La calidad de las relaciones sociales en las grandes ciudades de América Latina: viejos y nuevos determinantes
Rubén Kaztman
Universidad Católica de Uruguay
TAMAÑO LETRA
Tomando sólo un conjunto reducido de países de la región, los datos del cuadro 2 buscan diferenciar entre países según su grado de industrialización. Para ello se presenta alguna evidencia sobre su situación a mediados del siglo pasado en cuanto al peso relativo de la población urbana, de la PEA industrial, de los asalariados en la industria, de los asalariados industriales en la PEA y de la pobreza urbana.

* No se levantaron censos en 1950. Estimaciones por interpoblación entre 1960 a 1950 Fuentes: Altimir, 1979, Kaztman, 1984
Como se desprende del cuadro, en el marco regional, Argentina, Chile, Uruguay y, en menor medida, Brasil, pueden considerarse como "industrializadores tempranos". Las cifras de pobreza urbana de los tres primeros países en 1970 ya evidencian los beneficios del desarrollo industrial. En cambio, las cifras de pobreza de Brasil denuncian que los beneficios del progreso técnico que acompañaron su desarrollo industrial se derramaron sobre una porción muy reducida de la población de sus ciudades, reflejando la dualidad de la estructura social urbana que caracterizaría a este país.
La industrialización se acompañó de una extensión de las protecciones sociales. Para dar una idea de las diferencias entre las sociedades consideradas con respecto a la extensión de esas protecciones, el cuadro 3 presenta algunos indicadores sobre la cobertura de las jubilaciones y pensiones en las áreas urbanas para el año 1997 [4]. Sin ignorar que estamos captando sólo una de las dimensiones de los regímenes nacionales de bienestar y que, por ende, las cifras solo permiten una gruesa aproximación a sus características, del cuadro 3 se desprende que los países que lograron construir una arquitectura de protecciones mas sólida y más igualitaria para la tercera edad fueron aquellos donde la industrialización fue más intensa [5]. Sin embargo, como lo ilustra bien el caso de Costa Rica, las elites modernizantes también pueden promover avances sólidos en las arquitecturas de bienestar apoyándose en otros tipos de transformaciones en la estructura productiva, como lo fueron en ese país la cooperativización de la producción y distribución del café, el desarrollo tecnológico en la agricultura y el fortalecimiento de los "forward" and backward linkages" en la economía nacional [6].

*Corresponde al total nacional: ** Se refiere al cociente entre la cobertura de jubilaciones y pensiones de personas de 60 años o más, con mas de 10 y con 0 a 5 años de educac ión. ***Se refiere al cociente entre valores medios de las jubilaciones y pensiones de personas de 60 años y más con mas de 10 y con 0 a 5 años de educación. Fuente: Elaboración propia en base a Panorama Social de Ámerica Latina. CEPAL, 1999-2000
A fines de la década del 70, y con diferente ritmo e intensidad, todos los países de América Latina ampliaron sus fronteras comerciales, productivas y financieras. Junto a la liberalización del comercio exterior y de los mercados financieros y para facilitar la inserción en el nuevo mundo globalizado, se privatizaron empresas públicas, se desregularon mercados laborales, se reformaron sistemas impositivos y se ejerció un mayor control que en el pasado sobre las cuentas fiscales. Las estructuras productivas y las arquitecturas de bienestar preexistentes, así como las formas en que se articulaban ciudadanía, partidos, grupos de interés y Estado en cada país, amortiguaron en unos casos, y potenciaron en otros, el ritmo y la extensión de esas transformaciones y sus efectos sobre las condiciones de vida de la población (Kitschelt, Lange, Marks y Stephens, 1999) [7].
La globalización modificó los principales circuitos económicos, sociales y culturales dentro de cuyos límites operan las actividades que la sociedad considera deseables, legítimas y, al menos teóricamente, asequibles a las grandes mayorías, y desde donde se difunden los modelos de funcionamiento personal compatibles con la participación en esos circuitos. Por un lado, sus límites se plegaron "hacia arriba", en correspondencia con los estilos y condiciones de vida de los ganadores en las nuevas modalidades de acumulación. Por otro, la crisis del mundo del trabajo generó barreras al ingreso al "empleo decente" que afectaron particularmente a los trabajadores de bajas califi-caciones, aumentando su vulnerabilidad a la exclusión social. Como veremos a continuación, el crecimiento paralelo del aislamiento social de los pobres en las ciudades redujo sus posibilidades y debilitó la voluntad de construir proyectos de progreso personal y familiar.
III. El nivel de las desigualdades y sus posibles efectos en la calidad de las relaciones sociales
1. Desigualdades en la distribución del ingreso
Aún cuando se mantiene una amplia discusión acerca del papel que jugaron las transformaciones sintetizadas más arriba en los cambios en las estructuras sociales urbanas, no hay desacuerdos sobre el carácter excepcional, a escala mundial, de los niveles de concentración del ingreso en la región y de su persistencia en el tiempo.
Son numerosos los estudios comparativos que han subrayado esas características singulares de los países latinoamericanos. La mayoría señala las enormes diferencias entre ellos y otras grandes regiones del mundo en cuanto a la proporción del ingreso nacional de la que se apropian los más ricos y los más pobres. Aunque el promedio suele ser más bajo, no resultan inusuales cocientes -como los que en el año 2000 exhibían Brasil, Colombia y Guatemala- que revelan ingresos del últimodecil 50 veces más altos que los del primer decil (Ferranti, Perry, Ferreira y Walton, (2004) p.2). El cuadro 4 presenta cifras alrededor del 2006 sobre el índice GINI y el porcentaje de hogares bajo la línea de pobreza, para las áreas urbanas de algunos países de la región.

