Los jóvenes no se ven como el futuro: ¿serán el presente?
Nestor García Canclini
Universidad Autónoma Metropolitana de México
TAMAÑO LETRA
También se reestructuran los modos de diferenciarse entre generaciones de distintos niveles sociales, y entre hombres y mujeres. Tres datos: el 80% de la población mexicana vive sin internet y, del total de cibernautas, el 50% son hombres, y de ese universo, la mitad tiene entre diecinueve y treinta y cuatro años. Es este sector de jóvenes de clases media y alta el que goza de mayor autonomía personal, accesos intensos y flexibles a información y entretenimiento más diversificado, interactividad mediática y posibilidad de independizarse de los mayores. Leí en una investigación española: "Hace veinte años los padres controlaban el 90% del ocio de sus hijos, ahora no saben qué hacen la mayor parte del tiempo" (Gómez y Abril, 2006). Quizá las tecnologías de uso personalizado sean hoy el principal resorte emancipador de los jóvenes.
Antes los jóvenes se emancipaban a través del trabajo, el estudio y el matrimonio. Ahora, las vías preferentes son la conectividad y el consumo. Estos nuevos medios de independización de la familia no sustituyen generalizadamente a los anteriores; con frecuencia, se articulan con ellos, y anticipan, desde la primera adolescencia, un horizonte ajeno a los padres. También crean, en un mundo más vasto y desigual, donde se multiplican las sujeciones, nuevas dependencias: desde las adicciones (a las tecnologías comunicacionales, a las drogas), a la satisfacción informal o ilegal de las necesidades, que no pocas veces implican someterse a redes y autoridades mafiosas.
Hemos sugerido que en los cambios de comportamientos de los jóvenes se manifiesta una reorganización radical de lo que veníamos entendiendo por modernidad. Las nuevas generaciones muestran, exacerbadas, las tendencias de las sociedades actuales: aumento de la información y de las interacciones con baja integración social, aceleración de los cambios con empobrecimiento de las perspectivas históricas respecto del pasado y el futuro, combinación contradictoria de recursos formales e informales para satisfacer necesidades y deseos a escala individual o grupal. Es coherente con estas condiciones que disminuya el papel de la institucionalidad que organizó la primera modernidad -las escuelas, los partidos políticos, la organización legal y la continuidad del espacio público- en beneficio de los arreglos transitorios, la apropiación flexible de recursos heterogéneos en el mercado laboral y en los consumos. Las decisiones más importantes -elección de trabajo, de pareja, de lugar de residencia, de gobernantes- se toman valorando más la satisfacción momentánea o las expectativas a corto plazo que la estabilidad y el orden.
No se trata de un proceso lineal de sustitución de un paradigma de modernidad por otro. Como acabamos de ver, para la supervivencia y el bienestar cuentan las nuevas redes sociales y también las antiguas o tradicionales, como la familia.
No es fácil estimar en qué grado la institución familiar funciona para los jóvenes como sustituto o compensación de las estructuras macrosociales deterioradas. En muchos países abundan las evidencias de autoritarismo y desintegración creciente de la vida familiar. El empeoramiento de las condiciones de trabajo y subsistencia se correlaciona, a veces, con la perdida de cohesión (divorcios, separaciones, madres solas como jefas de familia). Sin embargo, la institución familiar sigue apareciendo como referente central, recurso de ayuda clave y con una alta valoración simbólica: la familia es la institución mejor evaluada por los jóvenes mexicanos (46,8%), notoriamente por encima de la escuela (25,7%) o la pareja (23,1%). Es posible inferir que estos méritos se deben a su mayor capacidad de dar pertenencia e integración que otros contenedores sociales, como la escuela y el lugar de trabajo.
