarse un espacio político en el que articular diferentes visiones de la ciudadanía. Los valores que se asocian a ésta son simplemente los de la civilidad y la urbanidad, que facilitan la vida en común. El ciudadano ideal es, por consiguiente, la persona que cumple con los estilos de vida predominantes en la comunidad, aquéllos que se consideran legítimos y que definen la vida en común. Una concepción extremadamente homogénea de los valores y normas de la ciudadanía que, sorprendentemente, deja poco espacio para la expresión de las diferencias y de los disensos. Al menos en el caso español, este hecho se concreta en una insistencia casi machacona en las virtudes de la igualdad entre los ciudadanos. En los discursos de los jóvenes -y probablemente también en los de los adultos- no aparecen modelos de ciudadanía alternativos que incluyan la diversidad, el desacuerdo o el derecho a la diferencia.

Referencias bibliográficas

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ANGULO, J. (2002). Asociarse los jóvenes ¿para qué? Y los adultos. Madrid. INJUVE.

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BARNES, S. y KAASE S. (1979). Political Action. Beverly Hills. Sage.

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BONTEMPI, M. y POCATERRA, R. (eds.). I figli del disincanto. Giovani e partecipazione politica in Europa. Genova. Bruno Mondadori.


Notas:

Número de páginas: 6