TAMAÑO LETRA
Resumen: La inclusión social tiene acepciones múltiples, pero sin duda pasa por las dinámicas que vinculan el desarrollo de capacidades con el acceso a oportunidades a lo largo del ciclo vital, y con ello, el acceso al bienestar, a redes de relaciones y al ejercicio de la ciudadanía. En este marco, el artículo presenta aspectos problemáticos de la inclusión social de la juventud latinoamericana, y lo hace en dos perspectivas distintas. En la primera, se muestran disonancias que la juventud vive en sus procesos de inclusión: más educación pero menos empleo, más acceso a información pero menos acceso a poder, más consumo simbólico que no necesariamente se traduce en más consumo material. En la segunda, se muestran brechas en el desarrollo de capacidades y el acceso a oportunidades entre los propios jóvenes, según el hogar de origen (por ingresos familiares), la territorialidad (urbano-rural) y otras condiciones que diferencian y segmentan, lo que indica que las brechas de inclusión social se están reproduciendo en las nuevas generaciones. Finalmente se destacan algunas tendencias positivas, como la expansión de la educación y de la conectividad, y su progresiva difusión entre los jóvenes.
Palabras clave: inclusión social, jóvenes excluidos, brechas generacionales, oportunidades de la juventud
Abstract: Social inclusion is a multidimensional concept. To a great extent, it is related with the life cycle dynamics that links progress in capacities with access to opportunities, and consequently access to welfare, social networks and full citizenship. Within this framework, this article presents problematic aspects of social inclusion among Latin American youth, with two different perspectives. The first one emphasizes contradictions or asynchronies that Latin American youngsters face regarding social inclusion: more education but less employment, more access to information but less access to power, more symbolic consumption that not necessarily allows higher material consumption. The second perspective stresses social gaps among young population in relation to capacity development and access to opportunities: gaps according to household conditions (mainly family incomes), territory (urban vs. rural) and other conditions that reinforce segmentation within the generation, indicating that gaps are reproducing along time. Finally some positive trends are highlighted, such as expansion and progression in education and in connectivity.
Keywords: social inclusion, excluded youth, generational gaps, youth opportunities
Resumo: A inclusão social tem acepções múltiplas, porém sem dúvida passa pelas dinâmicas que vinculam o desenvolvimento das capacidades com o acesso a oportunidades ao longo do ciclo vital, e com ele, o aceso ao bem-estar, a redes de relações e ao exercício da cidadania. Neste marco, o artigo apresenta aspetos problemáticos da inclusão social da juventude latino-americana, e o faz em duas perspectivas distintas. Na primeira, se mostram dissonâncias que a juventude vive em seus processos de inclusão: mais educação porém menos emprego, mais acesso à informação mas menos aceso ao poder, mais consumo simbólico que não necessariamente se traduz em mais consumo material. Na segunda, se mostram brechas no desenvolvimento de capacidades e o aceso a oportunidades entre os próprios jovens, conforme o lar de origem (por renda familiar), a territorialidade (urbano-rural) e outras condições que diferenciam e segmentam, o que indica que as brechas de inclusão social estão se reproduzindo nas novas gerações. Finalmente se destacam algumas tendências positivas, como a expansão da educação e da conectividade, e sua progressiva difusão entre os jovens.
Palavras clave: inclusão social, jovens excluídos, brechas generacionais, oportunidades da juventude
Los años de la juventud son decisivos para perpetuar o revertir la dialéctica inclusión-exclusión social, pues en esa fase se acumulan activos en capacidades y redes de relaciones, empieza a utilizarse ese capital para insertarse en el mundo del trabajo, se accede a decisiones más autónomas y se ejerce como ciudadano pleno en la sociedad. En cierto modo, la suerte de la inclusión en la trayectoria vital depende de este eslabón crucial de la biografía que es el periodo juvenil, sea definido entre quince a veinticuatro años (nomenclatura de Naciones Unidas) o entre quince a veintinueve años (criterio de la Unión Europea), o con rangos muy variables en las propias nomenclaturas y legislaciones nacionales. De manera que cuanto mejor transiten los y las jóvenes hacia vidas productivas y participativas, más incluyente se va haciendo la sociedad en su dinámica general de desarrollo.
