Tugurización y necesidades de la habitabilidad básica en Latinoamérica: rémoras a la cohesión social
Julián Salas
CONSEJO SUPERIOR DE INVESTIGACIONES CIENTÍFICAS, ESPAÑA
TAMAÑO LETRA
d.- La integración en marcos de actuación amplios evita una pobreza ensimismada
La práctica latinoamericana reciente de movimientos ciudadanos, demuestra la conveniencia de su integración en políticas barriales, municipales y nacionales, como reivindicaciones parciales del ‘derecho a la ciudadanía'. Mac Donald plantea que para hacer posible que los pobres participen de las oportunidades que ofrecen las ciudades, "...una agenda urbana debería promover su inclusión en tres niveles. El primero es avanzar hacia una mayor accesibilidad de los pobres a los bienes y servicios urbanos. El segundo implica abrir espacios de participación para ellos en las decisiones respecto de sus barrios y de la ciudad en su conjunto. Por último, se trata de que ellos lleguen a ser parte de la ciudad, esto es, que se los reconozca como ciudadanos y a su vez, ellos se sientan parte de la misma" (Mac Donald, 2005, 2006).
En sucesivos foros internacionales que se han desarrollado en esta década sobre las ciudades, y de forma muy particular en el reciente Forum Urbain Mundial III (Vancouver, junio 2006) ha ganado importancia la consecución del derecho a la ciudad para todos sus habitantes, en especial para los pobres urbanos (UNHABITAT, 2005).
No puede entenderse el desarrollo sin la restitución de la ciudadanía plena. Son cientos de millones los habitantes que carecen de esta carta de naturaleza, al sobrevivir en espacios marginales, sutilmente estancos, a los que se priva de las ventajas que ofrece la ciudad. La lucha contra la pobreza mediante acciones de desarrollo humano en materia de hábitat, conlleva la restitución del derecho a la ciudadanía, a la integración de los asentamientos humanos en el tejido social de la ciudad, como característica altamente valorada por los ciudadanos. Es por ello que resulta más que aconsejable apoyar las medidas que faciliten suturar el tejido social físicamente desmembrado. Nada cierra tantas puertas para salir de la pobreza como los ‘ghetos' estancos de pobreza, así lo han entendido - por citar un ejemplo singular- los tres últimos gobiernos municipales de la ciudad de Bogotá - Mokus, Peñaloza y Garzón- poniendo en práctica medidas correctoras imaginativas con excelentes resultados que están a la vista.
Las propuestas y realizaciones que propician operaciones de sutura, de recomposición y de acercamiento físico y funcional entre los barrios informales y la ciudad formal, merecen una alta valoración y se muestran en la práctica como soporte material de la pretendida cohesión social. Defendemos como propuesta metodológica la idea de que puede que sea más fructífero y ajustado a la realidad que los profesionales del urbanismo se acerquen a las ciudades de los países en desarrollo: como a ciudades pobres en las que hay bolsones físicos de riqueza, más que (como se hace hoy día mayoritariamente) pensando y actuando como si lo hiciésemos ante ciudades ricas en las que hay bolsones de pobreza. Este enfoque alternativo, adoptado sin dogmatismos, nos parece cuando menos: más cercano a las mayorías; más equitativo y más realista (Salas, 2005a).
IV. ¿Es posible el desarrollo humano sin habitabilidad básica?
Aún conscientes de que el cobijo no es la primera prioridad para las personas en situación de extrema pobreza, tampoco para los indigentes sin techo, también lo somos de que no puede pretenderse un desarrollo humano en un contexto de carencias físicas elementales, sin abordar decididamente lo que en otros trabajos denominamos ‘hambre de vivienda' (Salas, 1993) y aquí y ahora como necesidades perentorias de habitabilidad básica (Colavidas & Salas, 2005).
J. Sachs en su reciente "best seller", El fin de la pobreza, distingue tres niveles de pobreza: la extrema (o absoluta), la moderada y la pobreza relativa. Entiende Sachs (2005) que la pobreza extrema significa, entre otras cosas, que las familias no pueden hacer frente a las necesidades básicas: "...no tienen servicios de agua potable, ni de saneamiento... carecen de elementos rudimentarios para proteger sus viviendas -un techo que evite la entrada de la lluvia en la choza o una chimenea para evacuar el humo de la cocina-...". Para estos casos reivindica mosquiteras y lonas impermeables para colocar bajo las techumbres de paja de todas las chozas de la aldea de Nthandire en Malawi, a la que se refiere específicamente en su trabajo. Coincidimos plenamente con este tipo de propuestas, que sería en nuestra opinión, el escalón más elemental, pero imprescindible, en la provisión de habitabilidad básica.
