Pensamiento Iberoamericano
Número 1

Elites y sociedad en las crisis de América Latina

Víctor Pérez-Díaz

Universidad Complutense Madrid

Número de páginas: 6

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Una salida a las situaciones sin salida ha sido siempre la de echar a correr en círculo. Por ello, no cabe extrañarse de que la izquierda mundial en general, y la de América Latina en particular, hayan evitado durante mucho tiempo enfrentarse con su situación, y hayan preferido refugiarse en la inmediata ambigüedad de las muchas cosas que hay que hacer aquí y ahora. Como ya señaló Joseph Conrad en su novela Nostromo, que tiene como escenario imaginario precisamente un país latinoamericano de comienzos de siglo XX presa de intensos conflictos, la acción es una forma de escapar a la reflexión (Conrad, 1979 [1904]; McClure, 1981). Por esto la izquierda ha solido apresurarse a atravesar lo más rápidamente posible el momento de la caída del comunismo, y dedicarse a la tarea de manejar el capitalismo local que le ha caído en suerte con vistas a obtener el poder en unas elecciones libres, y volver a ser elegida a la siguiente ocasión, en competencia con los partidos liberales o conservadores de turno.

El hecho es que, cada vez más, los miembros de la antigua izquierda inmoderada se han ido sumergiendo en la vida cotidiana de la democracia liberal y la del capitalismo de la región. Inmersos en ellas, no pueden, sin embargo, eludir alguna inquietud intelectual y emocional. Afortunadamente, su inquietud acerca de la democracia liberal puede ser moderada, puesto que pueden situarse dentro de una tradición socialdemócrata latinoamericana vinculada a la de la democracia liberal. La inquietud puede ser mayor en lo que se refiere a la gestión del capitalismo. En definitiva, lo que realmente ha hecho la izquierda de la región cuando ha llegado al poder ha sido elegir entre una gestión irresponsable del capitalismo, a la manera del Alan García de los años ochenta en Perú, por ejemplo, que llevó al país a la hiperinflación y a la ruina; y una gestión responsable, que hoy día se sitúa en la línea de las recomendaciones de los organismos internacionales, es decir, grosso modo en la de las llamadas reformas de segunda generación del consenso de Washington de finales del siglo pasado, lo que ha ido convirtiendo a la izquierda en esta materia en una fuerza política de la que se suele esperar algo relativamente bastante parecido a lo que se puede esperar de la derecha, con los matices de rigor.

Un recurso que le puede quedar a la izquierda que hace tal cosa es resignarse a una dosis moderada de malestar emocional (lo que los alemanes llaman Schadenfreude), que siempre se puede combatir mediante el procedimiento de proyectar hacia fuera la sensación de culpa y encontrar un chivo expiatorio. El llamado neoliberalismo, por ejemplo, puede desempeñar este papel. Se le puede denunciar como responsable de los problemas sociales, económicos, políticos y culturales de la región. Según esto, el error de decidir una rígida política cambiaria en Argentina, por ejemplo, o el aumento de la delincuencia en todas partes, o la persistencia de la desigualdad social, o las carencias del sistema educativo, serían atribuibles a una gran estrategia neoliberal. (El uso de este recurso puede ser favorecido por un efecto de contagio, por parte de las elites culturales de la región, de la confusión mental de la intelligentsia progresista europea o norteamericana, que, con su mejor intención, ha funcionado durante bastante tiempo como una eficaz maquinaria de exportación de confusión mental hacia la América Latina.)

Sin embargo, es reconfortante observar una reconversión de la cultura de la izquierda en los últimos años, hecha sobre bases más sólidas. En efecto, no se debe olvidar que dentro de la izquierda ha habido y hay tradiciones robustas de compromiso personal e ideológico con la democracia liberal; que algunos de los elementos tradicionales de su identidad, como los temas de la desigualdad social o de las carencias educativas, por ejemplo, incluyen discursos con un núcleo argumentativo muy razonable; y que, además, las formaciones políticas vienen dentro de un conjunto, en un paquete, izquierdas con derechas, y varias de las sinrazones históricas de la izquierda en el pasado han sido la contraparte de las sinrazones de la derecha del momento, por ejemplo, las sinrazones autoritarias, corporatistas y violentas (que, por lo demás, ambas han podido compartir).

