TAMAÑO LETRA
Todo lo anterior debe ser aún más desconcertante para buena parte de la juventud latinoamericana, si además salta a la vista que la sociedad de la información pide fuerza laboral más educada, más dispuesta a operar en organizaciones flexibles y más versátil en las nuevas tecnologías de información y comunicación. Campos en que la juventud tiene claras ventajas sobre los adultos.
2. Más información, menos poder Una segunda razón para pensar que la brecha de expectativas tiende a recalentarse entre los y las jóvenes es que, en comparación con los adultos, están mucho más compenetrados con tecnologías que multiplican el acceso a fuentes de conocimiento e información; pero al mismo tiempo no parecen ampliarse los espacios instituidos de toma de decisiones, procesamiento de demandas y ejercicio del poder.
Por un lado la juventud tiene proporcionalmente mayor participación en redes informáticas que otros grupos etarios, y también más acceso a información por su alto nivel de escolarización y de consumo de los medios de comunicación. Datos de la Encuesta Latinobarómetro resultan elocuentes: del año 2002 al 2007 el uso frecuente de internet entre jóvenes de dieciocho a veinte años aumentó del 5,50% al 14,80%, mientras en adultos de treinta años y más se elevó del 2,0% al 6,60%. Si nos restringimos al uso "ocasional", en los jóvenes aumentó del 19,0% al 31,80% en ese lapso, y en los mayores de treinta, del 6,50% al 12,70%.
Por supuesto, como se observa en el gráfico siguiente hay diferencias muy fuertes entre países, como también lo hay entre jóvenes de distinto nivel educativo y según nivel de ingresos de los hogares. Pero lo que se constata es, en términos agregados, que la brecha intergeneracional es muy significativa; y el ritmo de expansión de conectividad, sobre todo entre jóvenes, es muy acelerado en América Latina para los últimos años. Si a esto le agregamos las brechas intergeneracionales por logros educativos ya reseñados, y la mayor versatilidad de jóvenes que de adultos entre quienes ya están haciendo uso de internet y otros medios de información y comunicación a distancia, la conclusión es elocuente: la juventud dispone, al menos en principio, de capacidades muy superiores para obtener, procesar y usar información que los adultos [5].
Tal como a más educación mayores oportunidades laborales, también aprendemos que a mayor información, mayor poder. Nuevamente la juventud vive aquí disociada entre dicho y hecho. Su participación en los espacios más institucionalizados de deliberación y poder es muy baja e inferior al de los adultos. Manifiestan, en general, la idea de que tanto el sistema político como los espacios para procesar demandas no logran influir en la vida de los jóvenes. Según los datos de la Encuesta Latinobarómetro, la participación juvenil (de 18-29 años) en actividades políticas era en torno al 5% en 1996 y se redujo a menos de la mitad de esa cifra en 2005 (ver CEPAL, 2007). Y consultados sobre la adhesión incondicional a la democracia, el mismo grupo etario en 2005 mostró un 58,2% de clara adhesión a este orden político, lo que refleja también que un gran porcentaje de jóvenes no se siente parte activa de un orden político representativo [6]. Así, si de una parte los jóvenes manejan e intercambian más información que otros grupos etarios, por otra parte se sienten poco representados por el sistema político, y estigmatizados como disruptores por los adultos y las figuras de autoridad. Y en muchos países de la región, la juventud tiene un registro actual de bajo porcentaje de asistencia a las urnas para elegir a sus gobernantes.
Por cierto, puede suponerse que la juventud guarda distancia con la política "convencional", pero es muy activa en las nuevas formas de participar en espacios de presión y de deliberación, sobre todo por vía de las redes virtuales, y de participación en movimientos sociales, ecológicos, estético-culturales, de género y de defensa de derechos de las minorías -movimientos cuya lógica participativa no es la de mediaciones partidarias, sino de acción y movilización directas- (Hopenhayn, 2000). Pero llama la atención las dificultades de las élites políticas latinoamericanas para encontrar una generación de recambio, sobre todo en las últimas dos décadas en que el régimen democrático- representativo se ha consolidado en todos los países de la región. ¿La juventud está en otra, o simplemente no encuentra el espacio para volcar su mayor manejo de información en el sistema político tradicional?
