TAMAÑO LETRA
La estimación tiene sentido en la medida que sugiere, básicamente, que la conclusión de la educación secundaria es un umbral de inclusión social por vía educativa, tanto en adquisición de conocimientos, como en el desarrollo de capacidades y certificación de las mismas frente al mercado laboral. Vale decir, que equipa a los jóvenes para que en sus futuras trayectorias laborales tengan altas posibilidades de salir de la pobreza o no caer en ella. De ahí el interés que presenta el gráfico siguiente (ver también Casassus, 2003). Muestra las brechas en conclusión de secundaria y de terciaria en América Latina, hacia el año 2005, contrastando hombres y mujeres, jóvenes rurales y urbanos, del primer y del quinto quintil de ingresos familiares, indígenas y no indígenas, y de padres con universitaria completa vs. primaria incompleta [9]. Los datos son elocuentes y revelan la enorme brecha en logros educativos. A excepción de la variable de género, en que hoy las mujeres ya tienen, en promedio, más logros educativos que los hombres entre jóvenes, el resto habla por si solo: un 20,4% en el primer quintil y un 78,6% en el quinto quintil completaron secundaria, índices que son del 23,0% para jóvenes rurales y del 56,4% para jóvenes urbanos, del 35,1% para jóvenes indígenas y el 50,4% para no indígenas, y del 31,7% para hijos de padres con primaria incompleta y el 91,4% para hijos de padres con universitaria completa. Y en conclusión de educación universitaria, si bien son niveles bajos en todos los grupos (salvo hijos de padres con universitaria completa y en menor medida, en hogares del quinto quintil), las brechas son proporcionalmente aún mayores. Con estos contrastes, es difícil pensar que la educación hace de palanca de movilidad social, de igualación de oportunidades y de compensación a las desigualdades de origen. La reproducción intergeneracional de las brechas es lo primero en que se tiende a pensar ante estas evidencias.
2. Brechas en empleo [10]
Si el empleo constituye el otro mecanismo fuerte de inclusión social, también aquí hay brechas fuertes entre jóvenes de distintos grupos en América Latina. Estas brechas se observan en niveles de ingreso, tasas de desempleo, trabajos de baja productividad y en jóvenes que no estudian ni trabajan.
El desempleo es mucho mayor entre jóvenes de familias de menores ingresos y entre jóvenes mujeres (que además perciben menores ingresos). El gráfico 5 nos muestra que si bien en todos los quintiles de ingreso del hogar el desempleo en la juventud bajó entre el año 2002 y el año 2005 (sobre todo por efecto de la recuperación del crecimiento económico en los países durante esos años), sigue siendo muy estratificado. Mientras en jóvenes del primer quintil de ingresos de hogares la tasa de desempleo promedio era del 24,2% en 2005, la misma baja sistemáticamente a medida que sube el quintil de ingresos de los hogares, hasta llegar al 6,6% en el quinto quintil. La brecha de género también era importante para el año 2005: el 15,8% de las mujeres de quince a veintinueve años desempleadas, y el 10,2% de los hombres. Esto responde a un patrón de discriminación pero también, en gran medida, a que la tasa de participación en el mercado de trabajo aumenta hoy a ritmos mayores entre jóvenes mujeres que entre jóvenes hombres: entre éstos, en este tramo de edad bajó del 74,7% al 70,7%, entre 1990 y 2005, y subió del 39,7% al 45,4% entre mujeres en el mismo lapso.
En cuanto a la proporción de jóvenes ocupados que están insertos en el sector de baja productividad (lo que implica ingresos bajos y muchas veces inciertos, precariedad contractual y mayor discontinuidad en el trabajo), en promedio simple de doce países latinoamericanos, la incidencia bajó del 49,8% en 2000 al 44,3% en 2005. Pero mientras en el primer quintil bajó del 68,1% al 65,3%, en el quinto quintil lo hizo del 34,8% al 27,4%, y en el cuarto quintil del 42,1% al 35,8%. Vale decir, no sólo es mucho menor el porcentaje entre ocupados de baja productividad del quinto y cuarto quintil, sino que ha descendido de manera más drástica en los últimos años en relación a los primeros quintiles (ver cuadro 3). Complementariamente, esta proporción para el año 2005 era del 76,8% en jóvenes con la menor educación (cero a tres años), y bajaba al 18% en jóvenes con trece y más años de educación. De manera que hay un círculo vicioso que vincula bajos ingresos de los hogares, bajo nivel de educación promedio en los jóvenes de esos hogares, y alta incidencia en empleos de baja productividad. Esto es importante porque muestra de qué manera las formas de exclusión se refuerzan entre sí entre los jóvenes. Y porque el empleo de baja productividad es un síntoma importante de exclusión social: precariedad en el trabajo, ausencia de seguridad social, y poco acceso a derechos y negociaciones sobre condiciones laborales.
