Los jóvenes como actores sociales y políticos en la sociedad global
Mª Luz Morán y Jorge Benedicto
Universidad Complutense de Madrid y UNED
TAMAÑO LETRA
No obstante, el significado de los dos últimos conjuntos de transformaciones sigue sin gozar del acuerdo entre los especialistas, por lo que parece necesario introducir algunas matizaciones. Para empezar, la tendencia de los jóvenes a protagonizar o, al menos, a estar más presentes en las actividades políticas de protesta no es un fenómeno sustancialmente nuevo. Además, según algunos análisis (Caínzos, 2006), no se debe hablar de jóvenes en general participando en actividades de protesta, sino más bien de un tipo en particular: los estudiantes. Por lo tanto, no sería la edad la que influye en una mayor implicación en formas no convencionales, sino más bien la pertenencia a una categoría social específica con una serie de connotaciones que favorecen este tipo de comportamientos. En concreto, se siguen mencionando la falta de responsabilidades sociales y económicas, pero, sobre todo, la mayor disponibilidad de tiempo libre de los estudiantes y la flexibilidad para organizar su tiempo de trabajo. En todo caso, el alargamiento de la etapa en la que los jóvenes se encuentran insertos en el sistema educativo formal afectaría también a este tipo de participación.
En cambio, la creciente utilización de medios de acción tradicionalmente asociados con la “política contenciosa” (boicots, ocupaciones de terrenos o edificios...) sí es un fenómeno nuevo en la vida política europea, así como en la española. Al menos desde inicios de los años noventa, nos encontramos con un creciente número de organizaciones que recurre a estos medios a la hora de expresar demandas de muy diverso tipo (Tartakowski, 2004; Fillieule, 1997; Della Porta y Tarrow, 2005). Esta tendencia es muy fuerte en el caso español en donde, por ejemplo, la manifestación se ha convertido en los últimos años en un medio de acción frecuentemente empleado por un abanico considerable de actores. La normalización de la “política de la calle”, conllevaría también la normalización del actor de la protesta. Es decir, al menos ciertas actividades de protesta implicarían a un número más amplio de personas, incorporando cada vez más a grupos de edad y a categorías sociales y profesionales que hasta hace poco estaban al margen de estas formas de participación política (Van Aelst y Walgrave, 2001; Della Porta y Tarrow, 2005; Norris, 2004). Los trabajos sobre la participación individual en los repertorios de la protesta son todavía escasos, tanto en el ámbito europeo como en el español, pero no obstante ya poseemos suficiente información como para comenzar a matizar nuestra visión de la política de la protesta como un fenómeno esencialmente juvenil (o estudiantil).
Por otro lado, tampoco está tan claro que el aumento del papel de las asociaciones voluntarias en España —un fenómeno notable, sobre todo a partir de los años noventa— pueda considerarse como un fenómeno específico de jóvenes (Ariño y Llopis, 2003; Angulo, 2002). Más bien parece que el creciente interés por cuestiones relacionadas con la política “global”, y la mayor tendencia de los españoles a colaborar con asociaciones de muy distinta naturaleza, están bastante difundidos entre los distintos grupos de edad y en sectores de la población muy diversos. Estos cambios se explicarían más bien debido a la extensión de una política del “estilo de vida”, en la cual las principales motivaciones para la implicación cívica están asociados con el consumo y con los estilos de vida, en mayor medida que con las viejas ideologías o representaciones del mundo, que estuvieron en la base de la constitución de los partidos políticos, o con los temas relacionados con el mundo del trabajo, que dieron sentido al surgimiento de las organizaciones sindicales (Norris, 2004).
No obstante, en el caso español sí se comprueba que los jóvenes tienen mayores probabilidades de implicarse en formas de activismo orientadas a causas concretas (ecológicas, pacifistas, humanitarias, de consumo...). Y, precisamente, este tipo de objetivos son los que animan a todo un conjunto muy heterogéneo de asociaciones (ONGs, movimientos sociales, asociaciones de voluntariado). En consecuencia, hallaremos menos jóvenes en los viejos canales de la vida democrática (partidos políticos, sindicatos), frente a un número mayor que sí se implican en este “nuevo” tipo de organizaciones o asociaciones.
