Pensamiento Iberoamericano
Número 3

Los jóvenes como actores sociales y políticos en la sociedad global

Mª Luz Morán y Jorge Benedicto

Universidad Complutense de Madrid y UNED

Número de páginas: 6

BUSCAR



TAMAÑO LETRA



Paralelamente, existe otro argumento que insiste más en la vinculación entre los procesos de integración de los jóvenes y su implicación cívica. Aunque pocas veces expuesto de manera explícita, tras él subyace una concepción bastante conservadora de la juventud, puesto que la considera como un grupo proclive a poseer actitudes y llevar a cabo comportamientos socialmente desestabilizadores en potencia. La etapa juvenil, asociada a la ausencia de responsabilidades, se convierte en inevitablemente combativa; pero, a medida que se produce la integración del joven en el mundo de los adultos, disminuirá su carga de conflicto. Dentro de este marco de razonamiento, el fomento de la participación de los jóvenes se entiende como un modo más de incorporarlos a la vida en común. Así pues, la implicación cívica no se vincula con un ideal normativo de ciudadanía sino que se presenta como un mecanismo de mantenimiento del orden social.

En cualquier caso, tampoco debemos perder de vista que la controversia sobre cómo participan políticamente los jóvenes y cómo se diferencian de las generaciones predecesoras no ha perdido actualidad en Europa y Estados Unidos en los últimos cuarenta o cincuenta años. Ya a finales de los años sesenta o comienzos de los setenta, los investigadores destacaron el gran peso de dos variables en los distintos modos de implicación en la vida pública: la edad y el nivel de estudios (Barnes y Kaase, 1979). El análisis sociopolítico pluralista sentó entonces dos tesis que siguen comprobándose en la actualidad. Primero, concluyó que el comportamiento político convencional (el voto, la afiliación partidista, el apoyo financiero a los partidos…) mantiene una correlación positiva con la edad. Es decir, los jóvenes van aumentando paulatinamente su presencia en dichas actividades a medida que se convierten en “jóvenes- adultos” [3], de tal manera que la juventud podría ser conceptualizada como una etapa de preparación para la vida política adulta. En segundo lugar, se comprobó que el potencial de implicación en la política “no convencional” —en actividades de protesta, por emplear un término más actual— es siempre más alto entre los jóvenes. Ello explica su mayor peso en las distintas formas de acción política no convencional (manifestaciones, marchas, ocupaciones, boicots…). En todo caso, a medida que aumenta su edad —tal y como anhelaba la tesis de la integración social antes mencionada— disminuye este potencial de protesta.

A pesar del énfasis en las diferencias de los comportamientos políticos de los jóvenes, los pluralistas mantuvieron siempre la confianza en una inevitable “normalización” de sus pautas de implicación a medida que fuera aumentando su edad. Es decir, la singularidad de los comportamientos juveniles se explica simplemente por un efecto del ciclo vital, por el tipo de experiencias que se corresponden con este momento de la vida, marcado, sobre todo, por la ausencia de responsabilidades sociales claras (Schlozman et al., 1999). Así, los jóvenes pueden “permitirse el lujo” de implicarse en actividades alternativas de protesta, pero a medida que vayan incorporándose al mundo de los adultos y experimenten las situaciones que definen a estos últimos —trabajo, familia propia, hogar independiente...— se incorporarán a los estilos tradicionales de la vida política democrática. A su vez, serán sustituidos en la política de la protesta por las nuevas generaciones de menor edad.

En las últimas décadas, sin embargo, las explicaciones basadas en el ciclo vital están dejando paso a nuevas explicaciones de la singularidad de la participación juvenil centradas en los efectos generacionales. El reconocimiento de la incorporación a la vida política nacional e internacional de unos “nuevos” actores que introducen “otras maneras de hacer política”, junto con el debatido impacto de la globalización en la constitución de una esfera política global o transnacional, son algunos de los argumentos esgrimidos por un buen número de autores —con distintos énfasis y desde diferentes perspectivas teóricas— para afirmar que se están produciendo transformaciones muy profundas en la implicación cívica (Inglehart, 1991; Inglehart y Welzel, 2006; Norris e Inglehart, 2004). Una serie de cambios que no sólo estarían afectando a los jóvenes, pero que sí serían más visibles entre ellos. En este caso, la tesis planteada es que las generaciones más jóvenes se han visto particularmente golpeadas por este conjunto de cambios —económicos, sociales y culturales— que repercuten de forma profunda y, sobre todo, duradera en el modo en que establecen sus relaciones con la esfera de la política. Si en un futuro cercano se mantiene la fuerza de este fenómeno, significaría que sus efectos son perennes, y nos enfrentaríamos a una “nueva política”, definida por una pérdida relativa del peso de la vida política convencional, por una interconexión entre los ámbitos nacionales, regionales, locales y supra-nacionales de la política, por nuevas formas de activismo político, por unas demandas mucho más vinculadas a causas específicas, y por un tipo de organizaciones muchas más laxas basadas en identidades heterogéneas (Della Porta y Tarrow, 2005) [4].

