Pensamiento Iberoamericano
Número 3

De las políticas de transición en Europa a las clases de transiciones y transciones de clase en España

Lorenzo Cachón Rodríguez

Universidad Complutense de Madrid

Número de páginas: 4

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El aumento del nivel educativo de la población activa, conjuntamente con otra serie de factores, ha producido un incremento del "nivel de aceptabilidad" de los trabajadores españoles que está en la base de la constitución de la "España inmigrante" (Cachón, 2002). A esto hay que unir el efecto que ha tenido sobre el mercado de trabajo el comienzo de la llegada al mismo, a partir de los primeros años noventa, de las cohortes de población nacidas desde mediados de los años setenta, en que comienza un proceso de reducción notable de la tasa de fecundidad (que se ha mantenido hasta final del siglo), y que ha reducido las cohortes nacidas en España desde los cerca de setecientos mil nacimientos anuales a mediados de los años setenta, hasta los (poco más de) trescientos cincuenta mil a mediados de los años noventa, en que comenzó un ligero aumento del volumen anual de nacimientos. En esos veinte años (de mediados de los años setenta a mediados de los años noventa) las cohortes de población se han reducido a la mitad. Además, las tasas de actividad de los jóvenes menores de veinte años se han reducido en este mismo periodo de modo notable, con lo cual la población activa de este grupo de edad se ha reducido drásticamente.

Estos jóvenes se concentran, como hemos mostrado en otros trabajos (véase Cachón, 2000), en los mismos sectores que ocupan a las tres cuartas partes de los inmigrantes con permiso de trabajo. Su "tasa de concentración relativa" [2] es superior a 1 (indicando, por tanto, una sobre-representación de los jóvenes de 16- 19 años) entre los varones en Hostelería (2,2), Construcción (1,6), Agricultura y Pesca (1,6), Industrias manufactureras (1,2) y Comercio (1,1), y entre las mujeres en Industrias manufactureras (1,8), Construcción (1,7), Hostelería (1,7), Servicios a la comunidad (1,7), Personal doméstico (1,3), Comercio (1,3) y Agricultura (1,2). Estas ramas de actividad han sido clasificadas como un segmento "secundario" (Álvarez, 1996) y como "menos deseables" por sus condiciones de trabajo (Cachón, 2002). Similar concentración de jóvenes se puede describir para algunos grupos ocupacionales. A grandes rasgos se puede decir que los jóvenes tienen una mayor presencia relativa en los mismos sectores en los que se concentran los inmigrantes y que la disminución de los jóvenes activos autóctonos seguirá atrayendo más fuerza de trabajo en esas ramas de actividad. Esto apoya la existencia de un efecto "polarización" (sectorial y ocupacional); pero este efecto no excluye la existencia de otro efecto de "gestión diferencial", llevada a cabo sobre todo a través del diferente uso empresarial de la contratación temporal, que forma un componente clave en las estrategias y en las prácticas empresariales de gestión de la mano de obra, gestión diferenciada por diversos criterios (tanto de oferta como de demanda).

Diversas investigaciones han puesto de manifiesto la existencia de un importante fenómeno de "sobreeducación" en los primeros empleos que luego tendería a disminuir en empleos posteriores, alcanzando posiciones más "adecuadas" con el nivel educativo. Las conclusiones expuestas en este terreno por García Espejo, Gutiérrez e Ibáñez (1999), a partir de un estudio sobre los jóvenes asturianos, se pueden extender al conjunto de España. Se produce un cierto predominio de la "lógica de colas" que se concreta en varios tipos de fenómenos: en el importante papel que juegan las credenciales educativas en la obtención rápida de un empleo y en el acceso a primeros empleos de mayor potencial de aprendizaje; en el desplazamiento que los titulados de formación profesional de segundo grado y universitaria hacen de los jóvenes con niveles educativos inferiores en su competencia por los empleos menos cualificados; en las mayores dificultades de las mujeres jóvenes para estabilizarse y promocionar; y en el hecho de que la cantidad de experiencia laboral acumulada en los segmentos poco cualificados resulte casi el único factor que influye positivamente en su estabilización laboral. La extensión del trabajo temporal es una manifestación -quizás la más relevante- de la transformación de la norma del empleo "fordista" tradicional en España. Aunque no es un fenómeno juvenil, su incidencia sobre los jóvenes es considerablemente superior a la que tiene sobre los colectivos de mayor edad. A pesar de ello, no parece que la situación de temporalidad que viven los jóvenes sea una trampa en la que van a estar permanentemente atrapados sino que, como señalan Malo y Toharia (1999), "existe un patrón de integración en el empleo fijo similar, aunque quizás algo más lento, al de generaciones anteriores". También aquí se produciría un paso de las situaciones de "precariedad" propias de los contratos temporales a una "estabilización" progresiva. Pero antes de que se produzca esa integración los jóvenes pasan por un periodo de transición profesional más tardío, largo, complejo y precario del que atravesaban sus predecesores.