Las brechas de ingreso también son significativas en la juventud ocupada. Una primera brecha es la de género, que castiga a las mujeres jóvenes. Para el año 2005, las mujeres de 15-19 años percibían el 82,5% de sus coetáneos masculinos, proporción que alcanzó el 83,6% en el tramo 20-24 años de edad, y 80,1% en el tramo 25-29 años [11]. La buena noticia es que en estos dos últimos disminuyó la brecha entre 1990 y 2005, si bien aumentó en el tramo de menor edad. Si se mide por nivel educativo, las brechas son mucho más fuertes: jóvenes de 25- 29 años, por ejemplo, con el nivel menor de educación, tenían un ingreso equivalente al 54,9% del ingreso promedio de todos los jóvenes de esa edad, mientras jóvenes con trece y más años de educación alcanzaban el 158,7% de dicho promedio. Más aún, sólo la juventud con este mayor nivel de educación supera el promedio de ingresos del conjunto de jóvenes de esa edad, lo que sugiere que hay un salto muy importante en ingresos laborales cuando se llega al nivel universitario. Y como se vio antes, en ese nivel la diferencia de logros es abismal por origen socioeconómico, étnico, geográfico y de capital educativo de las familias. Por último, un grupo particularmente problemático desde la perspectiva de la exclusión social son los jóvenes que no estudian ni trabajan. Si bien en todos los niveles socioeconómicos constituye, como promedio latinoamericano, un grupo minoritario, el peso cualitativo es muy grande por cada "punto cuantitativo", porque precisamente son jóvenes en situación de desafiliación institucional, dado que no están contenidos ni protegidos por el sistema de educación ni por el empleo, los dos grandes sistemas que enmarcan a la sociedad en una rutina de esfuerzos y logros, aportes y retribuciones. Como puede verse en el cuadro 4, nuevamente los jóvenes de hogares más pobres son quienes tienen mayores niveles de desafiliación institucional. Cabe destacar que el indicador sólo incluye a los inactivos que no estudian ni se dedican a oficios del hogar, lo que excluye a muchas mujeres que no estudian ni trabajan pero sí aportan al cuidado del hogar, y también excluye a muchos jóvenes que trabajan en el hogar. Por lo tanto, es probable que el índice mostrado sea más bajo que el que corresponde solamente a quienes no están ni en la escuela ni en empleos fuera del hogar.
3. Brechas en conectividad
Si bien es claro que la conectividad es mucho mayor entre jóvenes que entre adultos, y que el ritmo de expansión es particularmente fuerte en América Latina y sobre todo en la juventud, hay brechas importantes entre jóvenes. Existe, sin embargo, cierta expectativa de que esta brecha pueda cerrarse con mayor celeridad que las anteriores, haciendo un salto de rana ("leapfrogging"), dado el efecto positivo de la conectividad sobre la inclusión social. Esto en varios sentidos: porque la conectividad es un pasaporte de inclusión en la sociedad de la información, porque el acceso muestra un abaratamiento progresivo y la posibilidad de universalizarlo por vía del sistema educacional o de telecentros, y porque estar conectados facilita participar de redes de relaciones ampliadas que pueden dar frutos en otros ámbitos de la inclusión (como el empleo, el poder de decisión y el acceso a conocimientos).