El debate sobre el alcance real de las transformaciones de las formas de implicación cívica de los jóvenes sigue abierto y, a pesar de que contamos ya con un volumen notable de evidencia empírica sobre los distintos países europeos, sus resultados no permiten hasta el momento comprobar de forma definitiva ninguna de las dos tesis. En una reciente investigación comparativa europea en la que participaron o c ho mil jóvenes de ocho países europeos (Austria, Estonia, Finlandia, Francia, Alemania, Italia, Reino Unido y Eslovaquia) [5] se pone precisamente de manifiesto la imposibilidad de realizar diagnósticos generales, más aún si tenemos en cuenta la diversidad de los contextos políticos y culturales que hacen que unas formas de participación tengan mayor relevancia entre los jóvenes de unos países que entre los de otros.

Pero, más allá de la discusión sobre la evolución de las diversas formas de participación y su vinculación con los distintos grupos de edad, la cuestión más general que importa clarificar es la de las relaciones de los jóvenes con el mundo de la política y ahí nuevamente reaparecen las controversias. Por un lado, tenemos a todo un grupo de autores y trabajos que consideran que los jóvenes son el grupo más afectado por la desafección y el alejamiento de la política democrática tradicional. En todos los países europeos, con escasas diferencias, son ellos quienes se abstienen más en las elecciones, se afilian menos a los partidos políticos y poseen sentimientos de identificación partidista más débiles. Con estos datos, constantes en las últimas décadas, se elabora un diagnóstico contundente: la apatía y alienación política se extienden entre amplios sectores de la juventud. Un mal que se difunde entre las democracias europeas, que los más radicales interpretan como augurio de su grave crisis de legitimidad.

No obstante, existe otro notable conjunto de trabajos que, frente a la tesis de la despolitización de la juventud, aducen que las evidencias empíricas no son tajantes al respecto y que hay datos que apuntan en la dirección opuesta. Así, por ejemplo, según los resultados del citado estudio EUYOUPART, más de la mitad de los jóvenes alemanes entre quince y veinticinco años dice estar muy o bastante interesado en los temas políticos, el 71% de los jóvenes italianos reconoce su cercanía a algún partido político o, en épocas de confusión ideológica, el 42% de los italianos declara compartir la orientación ideológica de sus padres (Bontempi y Pocaterra, 2007). Como afirman los autores del informe cualitativo del estudio, “las tesis antes mencionadas que sugieren una despolitización de la juventud aparecen hoy menos convincentes” [6]. Pero no se trataría solamente de una discrepancia sobre las evidencias empíricas que unos y otros utilizan sino de un planteamiento más de fondo, según el cual entre un buen número de jóvenes europeos se detecta un nuevo tipo de politización, en el que las categorías políticas cambian de significado. La política, entendida como intervención en los asuntos colectivos, abandonaría cada vez más los campos regulados institucionalmente para trasladarse a ámbitos relacionados con la solidaridad social, la vida cotidiana, el ocio... (Vinken, 2003). De esta forma, la juventud europea sería el actor clave en la construcción de una “nueva” política democrática. Los datos en los que se basan para fundamentar esta idea son numerosos, al tiempo que dispares. Entre los más relevantes, están su presencia en los movimientos sociales, ONG y diferentes formas de asociacionismo, y su visibilidad en los nuevos repertorios de la protesta y de la implicación cívica. Junto a ello, se reconoce que algunos grupos de jóvenes, expertos en el manejo de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (NTIC), están contribuyendo no sólo a renovar los medios de acción política, sino también a incorporar demandas innovadoras y a establecer nuevas redes de implicación ciudadana, muchas de ellas de ámbito transnacional.