No se trata de debatir sobre el puesto que corresponde a la provisión de determinados tipos de cobijo -alojamientos, soluciones habitacionales, techos para vivir,...- frente a otras necesidades igualmente básicas como son: salud, educación, igualdad de género, creación de puestos de trabajo, transporte... Pero sí de resaltar que la habitabilidad básica condiciona en forma decisoria la salud y la educación de sus moradores, influye de manera sustantiva en su esperanza de vida, supone una directa disminución del absentismo laboral y escolar,... ayuda a paliar la vulnerabilidad y la inseguridad ciudadana, mejora la economía informal... Sobre ello se volverá más adelante.
De la Declaración Universal de Hábitat II (UN-HABITAT, 1996) se reproduce parte del compromiso contraído por la práctica totalidad de los jefes de estados y de gobiernos del universo, para facilitar la vida de los más pobres, comprometiéndose formalmente a "Garantizar el acceso a la infraestructura y servicios básicos" con un grado de exigencia y detalle en su Punto 84, que ni la Declaración de los Objetivos de Desarrollo del Milenio se planteó en sus ambiciosas Metas:
"La infraestructura y los servicios básicos a nivel comunitario comprenden, entre otros, abastecimiento de agua potable, saneamiento, eliminación de desechos, asistencia social, servicios de transporte y comunicaciones, energía, servicios de salud y de emergencia, escuelas, seguridad ciudadana y la ordenación de los espacios abiertos. La carencia de servicios básicos adecuados, componente esencial de la vivienda, menoscaba gravemente la salud humana, la productividad y la calidad de vida, particularmente en el caso de las personas que viven en condiciones de pobreza en la ciudad y en el campo".
¿Puede hablarse de desarrollo humano a las personas que en la actualidad viven en ‘tugurios' -según la denominación de Naciones Unidas- sin abordar sus carencias de habitabilidad? En los trabajos previos a la Declaración Universal de la Cumbre del Milenio, se fijó (1999) en 924 millones las personas que viven en ‘tugurios', entendiendo como tales los barrios -generalmente informales- en los que concurren para la mayoría de sus habitantes dos o más de las cinco carencias que se enumeran y definen en la Tabla 3. Esta ingente cantidad de ‘tugurizados' se traduce en América Latina y el Caribe en más de 125 millones de personas y se ha estimado que dotarles de mejora básica supondría más de 175.000 M de $USA (Ver Tablas 4 y 5).
Las políticas no convencionales de hábitat presentan algunos referentes que se manifiestan como los más representativos: la provisión de ‘sitios y servicios'; la construcción de gérmenes de vivienda o viviendas crecederas; el acceso a servicios básicos; la mejora de ‘tugurios' o barrios precarios; el fomento de la ‘construcción incremental' (Cilento,1998)... de dichas políticas no convencionales, en general, y del mejoramiento de barrios precarios en particular, se enuncian seguidamente de forma escueta cinco posibles ámbitos de aportaciones a algunas de las señas de identidad sustantivas del desarrollo humano.
a.- La mejora del medio físico puede paliar la inseguridad ciudadana
Según el Informe Anual sobre la Coyuntura Mundial del Hábitat (UN-HABITAT, 2003), el 29% de las ciudades del mundo en desarrollo presentan áreas urbanas extensas consideradas inaccesibles o peligrosas para los servicios policiales. En Latinoamérica y el Caribe este porcentaje ascendía al 49%. Datos preocupantes de una violencia enquistada en los tugurios en ocasiones desde su origen, pero que en otras responde a fenómenos externos al barrio, como es el caso del fenómeno de las ‘maras' centroamericanas que se enquistan en el ‘tugurio' como bastión protector (Sperber & Happe, 2004).