III. La transición a la vida activa en España

Para entender el papel que el "sistema de transición profesional" tiene en la (re) construcción de lo que entendemos como "juventud", hay que repasar brevemente sus características. Se suele hablar de "inserción profesional" como sinónimo de entrada en la vida activa, de acceso de los jóvenes al empleo, de paso de la escuela al trabajo o del sistema educativo al mercado laboral. Pero conviene recordar que los procesos de inserción profesional no se refieren ni se articulan sólo con los jóvenes. Afectan también, por ejemplo, a las mujeres que se incorporan tardíamente a la actividad económica mercantil, a las mujeres y a los varones que se (re)incorporan al empleo después de periodos largos de desempleo, o a los inmigrantes que comienzan a trabajar en un mercado laboral distinto a aquel en el que se formaron.

Se puede discutir el sentido más común que se da a la expresión "inserción" que, desde una óptica individualista, parece querer apuntar hacia la consecución por el trabajador de un estatus (relativamente) "estable" en el mercado laboral. Así se formula también en el enunciado intencional que explicitan algunas medidas de política de empleo. Aunque no hay un término que haya alcanzado una aceptación generalizada para describir este campo, parece más adecuado hablar de "transición profesional" porque, como señala Rose (1987), corresponde acertadamente a la idea de un tránsito, de un estado intermedio que tiene una cierta duración, que sufre la influencia de la situación precedente y prefigura la situación futura. Esta expresión evoca una gran diversidad de formas de paso, paso que puede ser más o menos estrecho, limitado o seguro y recoge la idea de un desplazamiento, de un movimiento y también de cierta acción exterior.

La transición profesional emerge con fuerza como un problema social con la crisis de los años setenta. No porque antes no existiera un paso (relativamente) incierto, sobre todo para algunos colectivos obreros o con baja cualificación, de la escuela a la vida activa, sino porque desde el inicio de la crisis se producen cambios muy significativos que "problematizan" todo el proceso. "La inserción ha sido considerada durante mucho tiempo como una especie de fase, breve y neutra, entre dos momentos diferenciados de formación y de empleo, como un tiempo de incertidumbre antes del acceso a la estabilidad profesional. En la actualidad, como consecuencia de las transformaciones debidas a la crisis, aparece cada vez más como un proceso de alternancia de periodos de paro, de empleos precarios, de formación y de vueltas al paro" (Bouffartigue, Lagree y Rose, 1989).

Desde finales de los años setenta, comienzan a producirse cambios relevantes en el proceso de transición profesional de los jóvenes en España que van -en general- en una dirección similar en el conjunto de los países desarrollados:

• Se retrasa el inicio del proceso de transición profesional por el alargamiento de la escolarización: consecuencia tanto de la ampliación de los sistemas educativos como del retraimiento a la incorporación a la vida activa debido a las dificultades de encontrar empleo y al endurecimiento de las condiciones de competencia entre trabajadores por el empleo.

• Se alarga la duración del proceso de transición profesional: ha pasado de ser un proceso relativamente corto antes de la crisis a prolongarse considerablemente desde entonces. Aunque sea difícil, antes y ahora, "decidir" cuando finaliza la transición profesional. Con esto se "alarga" la edad juvenil. Hay autores que hablan de "juventud prolongada"; podríamos decir que para algunos trabajadores, desde este punto de vista, se produce una "juventud interminable".