También en la concepción y las transformaciones de la familia advertimos cambios de los patrones predominantes en siglos pasados. No encontramos ya generalizada la familia nuclear moderna fundada en el matrimonio como expresión del libre consentimiento y el amor romántico, que forma a los hijos hasta que lleguen a la mayoría de edad y se independicen. A veces nos encontramos familias con un solo jefe, generalmente la madre. En otros casos, aparece la familia extensa, con múltiples entradas y salidas de los hijos, según consigan o pierdan trabajos, se separen, tengan hijos y cuenten o no con recursos para atenderlos. También es frecuente el caso de la familia como unidad afectiva, habitacional o económica, con aportes del marido proveedor, o de ambos padres e hijos según vayan obteniendo recursos en ocupaciones inestables. O la familia disgregada en dos países, una parte en México, Colombia, El Salvador o Ecuador, y otra en España o Estados Unidos, desde donde los migrantes envían remesas a sus parientes en los países de origen. Ante tantos formatos y transformaciones, no podemos afirmar simplemente que la familia es una institución tradicional. Permanece como referente y recurso para las nuevas generaciones, remodelándose en relación con condiciones nuevas.
Asimismo, la modernidad ofrecida a los jóvenes por nuestras sociedades implica una aguda vulnerabilidad, como lo señala José Manuel Valenzuela. A las condiciones difíciles de acceso al mercado laboral y precarias en su desempeño, se agregan los deficientes servicios de salud o su inexistencia por tener que trabajar sin contratos formales; los riesgos de la migración; la inseguridad o la violencia y represión dirigidas a menudo a los jóvenes, por todo lo cual el 13,9% de los entrevistados en la Encuesta de México estarían dispuestos a irse del país. Esta indefensión es, probablemente, otra explicación de la importancia adquirida por la familia, las redes de amigos y la búsqueda informal de recursos de supervivencia y satisfacción. También podría ayudar a entender que los jóvenes coloquen la muerte y el "no tener salud" entre sus principales temores, así como los elevados porcentajes de creencias en milagros, amuletos, demonios y horóscopos.
De la rebeldía a la desintegración
La modernidad, en su primera versión surgida a partir de la Ilustración y el desarrollo industrial, se postulaba como un orden. No sólo entendido como un ordenamiento de las sociedades, sino basado, como dijimos, en los avances científicos y una racionalidad liberada de mitos. La propia secularización de la organización social y de las prácticas personales favoreció disidencias. En las franjas más jóvenes contribuyó a legitimar la rebeldía y la innovación. Pero así como mencionamos que la primera modernidad aspiraba a democratizar los mismos bienes para todos y cohesionar a las sociedades pese a las desigualdades, los quiebres entre adultos y jóvenes eran pensados como la renovación de una sociedad que finalmente, a largo plazo, aparecía con continuidad.
Una diferencia de la modernidad reciente, que podríamos llamar informal y globalizada, es la multiplicación de fracturas inconciliables. O modos de vida paralelos. Señalé antes que se está pasando de la propiedad compartida de bienes en la familia a la posesión del televisor y el móvil del padre, del hijo, de la hija: es interesante que esta separación de usos y comportamientos se acentúe aun en familias en las que las condiciones económicas, por ejemplo la dificultad de conseguir trabajo, prolongan la convivencia de los hijos con los padres en la misma casa más allá de los veinticinco o los treinta años. Las limitaciones estructurales a la autonomización de los jóvenes no impiden que éstos tengan redes de amigos, lugares de consumo y hábitos nítidamente diferenciados de los padres, o que éstos desconocen.
En los consumos de música, ropa y entretenimientos, la baja integración, o la franca desintegración, se manifiestan a menudo como enfrentamiento o transgresión. Grafittis, tatuajes, volumen alto e invasivo de la música, incluso agresiones directas: estos comportamientos se interpretan, a veces, como ocupaciones de territorios diferenciados (barrios, antros) y también como puestas en escena desafiantes del rechazo a las pretensiones de un ordenamiento social que los deja fuera. Los actos tumultuosos o chabacanos, que ciertos adultos perciben como ostentaciones de "mal gusto", pueden ser interpretados, más que como rebeldía, como teatralización radical de la búsqueda de diferencia y de la desintegración. Lo vemos en la música y en los recitales violentos, que excluyen a generaciones mayores, así como en la escritura de los jóvenes, los chateos, los correos electrónicos sin puntuación, sin mayúsculas, con palabras abreviadas; una escritura que trasgrede violentamente todo orden gramatical y a veces también comunicacional, porque en ocasiones busca el hermetismo, como lo hace el grafitti desde mucho antes. Pero el grafitti era más marginal y minoritario. La transgresión lingüística en internet está extendida a todas las clases sociales y aparece como un rasgo de diferenciación generacional, probablemente en correspondencia con la menor eficacia de la educación.