Estar “socialmente incluido” tiene varios sentidos, y además los sentidos cambian hoy de manera vertiginosa [1]. En primer lugar, implica acceder a mínimos de bienestar y de protección conforme el nivel de desarrollo de la sociedad (CEPAL, 2006). En sentido más extenso, la inclusión alude a la titularidad efectiva de ciudadanía política, civil y social, lo que implica la participación en deliberaciones, el acceso a activos, la afirmación de identidad y la posibilidad de contar con redes de relaciones que ayudan a desarrollar el proyecto de vida. Por último, desde la perspectiva del desarrollo humano, la inclusión social puede entenderse como el desarrollo de capacidades para el ejercicio de libertades (Sen, 1999), lo que resulta de especial relevancia en la vida de los jóvenes.
La inclusión social de los jóvenes es, también, clave para imprimirle mayor legitimidad a las democracias en América Latina. Las distintas formas de exclusión socioeconómica y política corroen la gobernabilidad, plantean conflictos difíciles de resolver por vía del consenso, infunden un sentimiento de desafección política o de elusión del sistema político en la dinámica del procesamiento de demandas (PNUD, 2004). En esto la juventud es a la vez víctima y protagonista.
En este marco quisiera considerar distintos aspectos de la inclusión-exclusión social de la juventud latinoamericana, y colocarlos bajo el denominador común de la brecha de expectativas (CEPAL, 2007). Entiendo que esta brecha se produce cuando crece la asimetría entre capacidades y oportunidades, vale decir, cuando las oportunidades existentes quedan rezagadas respecto de las capacidades adquiridas; o bien con la asimetría entre aspiraciones presentes y logros esperados. Estas brechas de expectativas constituyen una señal de alerta de los problemas de inclusión social en la dinámica generacional. Esta dimensión dinámica de la inclusión-exclusión alude a aquello en que la juventud puede encarnar los eslabones más sensibles: la proyección del presente dependiente al futuro autónomo, de la condición económica pasiva a la activa, del orden pautado exógenamente al orden a recrear endógenamente, y del desarrollo de potencialidades al reconocimiento social de las mismas [2].
El enfoque de brecha de expectativas también permite vincular la inclusión-exclusión social con la perspectiva intergeneracional, vale decir, jóvenes y adultos pueden “espejearse” según sus diferencias en capacidades y oportunidades. No es raro que los jóvenes vean en los adultos un obstáculo a su propia realización, en la medida que la juventud hoy está más instruida pero a la vez tiene más bloqueado el acceso al empleo. El mundo de los adultos es percibido no sólo como refractario a las nuevas formas de comunicación y expresión, sino muchas veces como “defensivo” ante jóvenes con más destrezas en los nuevos modelos de organización y usos de la información. Y tampoco es raro que los adultos perciban a los jóvenes como amenaza, no sólo ni principalmente por las llamadas “conductas de riesgo” de los jóvenes (drogas, violencia, accidentes), sino porque la juventud está más capacitada para el relevo productivo y comunicativo en la emergente sociedad de la información, y tienen el tipo de habilidades y plasticidades que se valorizan cada vez más en los distintos mercados, desde el laboral hasta el recreacional.
Pero junto a la brecha entre generaciones, está la brecha dentro de la propia generación, como veremos más adelante. América Latina es la región más desigual del mundo, y la desigualdad de ingresos refleja, en gran medida, la asimetría en acceso a activos como educación y empleo. Si la generación joven reproduce hacia dentro estas brechas distributivas, la sociedad toda reproduce intergeneracionalmente los patrones de exclusión. Así, la brecha en activos es el complemento intra-generacional de la brecha en expectativas que sí tiene un componente intergeneracional. El “hacia adentro” y el “hacia fuera” serían las dos caras de la moneda, la foto y la película. Brechas de capacidades y oportunidades no sólo confrontan a jóvenes y adultos, sino también siembran abismos de distancia entre los propios jóvenes.