En definitiva, el indudable distanciamiento de los jóvenes europeos de las esferas e instrumentos de la política democrática tradicional no debería interpretarse tanto en términos de crisis de legitimidad, sino como un movimiento de renovación democrática que hunde sus raíces en un conjunto de profundas transformaciones sociales y culturales, cuyas consecuencias últimas todavía no estamos en condiciones de determinar. Lo que sí parecería claro es que avanzamos hacia una nueva política del “estilo de vida” o de “la elección”, frente a la antigua política de la “lealtad” (Norris, 2004).

Este análisis global de la politización de la juventud europea debería completarse incorporando los contextos político-culturales en los que se produce. Como mencionábamos anteriormente, las tradiciones culturales, los factores institucionales y las determinaciones estructurales establecen las condiciones en que los jóvenes llegan ser sujetos políticos en cada contexto nacional. Un buen ejemplo al respecto es el caso español al que vamos a referirnos —aunque de manera breve— a continuación.

Uno de los puntos de conformidad de los recientes trabajos sobre las diferentes formas de participación de los jóvenes es que las diferencias entre sus comportamientos y los de los adultos son mucho mayores de lo que cabría esperar dadas las similitudes de sus culturas políticas y visiones de la ciudadanía. No obstante, persiste el desacuerdo sobre las consecuencias de dichas divergencias en la vida democrática española.

Para empezar, cabe recordar que, en España, sus niveles de participación política convencional son sensiblemente menores que los de los adultos, al igual que en Europa. Algunos trabajos han señalado, no obstante, que existe una singularidad del caso español que contribuiría a explicar esta distancia. Se argumenta que las actuales generaciones adultas seguirían marcadas por el entusiasmo que provocó la transición española, que vivieron durante su juventud. Un “efecto de periodo” que continuaría influyendo en sus pautas de implicación política, frente a las generaciones inmediatamente posteriores, influidas por una generalizada desafección política —un desencanto— ante la normalización de la vida democrática “rutinaria”, pero también como consecuencia de algunos de sus déficits. De aquí que, en todas las actividades asociadas con la política electoral, la presencia de los jóvenes sea mucho menor que la de los adultos. Deberemos esperar todavía unos años para comprobar si este alejamiento de la política convencional de las primeras generaciones nacidas en democracia se atenúa a medida que se incorporan a la vida adulta —el habitual “efecto de ciclo vital”— o si nos enfrentamos realmente a un “efecto generacional” significativo.

Un segundo rasgo específico del comportamiento político de los jóvenes españoles es que éstos están más presentes en la “política de la protesta”. Algunos trabajos publicados en los últimos años (Caínzos, 2006; Morales, 2005; Jiménez, 2006), comprueban que los jóvenes participan más que los demás grupos de edad en manifestaciones y también son más activos en las organizaciones y actividades de la “política alternativa”. Este hecho explicaría una tercera característica de la implicación cívica juvenil: el abandono de las organizaciones convencionales de la vida democrática a favor de otro tipo de asociaciones menos burocratizadas e institucionalizadas, con mayor capacidad para responder a sus intereses y demandas.


Notas:

  • [3]. En sentido estricto, la relación entre edad y este tipo de participación política adopta una forma curvilínea. Aumenta progresivamente a medida que los jóvenes se van haciendo adultos, alcanza su máximo en la edad adulta (35-60 años) y, a partir de ese momento, disminuye en los grupos de la tercera edad. Con algunas pequeñas diferencias según los países, ésta es la pauta que define la participación política convencional de los sistemas democráticos en las “sociedades avanzadas”.
  • [4]. Existe otra tercera explicación de la relación entre edad y participación, denominada “efecto del periodo”. Puesto que es marginal para nuestro argumento, simplemente diremos que afirma que ciertos acontecimientos históricos muy
  • [5]. La investigación financiada por la Comisión Europea se denomina: “EUYOUPART Political Participation of Young People in Europe - Development of Indicators for Comparative Research in the European Union”. Una extensa
  • [6]. Véase en la website del proyecto “Comparative report on qualitative research findings”.
Número de páginas: 6