El espectro de las formas de delincuencia abarca un amplio abanico, desde el robo en tiendas hasta el terrorismo. El concepto de violencia en ocasiones se emplea no sólo para referirse a una manera de herir físicamente a una persona, sino que también a las injusticias sociales causadas por una violencia "estructural". La casuística es muy amplia y los especialistas llegan a matizar diferentes tipos de delincuencia que varían según el grado de violencia ejercido en las acciones delictivas: violencia cotidiana, criminalidad de la pobreza, delincuencia semiprofesional, delincuencia organizada, violencia de Estado...
Lins, en su libro Ciudad de Dios afirma: "La vida en la favela engendra muerte, acarrea basura, botes, perros vagabundos, antiguas cuentas que ajustar, rabiosos vestigios de tiros, noches para velar cadáveres, charcos dejados por las crecidas, lombrices viejas en intestinos infantiles, revólveres, hambre, traición y muerte" (Lins, 2003). Obviamente, ni todas las favelas son como la descrita por Lins, ni todos los tugurios son favelas, pero este tipo de barrios no propicia el desarrollo humano.
Sperberg y Happe en el trabajo citado analizan la violencia y delincuencia en barrios pobres de Santiago de Chile y Río de Janeiro, la comparación entre ambas ciudades muestra que en ellas el diferente nivel de violencia no se explica sólo por la historia específica de su origen o por sus condiciones de vida. En Chile, hay una presencia más fuerte del Estado y un mayor grado de organización de los pobres urbanos, lo que permite un manejo más eficiente de la violencia. También se constata que la violencia en Chile, según los autores citados, ha aumentado en los últimos años y que esta capacidad organizativa se desmorona frente a una política social estatal insuficiente.
Recientes programas y proyectos de mejoramiento de barrios precarios -Las Palmas y Los Manantiales en San Salvador, por citar sólo dos ejemplos- están demostrando en forma manifiesta que la violencia barrial decrece conforme se mejora y dota de habitabilidad básica al tugurio.
b.- La mejora de tugurios puede ser un freno a su vulnerabilidad
Durante la década de los noventa, los desastres de origen natural han causado en todo el mundo un promedio anual de 57.000 muertos y 211 millones de personas damnificadas (Sanahuja, 2002). Esto significa que los desastres se cobraron 1.300 vidas por semana. Los años de la última década del pasado siglo han sido muy dañinos: las inundaciones, los tifones y los huracanes de 1998 dejaron sin hogar a 335 millones de personas, el 5% de la población mundial. En 1999 los desastres causaron 132.077 muertos y 223 millones de personas damnificadas, y en el 2000, 20.045 muertos y 256 millones de damnificados. Los daños materiales también han sido muy elevados. A lo largo del decenio las pérdidas materiales superaron los 600.000 millones dólares. Debido a que los daños están en directa relación con el grado de vulnerabilidad, los países en desarrollo soportan la mayor parte de los daños. En torno al 98% de las víctimas mortales de los desastres se producen en países pobres. Los daños materiales del período 1985-1999 representaron el 2,5% del producto bruto de los países industrializados, y el 13,4% del producto bruto de los países en desarrollo.
La cuantificación del riesgo, al tener como origen fenómenos estocásticos que no responden a una función matemática definida, se tratan hoy como fenómenos ‘socio-naturales' aunque recientemente se consideraban ‘naturales'. Suele hacerse depender el riesgo del peligro -externo a los seres humanos- y de la vulnerabilidad -estrechamente ligada a la sociedad- y aunque en modo alguno se trata de variables de una función matemática, se plantea el esquema que sigue, únicamente, como imagen pedagógica:
Peligro (& ) Vulnerabilidad Å Riesgo
En un trabajo de investigación reciente, coordinado por el autor, (Salas et al., 2006) se han determinado niveles de riesgo en el área geográfica conformada por nueve países: los seis centroamericanos, México, Cuba y República Dominicana. Se obtuvieron, entre otras, las siguientes conclusiones:
• La zona geográfica estudiada presenta un porcentaje de superficie bajo riesgo relativamente alto seis veces mayor que el de la media del total de la superficie terrestre: 18,3% frente al 2,9%. Dicha proporción resulta casi veinte veces mayor si se refiere a superficie sometida a riesgo alto: 7,47% y 0,38% respectivamente.
Notas:


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