Pensamiento Iberoamericano
Número 1

Elites y sociedad en las crisis de América Latina

Víctor Pérez-Díaz

Universidad Complutense Madrid

Número de páginas: 6

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Pero además, cambia el carácter de la relación con la política porque con aquellas actuaciones se abandona la ruta de la conquista del poder político como tal. Estos antiguos militantes reconocen tácitamente que ni el Estado ni vanguardia histórica alguna que llegara a controlarlo pueden ser ya los protagonistas del cambio hacia una sociedad mejor. La apuesta por una "sociedad civil", entendida (como suele hacerse) como el tejido de asociaciones dispuestas a actuar en la esfera pública, tiende a ser, implícitamente, una apuesta por poner límites al Estado, salvo que quienes realizan la apuesta desnaturalicen el sentido de su actuación y la conviertan en una petición de ayuda al estado. Se comienza así a reconocer la importancia de una modalidad de activismo social que ya nada, o casi nada, tiene que ver con aquellos movimientos sociales que muchos representantes de la cultura de la izquierda y no pocos analistas (por ejemplo, Guillermo O'Donnell y Philippe Schmitter 1986) interpretaron como el anticipo o el acompañamiento de una gran transformación de la sociedad protagonizada por una vanguardia o una clase política. En realidad ahora las actuaciones sociales se hacen más con un espíritu "cívico" que con uno propiamente político, estatal o partidista. Las gentes que se implican en estas actividades combinan intereses particulares y colectivos. Se autogobiernan en la medida que pueden, aunque quizá acepten un trato con el aparato del estado pensando que probablemente no podrán sobrevivir si lo tienen en su contra, y que quizá se beneficien si éste les ayuda en algo. Son sensibles a las limitaciones o los fallos del estado y de lo político como tal. Todo ello sucede sin que tengan la necesidad de adoptar una posición antiestatal de principio. No hay negación de lo político per se. Simplemente, la atención y el esfuerzo están centrados en otra cosa. Dado que, en estas circunstancias, el esfuerzo está en buena medida desvinculado de las estrategias de ocupación y de ejercicio del poder político como tal a través de la lucha partidista y con vistas a la utilización ulterior del aparato del estado, lo propio de la cultura tradicional de la izquierda (como, en su caso, de la cultura de la derecha) se va desdibujando. Tampoco es preciso que desparezca y, en todo caso, es poco probable que lo haga, porque el construir y el reconstruir la identidad de los seres humanos implica una reactivación periódica de sus sentimientos sobre sus propios orígenes, y los suyos, los de estos militantes, están ligados a experiencias de la adolescencia y la juventud que se forjaron con los lenguajes morales y cognitivos de la izquierda.

Conclusión: el peso de la historia y los límites de las elites culturales, y políticas

Cualquier cambio que se inicie o se refuerce ahora tiene que contar con el legado de la historia. Al comienzo de este trabajo he aludido a la necesidad de revisar ese legado y evitar la path dependency: la inercia de seguir por el camino anterior. Al mismo tiempo he mostrado, en el curso de este mismo artículo, cómo la rectificación de la historia se puede hacer, se hace, utilizando los materiales del pasado. En todo caso, ese peso de la historia es innegable e inquietante. Cabe, por supuesto, remitirse al pasado de la Monarquía Hispánica o al período pre-colombino; pero si nos atenemos, por mor de la discusión, a los últimos siglos, conviene subrayar que, con la independencia de la metrópolis, los órdenes privilegiados de los virreinatos del antiguo régimen, en cuyas filas se acabó contando con una gran proporción de población criolla (Elliott 1998), se reconvierten en los cuasi estamentos privilegiados de las nuevas naciones, a una distancia infranqueable de unas clases subordinadas (que pueden incluir, a niveles distintos, las clases medias, los campesinos y los trabajadores urbanos, las comunidades indígenas o las masas de los antiguos esclavos). En estas circunstancias, el ejército, la iglesia y la intelligentsia proporcionan cauces de movilidad social ascendente a las clases subordinadas. Se llegan a dar así complejas relaciones entre, de un lado, los estamentos privilegiados en posesión del poder político y la riqueza y, de otro, las corporaciones de los guerreros y los sacerdotes del momento, es decir, los oficiales del ejército, los funcionarios y los ideólogos que sustituyen a los clérigos del pasado o compiten con ellos. Esto da lugar a un sinfín de combinaciones y coaliciones entre unos y otros; también a los fenómenos recurrentes del caudillismo, el populismo y el caciquismo, explícito o encubierto a través de la administración pública o los partidos políticos. Con todo ello, se dan asimismo fenómenos de simbiosis entre los guerreros y los sacerdotes, y se asiste a nuevos avatares de la figura mítica de los monjes-soldados, que incluyen los de los militares comprometidos con una revolución nacional, de los líderes de las masas peronistas y de los guerrilleros ideológicos imbuidos de marxismo-leninismo o de teología de la liberación.