IV. Los significados de la ciudadanía entre los jóvenes
La principal conclusión de esta revisión sobre los debates europeos en torno a la transformación de las pautas participativas de los jóvenes es la imposibilidad de establecer diagnósticos generales que den razón de la variedad y complejidad de sus comportamientos políticos. Porque no se trata sólo de que no se pueda concluir si, como grupo social, son apáticos y desinteresados o si, por el contrario, están atraídos por la política, pero de una forma distinta a los adultos. Según demuestra la investigación aplicada, un mismo joven puede mostrar gran interés político en un momento determinado y ante una cuestión concreta, y posteriormente manifestarse apático y alejado de cualquier tema político. Y es que si algo caracteriza a los jóvenes actuales es que viven en varios mundos políticos a la vez, cuyos significados y representaciones se entremezclan en combinaciones a veces aleatorias y otras sistemáticas. Si en otros terrenos de la vida se habla de la fragmentación de las identidades juveniles, también en el de la política tenemos que acostumbrarnos a hablar de identidades débiles.
Pero, para profundizar algo más en este tema hay que detenerse en las significaciones que adquieren entre los jóvenes las categorías políticas; o, planteado de una manera más general, ver cómo se representan su condición de actores en la escena social y política. Si abordamos esta cuestión, es porque estamos convencidos de que, para comprender las prácticas cívicas, es imprescindible tomar en consideración lo que, para simplificar, denominaremos la dimensión cultural de la ciudadanía: el modo en que los sujetos entienden la pertenencia y la implicación en la comunidad y se representan a ellos mismos como miembros competentes. Unos sujetos que, no debemos olvidar, se encuentran insertos dentro de marcos sociales, políticos, económicos y culturales específicos. Tal y como plantean Jones y Gaventa: “... el modo en que las personas se comprenden a sí mismas como ciudadanos posee muy probablemente un impacto significativo en sus derechos y obligaciones, así como en si participan, en qué forma y por qué” (Jones y Gaventa, 2002: 13).
En nuestros trabajos (Benedicto y Morán, 2004, 2007), hemos defendido que existen dos ejes principales para aprehender estas representaciones de la ciudadanía. En primer lugar, la pertenencia, que remite al modo en que las personas creen que se llega a formar parte de la comunidad y a los términos que sirven para conceptualizarla. El segundo eje es la implicación que reenvía, no tanto a las formas concretas de involucrarse en la comunidad, o a los obstáculos para llevar a cabo este tipo de actividades, sino más bien, al significado que los sujetos atribuyen a la propia implicación.
En comparación con la participación política, los trabajos sobre las representaciones de la ciudadanía entre los jóvenes europeos son escasos. No sólo el binomio ciudadanía-juventud es un tema relativamente nuevo en la investigación sociopolítica, sino que la mayor parte de los trabajos estudian comportamientos concretos de los jóvenes. Todo ello, unido al abandono de las perspectivas más clásicas de la cultura política, explica que contemos con bastante poca información sobre esta cuestión. No obstante, los trabajos realizados por R. Lister y su equipo en Gran Bretaña (Lister et al., 2003), algunas investigaciones sobre distintos aspectos de la vida cotidiana de los jóvenes europeos, junto con los resultados de nuestro propio trabajo, nos permiten plantear algunas consideraciones generales, centradas fundamentalmente en la dimensión de la pertenencia cívica (Benedicto y Morán, 2003).