De hecho, los cambios recientes de la izquierda política han puesto en evidencia, cada vez más, la presencia de una izquierda moderada. La aceptación del capitalismo, aunque sea a título instrumental y condicional, es ya un paso en la dirección correcta. La búsqueda de un papel para el Estado (y para los individuos de la izquierda a título particular) en la gestión de las infraestructuras institucionales y materiales del capitalismo sugiere que se sigue avanzando en la misma dirección. La cultura de la negociación de las transiciones a la democracia impulsó la creación de un clima de tolerancia recíproca entre los adversarios políticos. Esto ha empujado a unos y otros, y esto incluye a la izquierda y la derecha, hacia un proceso de civilización o de civilidad, que en su momento desempeñó un papel decisivo (por ejemplo) en la consolidación de las democracias chilena y brasileña.

Expresando algo de esta evolución mental, en enero de 2004, en la reunión del Foro Mundial de Bombay, el representante chino Nic Chuing llegó a decir: "La vieja ideología que se oponía al mercado era una camisa de fuerza. Hemos dado un paso adelante de gran alcance en la reflexión socialista de la relación entre el plan y el mercado al reconocer que el mercado tiene un papel fundamental en la distribución de los recursos: ésa es la razón esencial para tener el mercado en el socialismo". Como contraste, en su respuesta, el líder italiano de la Rifondazione Comunista, Fausto Bertinotti, se refirió a lo que creía ser el ejemplo de América Latina, en el que veía un hilo conductor que, partiendo de Lula en Brasil, pasaba por Argentina, por Chávez en Venezuela, por los zapatistas en Méjico y por la larga historia de Cuba, como la demostración de que la onda neoliberal estaba en crisis y el mercado no era la solución a los problemas. Ahora bien, lo interesante aquí no era tanto lo que los chinos pensaran de sí mismos o los europeos de los latinoamericanos, sino lo que estos últimos pensaran de su propia experiencia. Bertinotti imaginaba que había un hilo conductor entre Lula, Chávez y Cuba, pero pudiera ocurrir que Lula y sus seguidores se vieran a sí mismos de una forma distinta: como dudosos entre varios escenarios, pero en último término dispuestos a hacer una interpretación prudente de su slogan de mudança (cambio) y a continuar las políticas económicas y sociales claves del predecesor y adversario de Lula, Fernando Henrique Cardoso, que había sido elegido antes con el apoyo del centro y la derecha y se podía ver a sí mismo como un socialdemócrata moderado con un pasado radical. De ser así, se habría dado una mutación de los políticos de izquierda por sus pasos contados, haciendo camino al andar, un camino de moderación. Lo cual, de confirmarse, colocaría a la sociedad brasileña en el hilo conductor que, de llevar a alguna parte, lo haría hacia una variante del modelo clásico de la sociedad occidental.

Mutaciones civiles: emprendedores sociales y experiencias asociativas locales

En la génesis de este proceso de civilización de los grupos políticos y de los conflictos entre ellos han influido otros factores, además de los económicos y los políticos. También ha desempeñado un papel crucial el desarrollo de un tejido asociativo en el que muchos antiguos líderes, cuadros y militantes de la izquierda han acabado cumpliendo funciones importantes. Ello ha contribuido a la emergencia de un mundo de emprendedores sociales y a la multiplicación de las asociaciones locales, con lenguajes nuevos y nuevas actitudes hacia la economía de mercado y hacia la política.