Lo que da unidad a estas diversas coaliciones de dominación es su apelación común a recrear bajo una forma u otra la sociedad estatista y corporatista tradicional: la sociedad cuasiestamental que tiene en su cima a los órdenes privilegiados (distintos según la coalición al caso) que guían, defienden y someten a la sociedad, a la fuerza o de buen grado. En la mente de los dirigentes, la sociedad es vista como un conjunto de súbditos fieles y leales, un pueblo sano y trabajador, unas masas movilizables en torno a propósitos salvíficos y patrióticos. Estamos, pues, en cierto modo, ante una dinámica de la repetición social disfrazada de una agitación continua, y ante una sucesión de órdenes sociales análogos. El antiguo régimen renace una y otra vez bajo los ropajes de regímenes aparentemente orientados hacia el futuro. Para que esta dinámica repetitiva dé paso a un salto cualitativo y a una transición a una sociedad abierta tienen que suceder transformaciones institucionales básicas (democracia, mercado, tejido asociativo) que se lleven efectivamente a la práctica, y grandes aprendizajes colectivos.

Ahora bien, este aprendizaje no puede ser solamente práctico y tácito; tiene que ser también teórico y explícito. No basta que la lógica de la sociedad abierta vaya informando la vida económica y social cotidianas; es preciso que las gentes entiendan y valoren de manera reflexiva los principios de ese tipo de sociedad y las modalidades de su aplicación a la realidad. Y es aquí donde aparece el papel central de las elites culturales (y de las políticas en su vertiente cultural), y el problema de sus límites. La importancia de la transformación en un sentido civil, o civilizado, de la iglesia y la izquierda estriba, justamente, en que ambas tienen una influencia crucial en la esfera pública y en los procesos educativos de la región. Se puede estar muy interesado en reformas de toda índole y, entre ellas, en la difusión de la enseñanza escolar, pero lo importante es atender al contenido sustantivo de las experiencias educativas, que es crucial para el éxito de tales reformas y para lo que es más que eso: para el desarrollo de las formas de vida propias de una sociedad abierta. Una parte de aquel contenido educativo puede ser meramente informativo e instrumental, pero otra, la más importante, de índole reflexiva, moral y emocional, está en manos de las elites culturales de la región que deben educar a los educadores y que en todo caso influyen poderosamente en el imaginario colectivo no sólo a través de la educación sino también de otros muchos mecanismos de socialización y desarrollo cultural.

La moderación ideológica de la iglesia y la izquierda, dos componentes decisivos de las elites culturales, puede y debe tener una influencia a largo plazo positiva en la región. Pero, por otro lado, hay que tener en cuenta que la conversión de la iglesia y la izquierda a los principios de la civilidad propia de una sociedad abierta se ha hecho de un modo más pragmático que teórico. En otras palabras, muchas de las gentes de la iglesia y de la izquierda que se han acomodado a la situación lo han hecho por prudencia, pero sólo han abrazado a medias los principios inspiradores de la sociedad abierta. Muchos mantienen en su fuero interno la nostalgia de los buenos tiempos del pasado, que pueden ser los de su adolescencia o su juventud, en los que soñaban con la transformación o la salvación del mundo a su modo, es decir, guiada por ellos y de acuerdo con la utopía de una sociedad bien ordenada al modo jerárquico, corporativo o colectivista. Esta utopía ha desaparecido aparentemente de su mapa de ruta pero se les ha quedado dentro como un sueño en cierta manera irrenunciable, que retorna una y otra vez, de manera consciente o semiconsciente, en sus discursos, y que se manifiesta en tres tendencias que están inscritas hasta cierto punto en su modo de ser: en su proclividad al acuerdo o la conspiración entre elites, en su inclinación a guiar o manipular las masas, y en su reserva mental y emocional hacia un orden de libertad. Todo esto les puede inhibir profundamente a la hora de hacer suyos los principios de un orden de libertad, en especial de la economía de mercado cuya legitimación tienden a hacer por la puerta de atrás de la prudencia y del sentido de la realidad. Por esto, queda un elemento de ambigüedad en cuál sea el sentido de su influencia, en profundidad y a largo plazo, en la región, tanto en el terreno de la esfera pública como en el de los procesos educativos.

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Notas:

Número de páginas: 6