Pensamiento Iberoamericano
Número 3

Los jóvenes como actores sociales y políticos en la sociedad global

Mª Luz Morán y Jorge Benedicto

Universidad Complutense de Madrid y UNED

Número de páginas: 6

BUSCAR



TAMAÑO LETRA



Precisamente, esta ausencia de contornos definidos es uno de los rasgos claves de la condición juvenil en esta segunda modernidad. En la visión tradicional de la sociedad moderna industrial, los roles asociados a la edad estaban claramente establecidos, de tal forma que el estatus de adulto poseía una serie de significados sociales, económicos y políticos bien delimitados. Se sabía socialmente cuándo alguien llegaba a ser adulto y cuáles eran los caminos que los jóvenes tenían que seguir para obtener ese estatus y abandonar la condición -siempre provisional- de joven. En último término, el objetivo central de todo el proceso era la emancipación. El joven que lograba emanciparse, ante todo gracias a su integración en el mundo del trabajo y a los recursos económicos que le proporcionaba, se convertía automáticamente en adulto y, por tanto, en ciudadano. De ser considerado una persona en formación, alguien en busca de su lugar social, pasaba de forma natural a miembro de la sociedad, con sus responsabilidades privadas y públicas. Pues bien, esta situación, que ha moldeado durante décadas la experiencia de los jóvenes y que al mismo tiempo ha orientado la labor de los poderes públicos, se ha transformado considerablemente en las últimas décadas en las sociedades postindustriales.

Las transiciones juveniles se hacen cada vez más y más complejas. El alargamiento de la juventud antes mencionado no sólo las dilata en el tiempo, sino que favorece la aparición de rupturas en el interior de los procesos preestablecidos y previsibles de las generaciones anteriores, y en la sincronía temporal entre unos procesos y otros. Acabar los estudios, entrar en el mercado de trabajo e iniciar una vida en pareja ya no son hitos concatenados en un proceso lineal de la emancipación que conduce a la vida adulta, sino que, en muchas ocasiones, se convierten en acontecimientos puntuales, transitorios. Aparecen como episodios reversibles de un trayecto biográfico complejo, en el que todas estas cuestiones se entremezclan en una especie de red donde los determinantes estructurales ejercen una influencia fundamental, aunque no tan decisiva como en etapas anteriores (Furlong y Cartmel, 1997). En consecuencia, ya no está tan claro qué es ser adulto, ni qué significa dicho estatus; de ahí que la emancipación, entendida como base necesaria para la existencia de individuos autónomos e independientes, deje de ser la clave alrededor de la que gira todo, y pierda parte de su razón de ser (López Blasco, 2005).

La lógica lineal y evolutiva de la emancipación, que llevaba por senderos conocidos desde la dependencia a la independencia (básicamente económica), y que constituía el prerrequisito de la autonomía, se ha visto sustituida por una serie de procesos de desarrollo más incierto, relacionados entre sí de manera reticular, que facilitan a los jóvenes la adquisición de los recursos y competencias necesarias para convertirse en sujetos autónomos, capaces de gestionar sus propios proyectos vitales y de asumir responsabilidades colectivas. Así, dependencia y autonomía dejan de ser dos conceptos y realidades excluyentes entre sí, para combinarse en una amplia gama de posibilidades (Cicchelli, 2001). El resultado es la proliferación y diversificación de experiencias juveniles, que permiten coexistir de manera no conflictiva las trayectorias más clásicas -donde emancipación familiar, independencia económica y autonomía personal forman un todo inseparable- con las más desestandarizadas en las que prima la elección individual y el desarrollo de la autonomía (Du Bois-Reymond, 1998). Junto a ambos extremos, nos encontramos con múltiples trayectos biográficos en los que los jóvenes utilizan las posibilidades que les ofrecen las situaciones de semi-dependencia en las que viven para gestionar sus proyectos vitales y ensayar diversas formas de integrarse en la sociedad, afrontando los obstáculos estructurales que dificultan su acceso a posiciones de protagonismo social y su construcción como sujetos autónomos.

La importancia concedida a la biografía como espacio de realización de la autonomía se ve favorecida por el actual contexto de individualización. Un contexto éste donde las decisiones individuales priman sobre la aceptación acrítica de las normas sociales; la erosión de los códigos tradicionales de conducta legitimados y transmitidos por las agencias de socialización juega en favor de un pluralismo valorativo en el que predomina la libertad de los individuos para elegir el curso de sus vidas. Pero, al tiempo, no debe olvidarse que individualización no implica necesariamente individualismo, en el sentido de aislamiento. Por una parte, uno de los rasgos de la juventud actual es la importancia que conceden a las relaciones con los iguales y, sobre todo, con los amigos, que constituyen el principal ámbito de sociabilidad. Por otra parte, la búsqueda de autorrealización personal predominante entre muchos jóvenes es compatible con diferentes formas de compromiso social, tal y como muestran una y otra vez los trabajos sobre la implicación de los jóvenes en cuestiones relacionadas con la solidaridad cívica, la ayuda a los desfavorecidos, las causas medioambientales...