3. Elasticidad del consumo simbólico, rigidez del consumo material
La brecha de expectativas se alimenta de la desproporción entre acceso a bienes simbólicos y a bienes materiales. En América Latina las luces de alerta debieran estar todas encendidas. Mientras en las últimas dos décadas y media el acceso de la población a más información, más imágenes, más comunicación y conocimientos ha aumentado geométricamente, sobre todo por la expansión del acceso a los medios de comunicación, hoy día los índices de pobreza en la región, a nivel agregado, son similares que en 1980, y hay más precarización laboral e incertidumbre sobre la protección social.
La juventud vive esta asimetría de acceso a bienes simbólicos y materiales con mayor fuerza (CEPAL, 2005). De una parte el aumento exponencial en acceso a símbolos, mensajes, imágenes, información y conocimiento ha sido exponencial para los jóvenes en las últimas décadas, tanto por la expansión de la cobertura escolar como sobre todo por el aumento de consumo audiovisual y de conexión a redes virtuales. Esto hace que el acceso a bienes simbólicos se multiplique año a año. Pero esta tendencia no tiene una contraparte proporcional en el acceso a bienes materiales, dado que la fuente principal de ingreso es el empleo, y el desempleo juvenil aumentó durante la década de los años noventa, manteniéndose los ingresos de jóvenes ocupados muy por debajo de los promedios de ingresos de los adultos.
Ya se vio más arriba que la población juvenil ostenta mayores logros educacionales que la población adulta, y estos logros se van expandiendo en el tiempo. Por otra parte, las destrezas juveniles para el consumo simbólico son evidentes en la mayor ductilidad y plasticidad para ver y leer los medios de comunicación y las redes a distancia. Vale decir, tienen la capacidad para absorber mayores unidades informativas en menor tiempo que los adultos. El indicador más elocuente es la mayor tasa de conectividad juvenil en comparación con la conectividad a internet de los adultos. Por cierto, la expansión general de usuarios tiene un ritmo exponencial en América Latina: de alrededor del 5,11% en 2000 al 19,4% en 2007, con mucha variación por país (www.itu.int). Si vamos a las diferencias por edad, de acuerdo a datos de la Encuesta Latinobarómetro para dieciocho países de América Latina (promedio simple), hacia el año 2007 el 47% de jóvenes entre dieciocho y veintinueve años eran usuarios ocasionales o diarios de internet, índice que baja al 20% en la población de treinta años y más (ver gráfico 3).
¿Qué ocurre, en cambio, con el consumo material?
En niveles de pobreza, hacia 2005 la población joven entre quince y veinticuatro años en América Latina (promedio simple, dieciocho países) alcanzaba un índice de pobreza del 38,9% y de indigencia del 13,5%, siguiendo de cerca los promedios para el conjunto de la población de todas las edades [7]. Esto implica un descenso relativo desde los puntos más altos en los últimos quince años (ver cuadro 2), pero aun así, un retorno a niveles similares a los de 1980, cuando el consumo de información y de imágenes era infinitamente menor. Por otra parte, si el medio principal de acceso al consumo material son los ingresos obtenidos en el empleo, hay también una desventaja relativa de los jóvenes en relación a los adultos, tanto en mayor nivel de desempleo como en ingresos laborales inferiores, tal como se señaló antes.
Los datos recién expuestos sugieren una brecha creciente entre consumo simbólico y consumo material. Podría argumentarse que de todas maneras hoy los jóvenes consumen más bienes y servicios que hace una década. Es cierto, y ese es el vaso medio lleno. Pero en el vaso medio vacío, este ritmo de expansión está muy por debajo del consumo simbólico. A su vez, un mayor consumo simbólico genera más expectativas de consumo material, lo que da como efecto una ola de expectativas frustradas que hacen de los jóvenes candidatos a la desazón o la disrupción. Más aún si se toma en cuenta que durante los años noventa se mantuvo la tendencia a la concentración de los ingresos, que hace que la diferencia en consumo material entre jóvenes de hogares ricos en relación con el resto también tienda a aumentar.