* Valores a nivel nacional. Fuente: CEPAL, 2006
Las desigualdades de ingreso en los centros urbanos tienden a hacer metástasis en el cuerpo social, lo que afecta los mecanismos de distribución de poder y prestigio, la trama institucional y sus pautas de funcionamiento, todo lo cual favorece la preservación de las disparidades de riqueza y su reproducción de una generación a la siguiente.
2. Desigualdades adscriptas y adquiridas
La información existente parece indicar que el nivel de las desigualdades de ingreso se ha mantenido relativamente estable en los países de la región (ver CEPAL 2006 y Ferranti, Perry, Ferreira y Walton, 2004). Sin embargo, habida cuenta que con la ampliación de las fronteras de competitividad y la difusión del progreso tecnológico creció el papel del conocimiento en la organización de las economías regionales, cabe suponer que también aumentó la significación de la educación en la distribución del ingreso y que lo contrario ocurrió con el peso de los status adscriptos. Ello no necesariamente implica una renovación en la composición social de las elites, puesto que es muy probable que largos segmentos de ellas hayan tenido éxito en sustituir o complementar sus bases adscriptas por bases adquiridas.
Si bien la universalización de los criterios de acceso a las fuentes de activos contribuye a reducir los efectos negativos de las desigualdades sobre la calidad de las relaciones sociales, hay al menos dos razones por las cuales no suele ser suficiente. La primera es la mencionada en el párrafo anterior. La inercia de los patrones de dominación tradicional suele manifestarse en una distribución diferencial del capital social, y mediante él, en el control del acceso a los recursos de mayor calidad, de manera que status adquiridos de nivel teórico similar (un título profesional, por ejemplo) suelen estar asociados a réditos muy distintos dependiendo de recursos que tienen origen en legados familiares. La segunda es que, aún cuando efectivamente se produce una real universalización de las condiciones de acceso a las fuentes de activos, si persisten altos niveles de desigualdad los efectos sobre el tejido social seguirán siendo disruptivos, porque las desigualdades en sí mismas, independientemente de su origen y naturaleza, producen esos efectos [8].
3. Reflexiones sobre los efectos de las desigualdades sobre la calidad de las relaciones sociales
No hay duda que tanto una alta frecuencia de acciones violentas -y en su forma extrema de homicidios- como una alta desconfianza interpersonal, denuncian una mala calidad en las relaciones sociales. Numerosos trabajos encuentran relaciones robustas a nivel agregado entre las desigualdades de ingreso y tasas de violencia y homicidios (Ver Hsieh and Pugh, 1993; Alan Wood, 2006; Fajnsylber, Lederman and Loayza, 2002) y entre las desigualdades de ingreso y la confianza interpersonal (Ver Putnam, 2000 y Kawachi et all, 1997. En el gráfico 1 se presenta esta última relación para 17 paises latinoamericanos.