Pero la individualización también hace más compleja e incierta la tarea de los jóvenes de construir su propia autonomía, especialmente entre los sectores más vulnerables social y culturalmente. En efecto, el progresivo debilitamiento de la transmisión intergeneracional de las identidades personales y sociales, la valoración de la autoproducción biográfica basada en la decisión y responsabilidad individual como rasgo fundamental de la autorrealización personal, o la dificultad de prever los resultados de los procesos de transición juvenil debido a la pérdida de influencia relativa de las posiciones estructurales de partida y a la mayor complejidad de las mismas introducen grandes dosis de incertidumbre e inseguridad en los individuos implicados. En la sociedad industrial, las restricciones que entrañaba nacer en una familia concreta y tener un determinado historial formativo o laboral -es decir, realizar una transición a la vida adulta con un recorrido previsible y pocas posibilidades de elección- se veían, en parte, recompensadas por la seguridad y certidumbre que proporcionaban las instituciones y agentes de socialización. La situación en las actuales sociedades postindustriales está, en cambio, dominada por las contradicciones. Se abren muchas más posibilidades para la conquista de la autonomía individual, pero, al mismo tiempo, también aparecen muchos más riesgos de tomar caminos equivocados, al carecer de guías de acción sancionadas socialmente. Es más probable perderse ante las dificultades de un entorno socioeconómico que empuja a los jóvenes a mantenerse en una eterna juventud sin asumir responsabilidades, a cambio de no presionar para integrarse en las posiciones centrales de la vida adulta. La promesa de autorrealización personal que acompaña la individualización se puede tornar en riesgo de aislamiento frente a los otros y a la sociedad en su conjunto. Ello refuerza las orientaciones negativas hacia la situación actual y futura del mundo en el que viven (Stellinger, 2008), su alejamiento de las cuestiones colectivas y su reclusión en el ámbito de sus vidas privadas.

En último término, la incertidumbre se ha convertido en un rasgo consustancial a las sociedades postmodernas, que tiene una especial repercusión en las nuevas generaciones, cuyos miembros quieren reconocerse como sujetos autónomos, capaces de manejar sus vidas, de tomar decisiones al respecto, pero también de sentirse parte de una comunidad más amplia. Para conseguir este objetivo, los jóvenes experimentan con diferentes conductas y tipos de relación en todos los órdenes de sus vidas (afectos, estilos de vida, implicación cívica, participación política...); a menudo, no siguen los patrones tradicionales y, en ocasiones, se enfrentan abiertamente a las pautas predominantes en la sociedad adulta. De esta manera, los jóvenes europeos van dando forma a sus identidades personales, sociales y políticas, en una dialéctica entre continuidad y experimentación (Muxel, 2001), entre integración y autonomía, en la que se mezclan y entrecruzan significados procedentes de distintos universos simbólicos. El éxito en esta tarea exige mayor esfuerzo y entraña más riesgo que en generaciones anteriores, pero también las posibilidades que se les abren son mucho mayores.

III. Los jóvenes como sujetos políticos: la implicación cívica de los jóvenes europeos

Como hemos visto en las páginas anteriores, el modo en que los jóvenes actuales se convierten en actores significativos de la vida política y social se ha convertido en un tema relevante para la investigación sociopolítica europea más reciente. Uno de los principales interrogantes es si se está retrasando la constitución de los jóvenes como sujetos políticos activos de sus comunidades de pertenencia. Es decir, se trata de dilucidar si nos encontramos ante sectores cada vez más numerosos de jóvenes que se posicionan ante la vida política como meros espectadores, durante un periodo cada más largo de sus trayectorias vitales. Si ello fuera así, conllevaría una inevitable dilación de la implicación cívica, tanto en términos de ejercicio efectivo de derechos y responsabilidades ciudadanas como de participación real en los asuntos públicos. Una situación como ésta obligaría a sopesar, ante todo, los "costes" de este retraimiento para la buena salud de los sistemas democráticos. Pero, además, llevaría también a pensar en la influencia de este alejamiento en los procesos más generales de su integración social.

El presunto abandono de la juventud de las actividades tradicionalmente asociadas a la vida democrática se ha convertido, al menos desde los años ochenta, en un eje de los debates públicos que han acompañado al diseño y aplicación de políticas públicas destinadas a la juventud. El reto al que se han enfrentado políticos y responsables públicos ha sido crear mecanismos institucionales adecuados para que sus apelaciones a un mayor compromiso con los asuntos colectivos dejen de ser meras declaraciones retóricas sin efectos prácticos en el comportamiento de las nuevas generaciones. Esta creciente preocupación explica, por ejemplo, que durante los años noventa, y también en la década actual, se hayan puesto en marcha en diferentes países europeos programas de formación cívica. Descansan en la idea de que sólo se lograrán estímulos necesarios para actuar en la esfera pública si aumenta el conocimiento político así como las competencias necesarias para ser un ciudadano activo; dicho de otra manera, el mejor antídoto contra la indiferencia y apatía política de los jóvenes es la educación cívica en las escuelas.

No obstante, uno de los problemas a los que se enfrentan los poderes públicos a la hora de diseñar soluciones institucionales para afrontar las cuestiones relacionadas con la implicación cívica juvenil es la ausencia de un consenso entre los especialistas en sus diagnósticos e interpretaciones, a pesar del gran número de investigaciones que se han dedicado a este tema en los últimos años.

Pero, antes de profundizar en las diferentes interpretaciones sobre esta participación, conviene detenerse brevemente para tratar de responder a una pregunta inicial: ¿por qué, sociólogos y politólogos, estamos tan interesados en este tema? ¿Qué explica que nos preocupe tanto que los jóvenes participen o no en la vida pública? (Funes, 2006). Para contestarla, debemos recordar que existen dos principales argumentos que inspiran los trabajos en este campo. El primero se vincula con el republicanismo cívico (Olfield, 1990). Éste considera la juventud como el periodo clave para la socialización política, aquel proceso que garantiza la adquisición de los valores y capacidades que definen al ciudadano pleno. Además, es también el momento en el que deben producirse las primeras experiencias participativas. Por ello, la participación política juvenil se convierte en una de las piezas clave de un postulado normativo de ciudadanía que le otorga un valor central no sólo como medio de contribuir al logro del bien común, sino esencialmente como instrumento de creación del "buen ciudadano".


Notas:

Número de páginas: 6