En primer lugar, el proceso implica un cambio en los usos del lenguaje. Se observa la reconversión de muchos activistas políticos o cuasi políticos procedentes del mundo de la izquierda, que se muestran todavía renuentes a convertirse en empresarios económicos pero no en emprendedores sociales. Tal vez un tanto decepcionados de la política de partido, dirigen sus energías a favor de un cambio de la sociedad por unos canales organizativos distintos de los de las organizaciones políticas y utilizan un discurso y se relacionan con la comunidad de manera muy diferente a como lo hacían antes. Antes querían hacer la revolución; ahora se atienen a lo inmediato y lo concreto. Antes utilizaban el discurso culto de las organizaciones radicales; ahora, un lenguaje asequible a las gentes ordinarias. Antes hablaban entre sí y polemizaban con sus adversarios o se dirigían a una audiencia invisible ubicada en un futuro lejano o a intelectuales del otro lado del Atlántico; ahora entienden que sus prójimos son sus próximos, y se sienten obligados a dar cuenta de sus actos a una comunidad local que les juzga con criterios muy distintos a los usados por los líderes políticos. En este proceso, muchos antiguos militantes de izquierda, así como muchos clérigos, frailes y monjas de antaño, se redescubren a sí mismos (o están en proceso de hacerlo) como activistas sociales de un tipo nuevo. Impulsan la emergencia y el desarrollo de un tejido asociativo, de organizaciones no gubernamentales de toda clase, y buscan una solución a los problemas más diversos, lo que desborda las previsiones contenidas en todos los programas políticos. En segundo lugar, hay un cambio en las prácticas y las actitudes concernientes a la economía de mercado. Varios observadores de Centroamérica y la región del Caribe (Portes, 2001; Pérez Sáinz, 1999; Kliksberg, 2000) han puesto de relieve el interés de atender a la actuación y a las formas de organización de las redes sociales que se han constituido para resolver problemas locales diversos en las condiciones actuales de inserción en una economía de mercado a escala regional o global. Ciertas comunidades indígenas de Guatemala se han reconvertido en cooperativas de producción, aprovechando los recursos institucionales y culturales tradicionales, lo que incluye el capital comunitario de confianza recíproca que existe en su seno. Se han creado mercados paralelos en diversas zonas del Caribe gracias a un proceso semejante. Se han reforzado las redes entre los emigrantes a los Estados Unidos y sus pueblos de origen en El Salvador, y ello ha dado lugar no sólo a remesas de los emigrantes a sus familias, sino también a la formación de asociaciones y a actuaciones colectivas para la mejora de los pueblos.

Con todo ello, va calando gradualmente una lección de la historia según la cual no hay alternativa creíble a la economía de mercado. Las gentes de la izquierda van percibiendo un pueblo que no sólo reclama su derecho a la prosperidad económica, sino que, sobre todo, se hace directamente responsable de conseguirla, y no de recibirla del estado; y, por ello, ese mismo pueblo intenta insertarse en la economía de mercado de todas las maneras posibles, incluyendo la de la pequeña empresa informal. Antes o después, buena parte de los diversos segmentos de la izquierda acaban aceptando este veredicto popular. A veces, su aceptación se ve facilitada por un proceso de discusión que trae consigo un giro en su visión de la economía, como el que tuvo lugar entre los economistas y los científicos sociales chilenos de sentimientos izquierdistas en los años ochenta, en el contexto de una conversación profesional y cívica con sus colegas y en el espacio público creado por una proliferación de think tanks de tendencias ideológicas diversas (Fontaine Talavera, 1999). A veces, esa aceptación se ve facilitada por la influencia que pueden tener en determinados medios intelectuales los argumentos de autoridad; y, así, algunos líderes y cuadros de la izquierda pueden aprovechar la oportunidad que les brinda el que algunos de sus maîtres à penser les recomienden realismo y lo hagan utilizando el lenguaje apropiado, sin herir su sensibilidad, echando mano de expresiones estereotipadas relativamente crípticas pero fáciles de descodificar como la de que "es necesario respetar la racionalidad económica" para decir, sin decirlo, que "es necesario respetar las reglas de la economía de mercado" (por ejemplo, Touraine, 1988, pg. 13).

En tercer lugar, todo esto supone, lógicamente, un cambio en las prácticas y las actitudes relacionadas con la política. Porque con los cambios anteriores sucede que aquellos agentes sociales pueden conservar una vinculación con la izquierda política, pero es probable que, con el tiempo, esta vinculación se torne cada vez más problemática, de modo que si se conserva lo sea de una forma muy distinta. Para empezar la relación con la política cambia porque pierde una parte sustancial del carácter agónico que tuviera antaño. De hecho, muchas de las actuaciones en el terreno público de las nuevas asociaciones o foros sociales consisten justamente en propiciar un proceso de reconciliación nacional (como ha sucedido en Guatemala y El Salvador, por ejemplo) o por garantizar la honestidad de las elecciones democráticas (como ha ocurrido en México). De una forma u otra lo que se deja atrás es la retórica y la estrategia de la lucha de clases o la división ideológica, y lo que se pone en el centro de la atención es la creación de una auténtica comunidad política.


Notas:

Número de páginas: 6