I. Brecha de expectativas: la perspectiva intergeneracional
Como se ha señalado en textos anteriores (CEPAL-OIJ, 2004; Hopenhayn, 2005), la juventud latinoamericana vive una serie de paradojas o asincronías que parecieran alimentar la brecha entre expectativas y logros. De un lado tienen mayores logros educativos que los adultos, medido sobre todo en años de educación formal, pero por otro lado menos acceso al empleo. Manejan con mayor ductilidad los nuevos medios de información, pero acceden en menor grado a los espacios consagrados de deliberación política, y están menos afiliados a los partidos [3]. Expanden exponencialmente el consumo simbólico pero no así el consumo material (ver también CEPAL, 2005). Las siguientes páginas versan sobre algunas de estas tensiones que afectan a los patrones de inclusión y exclusión social.
1. Más educación, menos empleo
Un primer factor de frustración de expectativas es que la juventud goza de más educación y menos acceso a empleo que la población adulta. Ostenta más años de escolaridad formal que las generaciones precedentes, pero al mismo tiempo duplica o triplica el índice de desempleo respecto de aquéllos. En otras palabras, están más incorporados en los procesos consagrados de adquisición de conocimientos y formación de capital humano, pero más excluidos de los espacios en que dicho capital humano se ejerce, a saber, el mundo laboral y la fuente de ingresos para el bienestar propio.
Un indicador significativo para ilustrar la ventaja educativa de los jóvenes es la evolución en la conclusión de enseñanza en nivel secundario, pues existe consenso extendido que éste es el umbral de logros decisivo para salir de la pobreza, o no caer en ella, por efecto de las tasas de retorno al capital humano a lo largo de las posteriores trayectorias laborales. Al respecto, y con información de encuesta de hogares para once países latinoamericanos, tenemos que entre 1990 y 2002, el porcentaje de jóvenes de veinticinco a veintinueve años que tenía secundaria completa aumentó del 27,7% al 32,6% [4]. En contraste, estos índices para la población de treinta a cincuenta y nueve años (adultos ya, pero todos todavía en edad “productiva”) crecieron, en ese lapso de tiempo, del 18,2% al 24,5% respectivamente (CEPAL, 2005). La cifra sugiere que el aumento de conclusión secundaria entre adultos se debe a los jóvenes que se hicieron adultos en esa fecha; y aun así los “nuevos jóvenes” tienen un egreso de secundaria significativamente mayor. Más aún, ya había en 2002 ventajas entre jóvenes de veinte a veinticuatro años en conclusión de secundaria respecto de jóvenes de veinticinco a veintinueve años (34,6% vs. 32,6%), en circunstancias en que en 2000 los jóvenes de veinticinco a veintinueve años tenían mayor tasa de conclusión secundaria que los de veinte a veinticuatro (27,7% vs. 25,8%).
La conclusión de educación primaria, en cambio, marca el umbral que segrega ya no entre probabilidad de salir o de quedar en la pobreza a lo largo de la vida, sino más aún, de salir o de caer en la plena exclusión o indigencia. En efecto, de acuerdo a los actuales requerimientos laborales y los códigos necesarios para desenvolverse en sociedades modernas, la no conclusión de primaria constituye una desventaja irreversible en productividad, participación, capital social y capital cultural. En este indicador, al tomar jóvenes entre veinte y veinticuatro años (vale decir, una edad en que ya nadie está en primaria, pero son todos aún jóvenes), tenemos que para el mismo promedio de once países latinoamericanos el porcentaje aumentó del 64,8% en 1990 al 67,9% en 2002, mientras entre adultos de treinta a cincuenta y nueve años este umbral se elevó del 44,9% al 52,7% respectivamente (CEPAL, 2005).