• Se ha complejizado la transición profesional por la multiplicación y reiteración de diversos estatutos o posiciones: se entrecruzan etapas de formación, de prácticas profesionales no laborales, de pequeños trabajos, de empleos precarios, de contratos con empresas de trabajo temporal, de contratos laborales llamados formativos, de trabajos no declarados o sumergidos, de periodos (más o menos largos) de paro; y el ciclo recomienza: pero no necesariamente por el principio ni siguiendo las mismas etapas que en la fase anterior.

• Se ha precarizado el proceso: puesto que no está claro que sea un camino que conduzca a alguna de las partes todavía estables y centrales del mercado de trabajo (como los mercados profesionales o los mercados internos de las empresas). El proceso de precarización se radicaliza cuando se difumina el (supuesto) final del proceso: ¿cuándo se consigue un empleo estable?

• Se ha consolidado como un periodo diferenciado del ciclo vital de los individuos, pasando a ser un rasgo conformador de la "juventud". Esto facilita el desarrollo ideológico que hace pasar como "natural" la precariedad del empleo que caracteriza a una juventud así conformada.

• Se constituye un campo nuevo de gestión de la mano de obra para las empresas: lo "atípico" en relación a la norma "fordista" de empleo se convierte en "típico" en esta etapa: una panoplia de fórmulas y prácticas de empleo más flexibles, más baratas, con menor sindicalización y menor poder de negociación. Y es típico de este campo no sólo porque su lógica sea la lógica dominante, sino porque es la realidad predominante en el mercado.

• Se producen procesos de transición profesional diferenciados según el distinto "capital social" de los individuos: origen social y étnico, género, capital cultural (tipo de estudios y nivel de los mismos, diploma), capital relacional. Arrancan así trayectorias laborales y vitales diferenciadas que luego tendrán continuidad en la vida adulta de los individuos. Para muchos de los jóvenes que inician el proceso con poco capital social podemos hablar de "transición truncada".

• Pero además se ha producido en todos los países de la UE otro cambio fundamental, formalmente fuera del mercado de trabajo: es la prolongación de la escolaridad, generalizada en los grupos sociales altos y medios. Sólo los vástagos de la clase trabajadora se incorporan al mercado de trabajo antes de los veinte años.

Estos cambios se pueden entender mejor desde dos perspectivas complementarias, desde dos focos generadores de las lógicas dominantes en el mercado de trabajo: el papel que ha asumido el Estado al desplegar todo un abanico normativo que ha institucionalizado la transición profesional desde el orden político, y las políticas y prácticas desarrolladas por las empresas en la gestión de la mano de obra en este contexto de transformaciones económicas, de paro masivo y de nuevas políticas de empleo, que lo han institucionalizado desde el orden del mercado. La transición profesional se ha constituido en un campo diferenciado de la intervención "social" del Estado y de la gestión "económica" de las empresas. Y en uno de los campos preferentes de ambos, Estado y mercado. Como consecuencia de las políticas de empleo (juvenil) autocalificadas de "inserción", de las prácticas desarrolladas por las empresas (y el mismo Estado) y de los efectos de ambas, el campo social de la transición profesional se ha institucionalizado como un espacio social estructurado (con las normas y dispositivos puestos en marcha), estructurador (por la presencia creciente de agentes de inserción, sean públicos, como los servicios públicos de empleo y formación de distintas administraciones, sean sin ánimo de lucro, como las intervenciones sindicales o de otras organizaciones es este campo, o sean con ánimo de lucro, como las empresas de trabajo temporal), y estructurante (por los efectos que tienen sobre los colectivos sobre los que actúan, conformándolos con estos dispositivos y desde estas instituciones).


Notas:

  • [2]. Las tasas de concentración relativa (TCR) son = Nij/Nj:Ni/N, donde N es el nivel de empleo, i indica el grupo demográfico de edad y j indica la rama de actividad.
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