Pensamiento Iberoamericano
Número 1

La calidad de las relaciones sociales en las grandes ciudades de América Latina: viejos y nuevos determinantes

Rubén Kaztman

Universidad Católica de Uruguay

Número de páginas: 5

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Los efectos sobre el tejido social de las ciudades de estos procesos pueden ser leídos en varias claves. Desde la perspectiva de este documento me interesa destacar tres de ellas. La primera es el reforzamiento de las tendencias hacia la desigualdad social. Todos estos procesos apuntan a un aumento de la concentración en el acceso a fuentes de activos en capital humano y en capital social, concentración que ciertamente se traducirá en algún momento en diferencias en el tipo de inserción en los mercados y en los ingresos. Una segunda clave tiene que ver con los efectos que tiene sobre "los de abajo" la reducción de oportunidades de interacción, de sociabilidad informal y de construcción de códigos comunes con personas de otros estratos.

Una tercera clave tiene que ver con los cambios en estructuras actitudinales profundas de los sectores medios y altos urbanos. Uno de ellos es el umbral de tolerancia a las desigualdades a partir del cual las clases medias se movilizan para reducirlas, ya sea mediante apoyos electorales a actores políticos comprometidos con la equidad, a la promoción de iniciativas privadas dirigidas a proteger a los más débiles y a mantener la calidad de los servicios de cobertura universal, o a la disposición a pagar impuestos para apuntalar medidas redistributivas [14].

La aversión a la desigualdad descansa en la capacidad de empatía de los más aventajados con respecto a los que tienen menos y en sentimientos de obligación moral hacia ellos. Estos contenidos mentales se debilitan cuando no se renuevan periódicamente por medio de contactos informales entre personas de distinta condición socioeconómica, y se refuerzan con la intensidad y frecuencia de la interacción. En las ciudades, el ámbito público (el transporte, las plazas, las escuelas y hospitales, las canchas de fútbol, los bares, las playas, los espectáculos masivos, las calles, etc.) suele ser el espacio privilegiado de esos encuentros. Al reducir esos espacios, tanto la segregación residencial como la segmentación en los servicios erosionan la base estructural de la capacidad de empatía, del reconocimiento del otro, con sus virtudes y carencias, y de los sentimientos de obligación moral hacia ellos, todo lo cual incide, a su vez, en los niveles de tolerancia a la desigualdad.

Niveles altos de empatía y umbrales bajos de tolerancia a la desigualdad también operan como mecanismos de autocontrol en el consumo de las clases medias y altas, especialmente de aquellos consumos que establecen distancias irritantes y fácilmente visibles con las otras clases. Sin embargo, para las clases medias y altas, esos controles entran en conflicto con las expectativas que genera la exposición -inevitable en los procesos de globalización- a los estilos de vida de sus pares en los países desarrollados. En la medida que los recursos requeridos para satisfacer las nuevas aspiraciones de consumo compiten con aquellos que exige la satisfacción de las demandas de los pobres, el distanciamiento entre los patrones de consumo de las clases se acompañará de una pérdida del interés de los de arriba por la situación y el destino de los de abajo [15].

En cualquiera de las grandes ciudades, la salud de los mecanismos de solidaridad social no suele ser afectada de manera significativa por la deserción de un pequeño sector rico de la sociedad que, por lo demás, siempre ha recurrido a alternativas privadas de provisión de servicios. En cambio, las rupturas en el tejido social urbano se hacen visibles y significativas allí donde una masa importante de las clases medias deserta de los servicios públicos.

V. Rearmando el ovillo

Hemos analizado las diferencias en la calidad de las relaciones sociales en las grandes ciudades considerando aspectos centrales de sus matrices socioculturales nacionales, de sus niveles de desigualdad económica y de los procesos de segmentación y segregación residencial urbana. Si bien estos tres factores están estrechamente relacionados entre sí, se mostró como cada uno de ellos aporta ingredientes distintos a nuestra comprensión de la calidad de las relaciones sociales en las ciudades.

Las matrices socioculturales nacionales nos dan pistas acerca del peso de las jerarquías en las relaciones entre las clases, del mayor o menor éxito de los de arriba en la defensa de sus privilegios adscriptos y en sus intentos de preservar la legitimidad de sus pretensiones de superioridad social, así como del grado de cuestionamiento de esas pretensiones por parte de los de abajo.

Los niveles de desigualdad económica nos informan acerca de la posible extensión de los sentimientos de deprivación relativa, de la sensibilidad a las diferencias de status y a las miradas de los otros, de los umbrales a partir de los cuales se reconoce a quienes participan o no en los circuitos principales de la sociedad.