Lamentablemente no es fácil obtener información procesada para el conjunto de la región que mida brechas intra-jóvenes en conectividad. Hay datos para algunos países que son sugerentes. A modo de ejemplo, para el caso de Chile, en la población de veinticinco a veintinueve años, en el primer quintil sólo el 13,6% eran usuarios de internet en 2006, en contraste con el 75,4% en jóvenes de hogares del quinto quintil de ingresos. En Brasil este índice era para el año 2005, en jóvenes de veinte a veinticuatro años, del 5,1% vs. 79,6%, respectivamente; y en México, para el mismo grupo de edad en 2007, los índices eran del 26,7% vs. 61,4%. Con todo, también llama la atención una segmentación por subgrupo de edad, que cruza niveles socioeconómicos, y donde el grupo de quince a diecinueve años tiende a mayor nivel de conectividad que los mayores. En otras palabras, cuanto más jóvenes los jóvenes, mayor el acceso.
También hay correlación entre brecha educativa y brecha en acceso a conectividad. Para los cuatro países con datos procesados por CEPAL en la materia (Brasil, Chile, Costa Rica y México), es particularmente baja la conectividad en jóvenes con educación primaria en relación a secundaria, y de estos últimos en relación a jóvenes con postsecundaria, sea terciaria o no terciaria (universitaria o no). Probablemente estas brechas se reduzcan a medida que las nuevas generaciones se socializan con internet en las escuelas y desde la educación básica, como parte de los esfuerzos de muchos países por incorporar computadoras en red en el sistema escolar. Sin embargo, hasta ahora se ha visto que en las escuelas la conectividad supone un número muy alto de alumnos por computador, y usos fuera de la sala de clases. En este sentido también hay que hacer la diferencia entre jóvenes de "conectividad habitual" y otros de "conectividad ocasional", pues es parte de la brecha digital la frecuencia de conexión y uso, como también la familiaridad, el lugar desde el cual se ocupa, y para qué se utiliza.
III. Para no irse a casa cabizbajo y meditabundo
El panorama recién presentado puede parecer desolador en brechas intergeneracionales e intra-generacionales de inclusión social para la juventud latinoamericana. Ése es, sin duda, el vaso medio vacío. Pero no hay que pecar de apocalíptico. Valgan pues, estas últimas consideraciones para invertir la óptica y dejar el vaso medio lleno.
En primer lugar hay que señalar que en términos generales la juventud tiende a niveles cada vez mayores de educación y, que tarde o temprano, con mayor educación terminan accediendo a mejores empleos. El gran desafío es combinar políticas que nivelen el campo de juego en logros y aprendizajes educativos, invirtiendo recursos y buscando sinergias para que tengan educación de mayor calidad jóvenes de hogares de bajos ingresos, con padres de escaso capital educativo, en zonas rurales y/o de minorías étnicas. Por otra parte hay que complementar saltos en educación con políticas que reconstruyan los eslabones perdidos en el tránsito de la educación al trabajo, mediante programas de acceso a un primer empleo, capacitación con prácticas en el empleo, certificación de competencias entre jóvenes, entre otros. De este modo, aprovechando que las nuevas generaciones son más educadas y más compenetradas con las destrezas de la sociedad de la información, es posible un salto cualitativo en oportunidades de inclusión social para la juventud.
En segundo lugar, si bien la juventud maneja más información pero no se ve reflejado en su acceso y presencia en la política, por otro lado es precisamente su capacidad para redefinir lo político lo que está ocurriendo (Bauman, 2003), sobre todo el uso de información para generar espacios alternativos de procesamiento de demandas, sumatoria de fuerzas, movilización y visibilidad públicas. No sólo son los jóvenes quienes están más conectados, sino que usan la conectividad para movilizarse. Puede que no de manera continua, pero cuando lo hacen, lo hacen con fuerza. No es de extrañar que muchas iniciativas en el ámbito de la sociedad civil (y de la sociedad civil global, los foros mundiales alternativos, etc.), tienen a jóvenes por protagonistas. Tarde o temprano, posiblemente esta acumulación de fuerzas desencadenará saltos significativos que llevarán a rearticular "lo" político con "la" política, y nuevamente estará la juventud en la primera línea de la agenda y el protagonismo.
Notas:
- [9]. Tomamos la población de 25-29 años entre el total de jóvenes, porque se presume que ya están fuera del sistema educativo y por tanto la medición evalúa niveles educativos definitivos.
- [10]. El grueso de datos en esta sección se basan en un reciente procesamiento de datos de la División de Desarrollo Económico de la CEPAL.
- [11]. Promedio simple para catorce países de América Latina, según información de las encuestas de hogares.


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