De manera que es claro que existe hoy mayor acumulación de capital educativo entre jóvenes que entre adultos. Al mismo tiempo, la educación es un espacio en el que se internalizan expectativas de futuro. Más aún, uno de los principales, sino el principal estímulo para permanecer y progresar en el ciclo educativo es la idea de que “a más educación presente, mayores oportunidades futuras”. De manera que la juventud, junto con tener más años de escolaridad, alimenta expectativas que, a esos años de esfuerzos personales en acumular capital humano y capital cultural, sigan otros de mejor inserción laboral y movilidad social.
Cuando vemos, en cambio, los datos que comparan condiciones y oportunidades de empleo entre adultos y jóvenes trabajadores, salta a la vista que la situación es más dura para las nuevas que para las viejas generaciones. A principios de esta década el desempleo adulto promedio en la región alcanzaba al 6,7%, mientras el juvenil subía a 15,7% (CEPAL-OIJ, 2004).
Más educados y más desempleados simultáneamente, los jóvenes viven esta paradoja con un cierto sabor a injusticia. El mismo proceso educativo les ha transmitido la idea de que los mayores logros se traducen en mejores opciones de empleo a futuro. Conforme a datos de las encuestas de hogares procesadas por la CEPAL para dicisiete países latinoamericanos, el desempleo juvenil era 2,68 veces mayor que el desempleo adulto en 1990, 2,30 veces mayor en 2000 y 2,73 veces superior en 2005 (con tasas promedio de desempleo de 12,8%, 16,1% y 12,5% entre jóvenes para esos años). Por otra parte, y conforme a la misma fuente, la proporción de jóvenes en el mercado de trabajo que están ocupados en empleos de baja productividad (bajos ingresos, carentes de seguridad social y de contratos estables), se ha mantenido alta, con un descenso moderado reciente debido a cinco años sostenidos de crecimiento económico: 47,7% en 1990, 49,8% en 2000, y 44,3% en 2005.
Hacia el año 2005 los jóvenes ocupados entre veinticinco y veintinueve años tenían un ingreso promedio del 87,3% el ingreso promedio de hombres de todas las edades, índice que se elevaba al 98,8% en las mujeres; pero aun así, el ingreso promedio de las mujeres a esa edad era el 20% inferior al de los hombres, lo que se correlaciona con menores ingresos femeninos en todas las edades. Además, la juventud trabajadora es más precaria que los adultos cuando se compara la afiliación a la seguridad social en el trabajo. Para un conjunto de diecisiete países latinoamericanos, hacia el año 2005 sólo el 60,1% de los jóvenes en el sector formal estaban afiliados, en contraste con el 75,7% de los adultos; y estos porcentajes bajan al 13,3% y al 26,6%, respectivamente, en el sector informal.
Finalmente, hay que suponer que la mayor brecha de expectativas debe recaer sobre las mujeres, porque actualmente tienen, en la población juvenil, mayor tasa de conclusión de secundaria (51,8% vs. 46,3% hacia 2005, a favor de las jóvenes mujeres, como promedio para diecisiete países latinoamericanos). Y aun con más educación, sufren mayor tasa de desempleo que sus coetáneos masculinos (15,8% vs. 10,2% en 2005) y, a igual nivel educativo y de ocupación, perciben ingresos al menos del 20% inferior que sus pares hombres en el empleo. A esto cabe agregar que terminan desempeñando más tareas en el hogar (de origen o nuevo) que los hombres, lo que exacerba el sentimiento de desproporción entre conocimientos acumulados y oportunidades redituadas.
Notas:
- [1]. Ver en esta misma publicación el artículo de Néstor García Canclini.
- [2]. No significa esto que la juventud sea una fase de moratoria donde la creatividad, la productividad y el protagonismo quedan entre paréntesis mientras se privilegia la acumulación de activos. Esta visión lineal y mecanicista hace poca justicia con la incesante recreación de realidades y representaciones que caracteriza cada vez más a los jóvenes.
- [3]. Ver en esta misma publicación el trabajo de Guillermo Sunkel.
- [4]. Tomo aquí ese rango etario porque siendo todavía jóvenes, suponemos que quienes no completaron secundaria a esa edad es porque ya no están, ni estarán, escolarizados en el sistema.


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