A su vez, los niveles de segmentación en los servicios y de segregación residencial cristalizan las desigualdades. Su conocimiento nos ilumina acerca de las oportunidades de interacción entre miembros de distintas clases, de participación en espacios donde compartir códigos, de desarrollo de capacidades de empatía con otros distintos y de reconocimiento de una comunidad de problemas, destinos y referentes colectivos. Las segmentaciones y segregaciones favorecen la sustitución del conocimiento de los méritos intrínsecos del "otro" por estereotipos y estigmas que descansan en unas pocas características visibles de los sujetos. La distribución del "capital social" se hace más concentrada, en la medida que las personas que movilizan recursos no redundantes participan en circuitos cada vez más aislados del resto de la población. Se estrechan los ámbitos de reciprocidad y solidaridad y se debilitan los sentimientos de obligación moral de "los de arriba". En suma, los mecanismos que se activan con las segmentaciones y las segregaciones en las ciudades convierten a estos procesos en dimensiones críticas para entender los cambios en la calidad de las relaciones entre las clases urbanas.

El estudio de las diferencias en los niveles de "solidaridad orgánica" en las grandes ciudades latinoamericanas, y de los determinantes de esos niveles, todavía está en pañales. Sabemos poco acerca de las diferencias en la calidad de las relaciones sociales en distintas urbes, y menos aún sobre los determinantes de esas diferencias. La investigación de estos temas hasta el momento ha descansado básicamente en dos aspectos. Por un lado, descripciones etnográficas y anecdóticas acerca de diferencias en la naturaleza y calidad de las relaciones sociales en distintas sociedades. Por otro, análisis agregados de indicadores de violencia provenientes de registros administrativos o de "proxis" del capital social comunitario provenientes de encuestas generales de opiniones sobre confianza interpersonal e institucional.

El primer tipo de estudio puede ser una fuente heurística muy útil para dar los primeros pasos en el desarrollo de indicadores comparables, pero hasta el momento sus resultados no se han utilizado en la región con ese propósito. Las encuestas generales de opinión, a su vez, padecen de una serie de limitaciones para el análisis en este campo. Una de ellas es que las opiniones son altamente dependientes de las coyunturas y no permiten llegar a los sustratos actitudinales profundos y más estables desde los cuales es posible mejorar nuestras predicciones de comportamientos [16]. Otra limitación deriva de que las muestras de esas encuestas tienden a ser representativas a nivel nacional, con tamaños de muestra (y diseños de formularios) que no permiten vincular las opiniones a categorías sociales o a actores sociales específicos. Sin duda el conocimiento sobre la naturaleza y los determinantes de las diferencias en cuanto a la mayor o menor disposición hacia la cooperación, o la mayor o menor disposición a recurrir a la violencia o a la negociación en situaciones de conflicto, se beneficiaría mucho de investigaciones comparadas de ciudades seleccionadas en base a las características diferenciales de sus patrones socioculturales, sus niveles de desigualdad económica y la segmentación de servicios y de la localización de los hogares.

Con Fernando Filgueira compartimos la impresión de que el escaso análisis y conocimiento de las características de estos procesos claves para entender el presente y proyectar el futuro de las grandes ciudades de la región, se debe en gran parte a que ellos se desarrollan lentamente. Su análisis, por tanto, iría de algún modo a contramarcha del énfasis actual de las ciencias sociales sobre lo visible, lo mensurable y sobre los encadenamientos causales que se manifiestan en períodos relativamente cortos, aspectos sobre los cuales ha alertado Paul Pierson (2005). La lentitud con que se despliegan y se muestran plenamente sus impactos no se presta a ser detectada por el radar un tanto miope de una ciencia cada vez más exigida a dar explicaciones apresuradas, de fenómenos rápidos y visibles al ojo desnudo (Kaztman, Filgueira, 2006). Ciertamente, tampoco es propicia la ausencia de un bagaje teórico que los vincule con efectos y de categorías conceptuales que los tipifiquen, y de medidas y estándares que permitan registrar su naturaleza y, muy especialmente, sus cambios

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Notas:

  • [14]. Ciertamente la contribución de las clases medias y altas al mantenimiento de los espacios públicos que posibilitan la interacción interclase no descansa solamente en su nivel de aversión a la desigualdad. También puede intervenir el temor a las externalidades que suelen acompañar el deterioro de la calidad de vida de las mayorías y de los servicios públicos a los que acuden. Las externalidades se refieren a la inestabilidad política, al descenso de la legitimidad de las instituciones, -y a la consecuente dificultad
  • [15]. Los países de poco tamaño y del alta homogeneidad cultural crean ámbitos de cercanías que tienden a inhibir el despegue de las elites, en la medida que la comunidad tiene una mayor capacidad para sancionar a los que se apartan demasiado de los hábitos y estilos de vida de las mayorías.
  • [16]. Lo que si suelen hacer, por ejemplo, las escalas de autoritarismo, de distancias sociales o de anomia, que construyeron Adorno, Bogardus y Srole respectivamente.
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