Aunque estas asociaciones están lejos de demostrar la existencia de una relación causal, las evidencias son lo suficientemente sistemáticas como para estimular una exploración de las conexiones entre desigualdades, violencia y confianza. Adam Smith ya nos da una clave para iniciar esa exploración en su "The Wealth of Nations", cuando afirma que las personas definen sus necesidades como aquello que según las costumbres locales se considera esencial para una vida digna y cuya no satisfacción provoca vergüenza.
Parece razonable pensar que cuanto mayor la desigualdad de los ingresos mayores serán las dificultades para que los de abajo alcancen los umbrales de dignidad de los que hablaba Smith, y que ellas se potenciarán cuando más alto el énfasis en consumo y la visibilidad de los estilos de vida de los de arriba. En ese escenario, los más pobres libran una batalla continua por preservar una autoestima que su bajo rango social deja expuesta en múltiples flancos. De ahí la alta sensibilidad a la mirada de los demás, a todo lo que tenga que ver con respeto y consideración y pueda afectar su orgullo y dignidad. Los trabajos etnográficos sobre el tema están llenos de anécdotas donde las miradas son disparadoras de violencia (Kessler, 2004). Por otra parte, cuando la posesión de objetos se convierte en una señal externa importante del valor de los sujetos así como del lugar que ocupan en la sociedad, resulta menos extraña la similaridad de comportamientos en adolescentes de estratos bajos en distintas ciudades, por ejemplo, el robo con violencia para obtener zapatillas y ropas de marca.
En cuanto a la desigualdad económica y la desconfianza social, la exploración de las conexiones debe hacerse por un camino indirecto porque, como veremos en el siguiente acápite, el vínculo principal parece darse mediante el impacto de la desigualdad económica en el aislamiento tanto entre las clases urbanas, como dentro de cada uno de ellas. Elisa P. Reis (1995), elaborando sobre el seminal trabajo de Banfield (1958), aduce que altos niveles de desigualdad producen una suerte de "familismo amoral" [9], donde los preceptos de igualdad y bien común se aplican solamente a un núcleo inmediato de allegados, atomizando toda categoría moral universal sobre la que descansa en definitiva la noción misma de ciudadanía. Tal como señala Reis, refiriéndose a las grandes masas latinoamericanas, este familismo amoral tiende a estrechar los espacios de lo público y lo comunitario y hace que rara vez los individuos definan formas de identidad colectiva con base en lo "cívico y lo universal" (Filgueira, 2006).
IV. El aislamiento de las clases sociales en las ciudades: debilitamiento de los lazos con el mundo del trabajo, segmentaciones y segregaciones
Desde Durkheim, el mundo del trabajo ha sido considerado como el ámbito privilegiado de producción de "solidaridad orgánica", que se va construyendo con la negociación ordenada de los intereses en conflicto y la conquista progresiva de derechos asociados al trabajo. En ámbitos de trabajo estable se constituyen organizaciones gremiales y sistemas de relaciones laborales y en el funcionamiento fluido de esas instituciones es donde el desarrollo de la solidaridad orgánica encuentra campo fértil.
Bajo el impulso de la desindustrialización, del achicamiento del Estado, así como de la acelerada incorporación de innovaciones tecnológicas en actividades diversas, disminuyó la proporción de ocupaciones protegidas y estables, y aumentaron las disparidades entre los ingresos y las tasas de desempleo y subempleo de trabajadores de alta y baja calificación. Pero también se redujeron las tasas de afiliación sindical y se debilitaron las organizaciones laborales. Si bien estos cambios afectaron a toda la población, la incertidumbre laboral asociada a la barreras de acceso que planteaban los nuevos requerimientos de acceso a los trabajos protegidos y estables se hizo más patente entre los trabajadores de baja calificación.
En un trabajo comparativo realizado en cuatro ciudades de América Latina (Buenos Aires, México, Montevideo y Santiago de Chile) el autor pudo corroborar estas tendencias. En efecto, en la última década del siglo pasado en esas ciudades crecieron los diferenciales entre las oportunidades laborales, los ingresos y la calidad de los trabajos accesibles a personas con distintos niveles de calificación (Kaztman, 2002). Roberts y Portes, 2005) concluyen también que en la última década del siglo pasado, con excepción de Montevideo, en las restantes ciudades se produjo un incremento del porcentaje de trabajadores no cubiertos por la seguridad social y/o otras formas de protección social.
Notas:
- [4]. A los efectos del argumento presentado hubiera sido preferible contar con datos más cercanos a los años 60. Pero los disponibles para esas fechas tienen dos desventajas. Primero, refieren a cotizantes relevados en los registros administrativos de cada país, los que suelen ser pobres predictores de lo que efectivamente sucede con la cobertura de jubilaciones o pensiones después de los 65 años. Segundo, no permiten observar las diferencias de cobertura entre calificados y no calificados, diferencias que asumen más y más importancia frente a los actuales problemas de exclusión social. Es por ello que se utilizaron datos más recientes de las encuestas de hogares que descansan sobre una buena muestra de los países de la región.
- [5]. El caso de Brasil se destaca en este escenario como un ejemplo notable de lo que Filgueira (1998) llamó "universalismo estratificado", en el que a una alta cobertura de prestaciones para todos los estratos sociales urbanos, se asocian ngrandes diferencias en los valores promedios de los ingresos por jubilación entre los más educados y los menos educados.
- [6]. Mi impresión es que, entre otras cosas, estas diferencias en cuanto a la base estructural en la cual descansaron las elites para llevar adelante sus proyectos de modernización posiblemente ayuden a comprender las diferentes secuencias que siguió la extensión de la cobertura de protecciones en Argentina, Uruguay y Costa Rica (Carmelo M- Lago, 1985). Cabe subrayar que en 1960, la industria generaba un cuarto del producto bruto interno en los dos primeros países, mientras que en Costa Rica era el 12.5%.
- [7]. Bernardo Sorj afirma que, en contraste con la experiencia de los países de la OECD, frente a los desafíos de la globalización "América Latina
- [8]. Pensar de otra manera es como suponer, como bien lo expresa Wilkinson (2005), que el mantenimiento de los niveles existentes de desempleo perdería su impacto negativo sobre la vida de la gente y sobre el tejido social si se maximizara la posibilidad de sustituir un desempleado por otro.
- [9]. Ya en los años 50, Banfield (1958) había logrado mediante un estudio de caso en la localidad italiana de Montenegro establecer la semilla de lo que hoy muchos denominan capital social.


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