En primer lugar, no debe sorprender que el modo en que los jóvenes entienden sus identidades ciudadanas como sujetos de derechos y responsabilidades parezca estar íntimamente asociado con las culturas políticas nacionales, e incluso con el impacto de algunos acontecimientos políticos significativos. Por ejemplo, R. Lister y su equipo (2003) destacan que los jóvenes británicos identifican muy fácilmente las obligaciones que conlleva la pertenencia a la comunidad de ciudadanos, pero tienen, en cambio, muchas dificultades para hacer explícitos los derechos asociados con la misma. La sustitución del lenguaje de los derechos por el de las obligaciones y responsabilidades, fomentado inicialmente por el conservadurismo neoliberal thatcheriano y posteriormente por la tercera vía de Blair (recuérdese que una de sus máximas más repetidas en los últimos años ha sido “ningún derecho sin responsabilidad”), parecen haber hecho mella en las nuevas generaciones. Exactamente lo contrario sucede con los jóvenes españoles (y, muy posiblemente también, con sus padres y madres). En este caso, la ciudadanía se asocia casi exclusivamente con la posesión de derechos, entre los que ocupan un lugar muy destacado un amplio abanico de derechos sociales como la educación, la salud e incluso la vivienda. Por el contrario, tienen mucho menos claras las obligaciones de la pertenencia cívica, más allá del pago de impuestos, el voto (concebido, al tiempo, como derecho y como deber) y el mantenimiento de algunas normas básicas de civismo o urbanidad. El modo en que se produjo la transición política, así como ciertos rasgos del sistema político español, ayudan a comprender la singularidad del caso español, como antes las características del discurso político predominante lo hacían con el caso británico (Benedicto y Morán, 2007).
Por otro lado, existen al menos tres campos de estudio sobre los jóvenes europeos que proporcionan informaciones interesantes sobre las formas en que están construyendo sus identidades ciudadanas en los últimos tiempos y, sobre todo, los contenidos que atribuyen a las mismas. Para empezar, hay que referirse a una serie de trabajos que insisten en una traslación desde el ámbito estrictamente político a otras esferas de las vidas cotidianas de los jóvenes en donde se estaría configurando una parte significativa de las identidades juveniles. Nos referimos a aquellas tesis que afirman que las prácticas de ocio y de consumo juveniles son ya referencias importantes para la construcción de los sentimientos de pertenencia de los jóvenes europeos (France, 1998; Vinken, 2003). El peso de las culturas juveniles en España (Feixa y Porzio, 2004) apunta también en la misma dirección. Nos encontraríamos, así, con una tendencia a la despolitización de las identidades ciudadanas o, por plantearlo desde la perspectiva inversa, con una politización de ciertas esferas de la vida social. La debilidad de la ciudadanía nacional y de las formas tradicionales de la pertenencia cívica tendría un cierto contrapeso debido a la difusión de sentimientos de un nosotros común entre los jóvenes, construido a través de ciertas formas de consumo y de ocio compartidas.
Al mismo tiempo, se habla del aumento del peso de algunas formas tradicionales de identificación colectiva entre los jóvenes europeos. Nos estamos refiriendo a trabajos que destacan la creciente presencia de identidades étnicas o religiosas entre éstos (Tietze, 2002; Hussain y Begguley, 2005). Unas identidades que, aparentemente, habían sido puestas en un segundo plano por las generaciones adultas y que, en algunos casos, están en la base de nuevas formas de activismo político. Una de las cuestiones sometida en estos momentos a debate es en qué medida este tipo de identidades pueden llegar a formar parte de una concepción democrática de la ciudadanía.
Todos estos fenómenos se producirían paralelamente a una creciente vaguedad de la identificación con los modelos tradicionales de la ciudadanía nacional. Las formas concretas de este “desanclaje” entre las nuevas generaciones europeas, además de estar insertas en la crisis general del “modelo tradicional de la ciudadanía” (Turner, 2001), son deudoras de las culturas políticas nacionales y de la solidez de las bases de la “construcción imaginada” de cada Estado nación. En el caso español, por ejemplo, donde son bien conocidos los problemas de identidad nacional colectiva que se arrastran desde hace mucho tiempo, la mayor parte de los jóvenes no es capaz de expresar sentimientos de pertenencia nacional claros, apoyándose en elementos de identificación precisos. Necesitan la referencia al “otro”, en este caso el inmigrante, para dar sentido a su identidad nacional. Muchos jóvenes se reconocen ciudadanos españoles solamente por oposición a aquellos que no lo son, los inmigrantes (Morán y Benedicto, 2003; Morán, 2003).
Notas:


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