Todo esto sugiere que los jóvenes quedan expuestos a un amplio abanico de propuestas de consumo simbólico, pero gran parte de aquéllos ven pasar las oportunidades de generación de ingresos para la movilidad social y el mayor consumo material por el lado de la vida que no les toca. Acicalados en las aspiraciones por un permanente acceso a información e imágenes que no sólo pintan paraísos del consumo material, sino que además promueven la autoestima por el expediente del acceso a marcas y productos, esos mismos jóvenes caminan por la ciudad con los bolsillos vacíos o casi vacíos, y las narices pegadas a los escaparates.
El deseo se reabsorbe en la frustración una y otra vez. La publicidad financia los medios de comunicación y cobra, como peaje, una parcela importante de la subjetividad del usuario que debe alimentarse con el ansia de los nuevos íconos del consumo. Los jóvenes no sólo acceden con mayor intensidad al consumo simbólico, sino a la persuasión publicitaria que financia la oferta de ese consumo. La brecha se refuerza a medida que se incrementa la cultura del consumo sin que encuentre un correlato en ingresos para mantenerla bien nutrida. No es de extrañar, en este contexto, que quienes más padecen esta brecha vivan con mayores dudas el orden normativo, sin mucha claridad sobre dónde está la verdadera justicia. Y a medida que se debilita dicho orden normativo, aparece con más naturalidad el expediente informal o ilegal para captar ingresos que nivelen el consumo simbólico con el consumo material. De allí a la violencia, el trecho es corto.
II. Brecha de inclusión social: la perspectiva intra-generacional
Las desigualdades intergeneracionales dejan a la juventud cierto sinsabor a injusticia y a falta de oportunidades. Este sinsabor no es homogéneo para el conjunto de la población juvenil. Si las sociedades latinoamericanas están marcadas con la herida profunda de la desigualdad, ella sangra para todas las edades. Entre los propios jóvenes, las brechas en acceso a activos claves (educación adecuada, empleo de calidad, incorporación a la sociedad de la información) está segmentada por nivel de ingresos de los hogares, corte rural-urbano, pertenencia étnico-racial y género. Estas brechas sugieren que en el recambio generacional persisten los contrastes en oportunidades de desarrollo e inclusión social, y por tanto parecen condenados a reproducirse en el tiempo.
1. Brechas en educación
La educación constituye el principal mecanismo para acumular capital humano y tener buenas oportunidades de acceso al empleo en las trayectorias de vida. A la vez es el expediente para contar con tasas de retorno a lo largo de la carrera laboral, que impliquen ingresos y consiguiente acceso a bienestar. Y cada vez más, capital cultural y capital humano son los activos para participar de los códigos culturales que hacen de fuelle entre tradición y cambio, ejercer ciudadanía activa y comunicarse en la sociedad de la información. Poca o mala educación es, por tanto, aguafiestas de la inclusión social.
Más aún, a medida que las nuevas generaciones adquieren mayores logros educacionales, y aumentan los años promedio de educación de la nueva fuerza de trabajo, se produce la devaluación educativa, a saber: la misma cantidad de años de escolaridad representa cada vez menos en términos de ingresos esperados por retorno a la educación en el empleo. A modo de ejemplo, entre 1990 y 2002, los jóvenes de veinticinco a veintinueve años de edad vieron devaluar un 11,1% los ingresos correspondientes a 10-12 años de educación formal, y sus ingresos promedios para esos logros en educación bajaron de 4,0 a 3,6 múltiplos de línea de pobreza [8]. Esto significa, en términos burdos y gruesos, que un joven de esa edad, con secundaria incompleta, sostén único de una familia con dos hijos y una cónyuge, tiene a su hogar bajo el umbral de la pobreza (porque son cuatro miembros de la familia y un ingreso de 3,6 múltiplos de línea de pobreza).
Notas:
- [5]. Ver en esta publicación el artículo de Cristancho, Ortega y Guerra.
- [6]. Como puede verse en el artículo de Guillermo Sunkel, en esta misma publicación, el porcentaje de jóvenes que participan de partidos políticos es menor que el de los adultos.
- [7]. Medidas según el sistema de línea de pobreza, en base al costo de la canasta familiar y el tamaño de las familias.
- [8]. Promedio simple para América Latina, procesamiento por CEPAL de las encuestas de hogares.


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