Una distancia significativa entre las generaciones se produce entre los adultos que aún confían en las instancias públicas, aunque las critiquen, y la flexibilidad con que vastos sectores juveniles se apropian de bienes y recursos de procedencias diversas, incluso contradictorias para la ética y los hábitos de los mayores. En los países en los que existen instituciones estatales dedicadas a la juventud y programas de apoyo gubernamental a estudiantes o artistas, es notable el desencuentro entre las políticas oficiales y los comportamientos de los jóvenes. Por un lado, las acciones gubernamentales que quieren ocuparse de la juventud -casi siempre en general-, tratan de proveer lo que el mercado laboral no ofrece, lo que la familia desatiende o la escuela deja de dar; por otra parte, hallamos que los jóvenes no se sienten tan descontentos con los desórdenes sociales o las relaciones poco estructuradas como con los gobiernos y los institutos para la juventud.
Una característica de las nuevas generaciones que sorprende a las anteriores es la enorme flexibilidad que manifiestan para apropiarse de los bienes más heterogéneos. Estoy pensando no sólo en sectores populares sino también en artistas. Algunos estudios que estamos empezando a hacer sobre transformaciones del campo artístico en México ponen en evidencia que los grupos musicales, los artistas plásticos, los video-artistas se presentan en todas las ventanillas. Si hay becas del Estado, las piden; si Televisa o las fundaciones de empresas privadas ofrecen algún tipo de favores, también los toman; y algunos pueden llegar hasta los financiamientos culturales originados en el narcotráfico, con cierta despreocupación acerca del origen de los fondos, las consecuencias o la coherencia que hay entre los distintos recursos que utilizan. Experiencias semejantes ocurren en Brasil, Colombia y otros países. Algunas preguntas que las generaciones precedentes se hacían sobre estos temas han desaparecido del horizonte. Vemos una notable versatilidad para moverse ante un repertorio de recursos escasos pero muy diversos, con preocupaciones acerca de la supervivencia y el desarrollo social distintas de las que uno encontraba en los artistas de hace veinte años.
Si bien el panorama dibujado en las páginas precedentes señala algunas diferencias entre jóvenes de clases y niveles educativos u ocupacionales diversos, describe tendencias generales que necesitan especificarse un poco más. Existen coincidencias mayores que en el pasado entre jóvenes de naciones y de clases diferentes: comparten el uso de teléfonos móviles, de recursos para conseguir trabajos no convencionales y consumir desprejuiciadamente ofertas legales y piratas, gustos musicales y de vestimenta. Pero aun los medios y los mensajes publicitarios que los interpelan en conjunto diferencian a unos sectores de otros.
Hace tres años, al finalizar una entrevista sobre estos temas, Sergio Chejfec me planteó una pregunta "aventurera": "Si estuvieras por iniciar un vasto programa de investigación sobre la juventud en el continente, ¿por dónde empezarías y en qué aspectos del fenómeno te detendrías en un primer momento?". Le respondí que, en primer lugar, dudaría mucho de una empresa de investigación de semejante escala debido a la vasta heterogeneidad. En cualquier país los jóvenes son una categoría difícil de aprehender. Si pasamos a una escala latinoamericana es complicado hallar reglas de comparabilidad. Pero optaría por suponer que hay ciertas zonas estratégicas de la llamada "condición juvenil" en las que estas tensiones radicales de las sociedades contemporáneas se manifiestan con más nitidez. Son las que venimos mencionando: la manera en que se organizan los artistas jóvenes para lograr producir y comunicar lo que hacen; las formas en que los jóvenes desplazados por migraciones y exilios, por persecuciones políticas o drogadicción, se reinstalan en sociedades extrañas a su formación familiar. Un caso extremo, pero no tan pequeño, es la situación de los jóvenes en las organizaciones de narcotraficantes.


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